La
guerra de aquí al lado
Me
pareció ver a algunas víctimas de la última guerra vendadas y
cojeando por el bosque al lado de mi casa. Me pareció reconocer
a algunas, pero no estaba seguro. Era como un sueño difuso
del que trataba de despertarme, pero seguían ahí, ensangrentadas,
algunas con muletas, otras sin alguna extremidad. Este
triste desfile duró horas. No podía moverme de la ventana. Al fin
abrí la puerta. “¿Adónde van?”, grité. “Sólo estamos
tratando de escapar”, me respondieron con un grito. “Pero la guerra
terminó”, dije. “No, sigue”, me dijeron. Todos los noticieros informaron
que hacía días que había terminado. No sabía a quién creerle. Mejor
no hacerles caso, pensé. Se van a ir. Así que fui
a la sala y agarré una revista. Había una foto de
un muerto. Que acababa de pasar por al lado de mi casa. Y reconocí
a otro muerto. Corrí de vuelta a la cocina y miré por la ventana.
Había un grupo que venía hacia mí. Abrí la puerta. “¿Por qué
no peleaste con nosotros?”, me preguntaron. “Les juro que no
sabía quién era el enemigo”, les dije. “Está bien. Yo tampoco
terminé de entender”, me dijo uno. Los otros lo miraron
como si estuviera loco. “El otro bando era el enemigo, obvio,
los de los ojitos brillantes”, dijo otro. “Eran crueles”,
dijo otro, “terribles”. “Uno fue muy amable conmigo, me acunó
en sus brazos”, dijo uno. “Bueno, ahora están todos muertos. De
poco les sirvió”, les dije. “Estamos recobrando nuestras
fuerzas”, dijo uno. Cerré la puerta y volví al
living. Al principio escuché que rascaban la ventana, pero pronto
pararon. Escuché un clarín a lo lejos, después el rugido de
un cañón. Todavía no sé en qué bando estaba yo.
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