jueves, 12 de marzo de 2026


 

NONI BENEGAS


  

Ausencias

 


No están
¿o duermen?
Durmieron:

partió con ellos
el cerco de sonido claro.

  

De: “Cartografía ardiente”
 

ROWENA HILL

 

  

 

Gruñe y titila
la oscuridad sobre el filo,
un árbol extiende los brazos,
un puño de estrellas afiladas
vibra en los pliegues de su traje.

 

 

VICTORIA BENARROCH

 

 


 
 
He preparado una lágrima
para tu miedo
he dispuesto la mesa
el vino en mi pecho
mi suavidad

en la mejor orilla
crearemos el mundo de nuevo
  
 

De: “El desierto que cruzamos”.

 

 

MANUEL HERNÁNDEZ

 

  

El manto

A mi abuela Dolores

 

 

Me mirabas
Inmutable

Sin ver
mecías las horas

Tejías hilos de luz
junto a la ventana

Tu manto cubría todo
con historias desteñidas

 
 
De: “A un respiro de la orilla”

 

GERTRUDE STEIN

 

  

Stanza XXXVIII

 

 

Lo cual quiero decir es esto
No hay principio de un fin
Pero hay un principio y un fin
De principio.
Pues sí por supuesto.
Cualquiera puede advertir que norte por supuesto
Es no sólo norte pero norte como norte
Por qué se preocupaban.
Lo que quiero decir es esto.
Sí por supuesto.

 

 

JAMES TATE

 

  

La guerra de aquí al lado

 

 

Me pareció ver a algunas víctimas de la última guerra vendadas y
cojeando por el bosque al lado de mi casa. Me pareció reconocer
a algunas, pero no estaba seguro. Era como un sueño difuso
del que trataba de despertarme, pero seguían ahí, ensangrentadas,
algunas con muletas, otras sin alguna extremidad. Este
triste desfile duró horas. No podía moverme de la ventana. Al fin
abrí la puerta. “¿Adónde van?”, grité. “Sólo estamos
tratando de escapar”, me respondieron con un grito. “Pero la guerra
terminó”, dije. “No, sigue”, me dijeron. Todos los noticieros informaron
que hacía días que había terminado. No sabía a quién creerle. Mejor
no hacerles caso, pensé. Se van a ir. Así que fui
a la sala y agarré una revista. Había una foto de
un muerto. Que acababa de pasar por al lado de mi casa. Y reconocí
a otro muerto. Corrí de vuelta a la cocina y miré por la ventana.
Había un grupo que venía hacia mí. Abrí la puerta. “¿Por qué
no peleaste con nosotros?”, me preguntaron. “Les juro que no
sabía quién era el enemigo”, les dije. “Está bien. Yo tampoco
terminé de entender”, me dijo uno. Los otros lo miraron
como si estuviera loco. “El otro bando era el enemigo, obvio,
los de los ojitos brillantes”, dijo otro. “Eran crueles”,
dijo otro, “terribles”. “Uno fue muy amable conmigo, me acunó
en sus brazos”, dijo uno. “Bueno, ahora están todos muertos. De
poco les sirvió”, les dije. “Estamos recobrando nuestras
fuerzas”, dijo uno. Cerré la puerta y volví al
living. Al principio escuché que rascaban la ventana, pero pronto
pararon. Escuché un clarín a lo lejos, después el rugido de
un cañón. Todavía no sé en qué bando estaba yo.