miércoles, 15 de abril de 2026

LUIS ERNESTO GONZÁLEZ SOTO

 

 

 

Fugaz umbral del sueño

  

Penumbra. La puerta de dos mundos. Aún
convencido de imágenes inexistentes,
me levanto de la cama y abro la cortina. Es muy noche.
Adentro, la calidez de una luz diminuta. Afuera:
un otoño que cae en la ciudad
con un adiós en cada esquina de autobús.
Me he ausentado del tiempo.
Resbaló el libro de mis manos.
Fue la vida sin mí. Dormí a deshoras.
Guarda mi cuerpo la sensación precisa:
Soñé un volcán nevado de nubes y de prismas.
Arriba el cielo azul
extendido en mi cuerpo
con la buena noticia de la vida.
Y estabas tú,
la respuesta a la Nada,
más hermosa que nunca, si es que antes te había visto.
Tu sonrisa, tus botas, tu gorrito tejido, tu abrigo adivinanza.
Y me lanzabas nieve a gritos
diciéndome con nubes tu te quiero.
—Amo tanto orbitar
entre la luz y tú—, te susurraba al vuelo.
—Mi sombra te envuelve y me lo contará
cuando no estés.
Pero voy despertando,
la escena se me rompe poco a poco.
—Cuánto me dolió verte
aquella vez primera—, te decía al perseguirte
para quitarte a besos la nieve del cabello.
Habitación vacía. No sabrás
cómo tiembla en mis manos
esta ausencia. Tu silencio
afila las preguntas.
La mesa de madera, el libro,
mi taza de café —muere de frío—,
el haz que cae apenas de la lámpara.
Te fuiste a tu tristeza y creas la mía.
Esta noche,
cómo te contaré mi contratiempo.
No sabrás que soñé
que te tocaba con mi eclipse de brazos
sobre la nieve y bajo el cielo azul.
¿Qué hacías en la montaña que sólo yo conozco?
¿Por qué te fuiste —si supiste llegar—
de ese lugar precioso que inventó mi inconsciente,
ese volcán de nubes y de nieve,
ese algodón de hielo que ya eres para mí?
Despertar fue matarte. Nunca más te veré,
mujer irrepetible de mis sueños.

 

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