"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
lunes, 30 de marzo de 2026
ELAINE VILAR MADRUGA
las
tarántulas
autorretrato
pintado al óleo
con la sonrisa torcida a lo gioconda’s style
en un país demasiado grande
lleno de instrumentos quirúrgicos
de tortura o salvación
a la velocidad en que se desplaza el tiempo
por las cuerdas por el agujero
entre los pies del agujero sonriente
a lo gioconda’s style
se agota la cancioncita triste del nenúfar
sembrado en mi garganta
he aquí que mi autorretrato es
una tarántula sin ojos
que extiende las patas
para sentir cómo pasa el mundo por debajo
cómo pesa el mundo
cuando las palabras ya no alcanzan.
De:
“Las tarántulas”.
EDUARDO IGLESIAS
La
gente llega al Paraíso
y también se va.
Como aves migratorias
que se deben a su trabajo.
Vacaciones estivales acabadas.
Otra vez el Paraíso.
De:
“La isla que navega”.
JAVIER MATEO HIDALGO
Música
nocturna de las calles de Madrid
La
guardia retorna a palacio
solemne, atravesando las calles de la villa.
Les acompaña la música sonando ideada
por el italiano más castizo que Madrid viera.
Las
nubes del cielo anaranjado
abandonaron el azul velazqueño
hace ya unas cuantas horas.
La oscuridad se cobra su cielo
mientras el sol se bate en digna retirada.
Concluye
el recorrido
con esta música que tantas veces toqué
aquí cerca. Parque del Buen Retiro,
recogido momento, bajo un árbol,
protegido por arbustos y veredas,
haciendo sonar este viejo violín
recreando aquellos tiempos perdidos.
Salgo
por la Puerta del Ángel Caído,
el público prácticamente se ha marchado.
Apenas unos rezagados se encaminan
cuesta abajo, hacia Atocha.
Es la hora azul, donde todo puede ser
y cada uno de nosotros probable héroe
de alguna historia por contar.
Llego
hasta Moyano
y saludo a don Pío, siempre abrigado,
la boina calada.
Hacia donde él mira con sus ojos fríos
yo miro, también con la mirada
perdida, de estatua.
De: “Sinfonía para un solo mú
LUIS CHAVES
Las
réplicas
El
trayecto interminable, el interior del autobús como una sala de espera en
movimiento. Inevitable, los recuerdos: vos tirando mis compactos por el balcón;
yo, en una reacción bien Hammurabi, reventando los tuyos contra mi propia
ventana y quedando —fácil concluir — en clara desventaja. Ahora río y me tapo
la boca, gesto que fue natural aquellos tres meses que viví sin uno de los incisivos:
las costumbres persisten mucho tiempo después de las razones que las
originaron. Del bus bajaremos a este lado de la frontera. En él subiremos al
otro. Los mismos pasajeros, el mismo equipaje, pero un sello más en el
pasaporte. No me deprime reconocer mi incapacidad para el afecto duradero, me
desmoraliza no encontrar otro tema sobre el cual escribir.
STEVIE SMITH
La
ciudad celestial
Suspiro
por el país celestial,
donde pasan las gentes celestiales,
y el mar es tan quieto como un espejo
de hermoso, hermoso cristal.
Camino
en el campo celestial,
entre lirios y amapolas brillantes,
visto un abrigo celestial
de blanco reluciente.
Cuando
paseo por el parque celestial,
mis pies desnudos pisan el pasto;
la hierba ondea alta, pero ninguna
criatura dañina está allí.
Por
la noche vuelo sobre los tejados
y me apoyo en los rayos lunares brillantes;
dorados son los ríos del cielo,
y de plata sus corrientes.
Nota:
Stevie Smith, seudónimo de Florence Margaret Smith
VITA SACKVILLE-WEST
Toscana
Cisternas
y piedras; la higuera en el muro
proyecta su sombra, cenicienta como sus ramas,
a través del camino, sobre el polvo espeso y blanco.
Desde la colina descienden los lentos bueyes blancos,
arrastrando el carro púrpura cargado de mosto,
con borlas escarlatas sobre sus frentes lechosas,
mansos como las polillas del crepúsculo.
Bajo el yugo, reclinados contra el eje, tiran,
con esfuerzo intermitente, del carro que chirría,
mientras la gente del viñedo,
con bastones y herramientas al hombro, rodea la carreta.
Las palas de madera toman la mancha púrpura,
el aire pesado vibra con el cálido olor del vino.
Aquí, el largo sentido de la medida clásica cura
el espíritu cansado de su arduo dolor;
aquí perdura la antigua piedad báquica,
aquí las dulces leyendas del mundo subsisten.
Carros homéricos retumban por el camino;
letanías virgilianas entre los sarmientos;
perezosa pastoral de rebaños bajo el pino;
el porquero vigila, apoyado en su bastón,
mientras los cerdos hozan bajo los castaños.
¿Quién podría contemplar caer esta tarde,
esta calma campesina, este olor fecundo,
estas terrazas de colinas, esta vendimia plena,
sin sentir la pagana cordura de la sangre
subirle a las venas en joven y templada salud?
¿Quién podría ver pasar en procesión
a vinateros, rebaños y manadas, en polvorienta hilera,
volviendo en la tarde dorada al cortijo escalonado,
a la era hollada, donde hace poco el mayal
alzaba alto el maíz en torbellino de polvo,
y yace ahora medio hundido en la montaña de grano?
¿Quién podría ver todo esto y no olvidar
la tortura del querer exhausto, del pensamiento quebrado,
no volver los siglos atrás,
sentir los nervios de su alma fortalecerse,
y saberse heredero de Roma?
