Las
réplicas
El
trayecto interminable, el interior del autobús como una sala de espera en
movimiento. Inevitable, los recuerdos: vos tirando mis compactos por el balcón;
yo, en una reacción bien Hammurabi, reventando los tuyos contra mi propia
ventana y quedando —fácil concluir — en clara desventaja. Ahora río y me tapo
la boca, gesto que fue natural aquellos tres meses que viví sin uno de los incisivos:
las costumbres persisten mucho tiempo después de las razones que las
originaron. Del bus bajaremos a este lado de la frontera. En él subiremos al
otro. Los mismos pasajeros, el mismo equipaje, pero un sello más en el
pasaporte. No me deprime reconocer mi incapacidad para el afecto duradero, me
desmoraliza no encontrar otro tema sobre el cual escribir.
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