miércoles, 15 de abril de 2026


 

SOFÍA BARRERA RUÍZ

 


 

Dudas

  

¿A dónde te lleva la duda?
¿A un mar de corales enredados?
¿A la liviandad de las redes que avientan los pescadores en busca de coletas pasmadas?
¿te lleva a esas escamas brillantes que juguetean con el Sol?

La duda me lleva lejos
a los cardúmenes que no dudan en dar vueltas lejos del cazador hambriento

La duda me lleva a la más rápida de las zancadas
al vapor lejano de un cigarro aspirado apresuradamente
a la negación temprana que va de derecha a izquierda en un solo viaje

La duda va fruncida como un tercer ojo sobre la frente
la duda mira de reojo los planes escritos en rojo
la duda me guiña en intervalos seductores
la duda me atrapa en bruscos desenfoques.

Libertad
Conduces la libertad a todo vapor
Hicimos de la ola nocturna
un charco que refractaba siluetas distantes
hicimos macetas en las vías de tren desempolvadas
vallas de las hicimos jardines colgantes
nuestras siluetas alargadas por tener al sol de frente

tomamos con fuerza las muñecas
nos esperan esos hilos color plata
sabes qué es la IA
nos alejamos de la costa muy pronto a mi parecer pudimos esperar más tiempo

Pudimos ser sueños náufragos
a mil leguas de viaje
después de tragar toda la sal que quisimos
después de todo
antes tener un poco de tierra a la vista

a mí me quedaron las monedas en la cadera
a ti libertades de ensueño
aliento de frutos recién levantados

bastó más que la luna roja entre nubes para correr tras de algo que también me perseguía
en costas distantes las de tu mirada perdida
fueron liviandades las que fríamente me levantaron la vista
fueron tus pasos firmes los que frenaron mi huida

 

 

 

STEPHANIE ALCANTAR

  


 

Quise tocar las cosas invisibles,
como si el tacto pudiera
regalarles un cuerpo.

Les tiré las sábanas encima
para ver si tenían forma,
las cubrí de polvo
para rastrear sus pasos,
encendí todas las luces
para detectar su sombra.

Quise tocar las cosas invisibles,
quise perturbarlas con el ruido,
ver si del fastidio se revelaban.

Las puse a llama lenta
sobre mis más perversas pasiones,
quise ver si se quemaban,
si producían ceniza con olor a incienso o a cigarro.

Quise ahogarlas en la corriente del río,
dejarlas hasta que pidieran auxilio.

Esta mañana desperté
y no hubo espejo que pudiera reflejarme.

 

Versión de Ilana Luna

 

 



LUIS ERNESTO GONZÁLEZ SOTO

 

 

 

Fugaz umbral del sueño

  

Penumbra. La puerta de dos mundos. Aún
convencido de imágenes inexistentes,
me levanto de la cama y abro la cortina. Es muy noche.
Adentro, la calidez de una luz diminuta. Afuera:
un otoño que cae en la ciudad
con un adiós en cada esquina de autobús.
Me he ausentado del tiempo.
Resbaló el libro de mis manos.
Fue la vida sin mí. Dormí a deshoras.
Guarda mi cuerpo la sensación precisa:
Soñé un volcán nevado de nubes y de prismas.
Arriba el cielo azul
extendido en mi cuerpo
con la buena noticia de la vida.
Y estabas tú,
la respuesta a la Nada,
más hermosa que nunca, si es que antes te había visto.
Tu sonrisa, tus botas, tu gorrito tejido, tu abrigo adivinanza.
Y me lanzabas nieve a gritos
diciéndome con nubes tu te quiero.
—Amo tanto orbitar
entre la luz y tú—, te susurraba al vuelo.
—Mi sombra te envuelve y me lo contará
cuando no estés.
Pero voy despertando,
la escena se me rompe poco a poco.
—Cuánto me dolió verte
aquella vez primera—, te decía al perseguirte
para quitarte a besos la nieve del cabello.
Habitación vacía. No sabrás
cómo tiembla en mis manos
esta ausencia. Tu silencio
afila las preguntas.
La mesa de madera, el libro,
mi taza de café —muere de frío—,
el haz que cae apenas de la lámpara.
Te fuiste a tu tristeza y creas la mía.
Esta noche,
cómo te contaré mi contratiempo.
No sabrás que soñé
que te tocaba con mi eclipse de brazos
sobre la nieve y bajo el cielo azul.
¿Qué hacías en la montaña que sólo yo conozco?
¿Por qué te fuiste —si supiste llegar—
de ese lugar precioso que inventó mi inconsciente,
ese volcán de nubes y de nieve,
ese algodón de hielo que ya eres para mí?
Despertar fue matarte. Nunca más te veré,
mujer irrepetible de mis sueños.

 

CLAUDIA HERNÁNDEZ

 

 

 

México-Pekín.

(Fragmentos)

  

Madruga la ciudad su aire su agua hedionda su
éter descalzo en las calles con la acidez del
xoconostle picado por insectos que
invade el alma de quienes viven a intemperie
congregados por la miseria como si fuera normal esa
oblea de su hambre en nuestra boca

Pasillos como ofrendas
enjambre de cera flores frutas ante sus ojos
kakis rojísimos de haber llorado Qué
ímpetu cuando se enoja ¡Mañana
no salgo! le advierte a una anciana indiferente

Muerdan su brazo y pellizquen con el
ébano de otros ojos su corazón sediento
xerografía de un órgano enfermo de ver e
incapaz de alterar la injusticia en
cada esquina por tantos sitios donde
ondean su bandera el terror y la muerte

Perennes los árboles del lago en
el reflejo de ese hombre que fuma
kif recargado sobre un tronco con su
índice apuntando al cielo
nocturno como dragón

Muertos y más cadáveres aparecen donde
él o ella (todos) se vuelven
Xiuhtecuhtli sin luz sin resurrección que
impida el miedo a la hora en que caemos y
caemos ya sin ti sin mí sin el
oro del día que amábamos

Pekín amanece blanca de plomo y humo
elevando espirales desde las chimeneas de
kafkiano tamaño que observa tras el
íntimo refugio de su habitación
‒no salgo hoy le dice a nadie‒

Mar entre dos ciudades aire entre
ésta y aquélla entre sus mapas como
xantomas que extienden su enfermedad
imparable de personas que
corren todo el día a todas horas
obsesionadas con llegar o con irse

Puentes imaginarios para salvar la distancia
entre México y Pekín puentes como ráfagas de
kilómetros que ni en sueños recorrería
índole extraña su naturaleza de
nombres y sitios con historia

México de agua subterránea
émbolo que impulsa a no perderse en la
x de cualquier encrucijada que
impida ver del otro lado
cerros pelones que la estrangulan en su
océano de casas y de luces

Pasan ciclistas como insectos bordeando
estanques rocas sobre el agua y el reflejo del
kiosco en el temblor que alarga su
ípsilon hacia el cielo de esta
noche

Parada tras ellos percibe
estrías sobre la superficie del lago
Kunming con su puente que flecha una
ínsula del otro lado allá donde templos de jade
narran leyendas

Madruga la ciudad su aire su agua hedionda
pisada en charcos donde tiemblan
edificios con letreros de neón Desde temprano se
enluta el día con las noticias de más caídos:
Xóchitl Ernesto su papá su hijo
Karla Juan Ramón Alicia el
índice de muertos desborda la página y no es
imaginario no es ficción mientras ve cómo
cae el ángel de su columna y se hace añicos
nada sucede mientras todos respiramos en la
oscuridad

 

 

MARÍA BELÉN MILLA ALTABÁS

 

 

 

Historia del arte

  

Un buen soldado
goza el síntoma y agradece
extremada la síntesis, querido
la terrible belleza
es la mejor escolta
piensa en Veronese
su cuadro de Venus y Adonis
docta niña:
aquí el asombro
Adonis muere cazando un jabalí
es otra forma de entender
los fundamentos geométricos de la belleza
todo alude al sexo y a la caza
si soy tu pequeña bestia
tu contrincante
el jabalí, mi
colmillo curvo
nadie habla del señuelo
la forma en que mi hermoso coño
rasga tu media

 

 

ARTURO BORRA

 

 

 

Certezas

 

Es cierto que
                            grisea
por no decir: oscurece. Hay gris
en vez de azul y es cierto
que tampoco se perece
por grisáceo.

Es cierto que hay máquinas
plateadas de insignificancia ni qué decir
de los matices que decoloran
hasta las sienes.
¿Y qué de los grises monocordes y los grises
ni siquiera tristes que repiten
el tedio?

No es que no haya
                                   gris mío gris tuyo.
De nada ayuda minimizar las declinaciones
los declives
las concesiones del gris a gris
              y es cierto
que tampoco ayuda a trazar blanco sobre blanco.

Pero
         sucede que esta noche me esperás
en la azotea de un gris cualquiera y
                                                                 repentinamente
el gris nuestro se desvanece en una caricia
y hasta la negritud clarea y saluda los grisecitos
que miran -más perplejos que tímidos-
esta procesión de temblores
mientras cerramos los ojos
y los otros grises
no nos ven a kilómetros del cielo
en plena noche soñando
nuevos verbos para verdecer.

 

De: “Umbrales del naufragio”