lunes, 30 de marzo de 2026

VITA SACKVILLE-WEST

 

 

 

Toscana

 

Cisternas y piedras; la higuera en el muro
proyecta su sombra, cenicienta como sus ramas,
a través del camino, sobre el polvo espeso y blanco.
Desde la colina descienden los lentos bueyes blancos,
arrastrando el carro púrpura cargado de mosto,
con borlas escarlatas sobre sus frentes lechosas,
mansos como las polillas del crepúsculo.
Bajo el yugo, reclinados contra el eje, tiran,
con esfuerzo intermitente, del carro que chirría,
mientras la gente del viñedo,
con bastones y herramientas al hombro, rodea la carreta.
Las palas de madera toman la mancha púrpura,
el aire pesado vibra con el cálido olor del vino.
Aquí, el largo sentido de la medida clásica cura
el espíritu cansado de su arduo dolor;
aquí perdura la antigua piedad báquica,
aquí las dulces leyendas del mundo subsisten.
Carros homéricos retumban por el camino;
letanías virgilianas entre los sarmientos;
perezosa pastoral de rebaños bajo el pino;
el porquero vigila, apoyado en su bastón,
mientras los cerdos hozan bajo los castaños.
¿Quién podría contemplar caer esta tarde,
esta calma campesina, este olor fecundo,
estas terrazas de colinas, esta vendimia plena,
sin sentir la pagana cordura de la sangre
subirle a las venas en joven y templada salud?
¿Quién podría ver pasar en procesión
a vinateros, rebaños y manadas, en polvorienta hilera,
volviendo en la tarde dorada al cortijo escalonado,
a la era hollada, donde hace poco el mayal
alzaba alto el maíz en torbellino de polvo,
y yace ahora medio hundido en la montaña de grano?
¿Quién podría ver todo esto y no olvidar
la tortura del querer exhausto, del pensamiento quebrado,
no volver los siglos atrás,
sentir los nervios de su alma fortalecerse,
y saberse heredero de Roma?

 

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