miércoles, 15 de febrero de 2023


 

LYDIA VALIENTE

 

 

S

  

La risa de los tristes dolientes y cansados,
la risa con que anuncian su ser los desgraciados.

La S es el enigma de la misantropía,
como la curva larga de una larga agonía.

¡Risa de los leprosos, ciegos, tuberculosos!
¡Carcajada estridente de gritos pavorosos!

Estigma de locura la S contorsiona,
como la curva fina de daga que lesiona.

Carcajadas de frío, carcajada doliente,
carcajada que plasma y da diente con diente.

¡Carcajada! ¡Asterisco de las iniciaciones!
La S se comprime con lúgubres canciones.

 

ÍTALO LÓPEZ VALLECILLOS

 

  

Los dos un solo beso

  

La noche se detenía a conversar con los caminantes de alta hora; su voz de sombras apretadas parecía fluir de una boca cuadrada, circular, oblicua, en cuyo fondo las estrellas vomitaban su claridad de claridades…

La noche con mi nostalgia iba del brazo… un cortejo de preguntas resonaba en el fondo de mi alma; ella decía de su tristeza negra, yo hablaba de mi amargura blanca… Los dos un solo abrazo, los dos un solo beso…

Noviembre, 1951.

 

GABRIELA PAZ

 

  

Sueño despierta en vos

  

No puedo dormir,
como sombra tejida,
entre los parpados, la noche cinceló el cuerpo de una mujer despierta,
prendada se ha quedado en mis ojos.

Como boca hambrienta su vestido,
clama el auxilio de mis manos, de mi boca,
mis manos y dientes,
se prenden afilados en cada ángulo,
se salivan,
se embelesan
sus espacios…

En el frenesí de su piel encendida vuélvome pira
en sus pechos erguidos y volcánicos,
trazo la sinfonía de lunares tallados en su piel.
Mis manos fueron dientes para volverse pájaros.
Busco habitar en el enredo de su nido.
La boca propia
ahora es mariposa posada en el jardín de su florida espalda.
La primavera es mentira
si no brota de sus ojos,
de la miel de sus caderas.
Impropio en mí,
me vuelvo pez y bebo,
bebo y nado, en la fuente inagotable de su entrepierna.

 

 

JOSUÉ ANDRÉS MOZ

 

  

Mister cop

(A Carla Ayala y Daniel Alemán)

  

No necesito calzar su uniforme para hablar de la muerte
ni conocer el oscuro abecedario que le besa los dientes, señor policía.

Dígame entonces
qué hacemos con sus tatuajes,
dígame
dónde esconder la dentada silueta de su miseria,
qué hacer con esa tristeza de no poder meter sus manos bajo mi falda,
de no poder llevar mis tacones,
con esa rabia luminosa que lo hace querer romperle los dientes a mi hermano.

Perdone, señor policía,
que sea tan directo,
perdone mi tristeza.

Perdóneme, señor policía, por no ser uno de sus muertos,
por no sonreírle trágicamente a sus compañeros en la patrulla,
por no estarme pudriendo en bartolinas,
por no dejarme fabricar las pruebas necesarias,
por no agachar la cabeza y caminar bonito frente a su sombra
de un metro treinta, de un metro ochenta.

Acá la noche se nos mete por los pulmones,
acá los billetes tienen el rostro de lo que hemos perdido.

No necesito los cuchillos,
no necesito los balazos,
no necesito verlo agitar su soledad en el asiento del copiloto.

Míster cop-burbuja negra-the policeman,
¿Cuántos gemidos le caben en la punta de la bota?
¿Cuántas cicatrices dormidas lleva en el eco de sus manos?
¿Cuántos desiertos han tejido las arañas en la boca de su mujer?
¿Cuánta ausencia soportan los delgados huesos de su hija?

Yo lo conozco, señor policía,
no necesita taparse el rostro para mí,
no tiene porqué arrodillarse frente al Cristo,
ni llevar más ceniza en su frente que la que lleva en las manos,
no necesita demostrar que nació con alacranes en los ojos;
yo escucho desafinar esa canción desde que desapareció a su compañera,
yo conozco su dulce ritual de sangre,
yo sé de la potencia hidráulica de sus mandíbulas.

No se preocupe, señor policía,
yo traigo mis propias bolsas negras
para ahorrarle el gasto
y las molestias.

 

TOMÁS ANDRÉU

 

 

Palabras para un amigo

  

Ninguna lluvia borrará tu sangre,
—que en espiral sostiene los frutos y el pan—.
Ninguna
avalancha de años, de tiempo
—aunque se le sume la eternidad—
sepultará
tu nombre.
No habrá silencio que pueda atar
la fuerza indomable de tu voz,
tu pulso que late al unísono
con el corazón de la tierra.
Tu cabellera cana
es ahora la crin del viento
que empuja a los tuyos,
que revienta los anonimatos.
Ay del blasfemo que diga que estás muerto,
morirá ahorcado en su propia lengua,
y su estirpe no se alimentará
de tu límpida luz,
de tu sabio tránsito por la tierra,
porque morir no es desaparecer,
es volver a vivir en forma superior
en una claridad inagotable.

 

 

DERLIN DE LEÓN

 

  

En el centro de la ceniza

  

Esta guerra nos pertenece.
Es un espejo que va delante de nosotros.

Conocemos de táctica, no de barricadas.
No sabemos del bullicio de las campañas,
sí del silencioso ascenso de la noche.
No llevamos cuerpos apilados en camiones
porque hemos aprendido a dominar las hogueras.
Sabemos cavar profundo,
compactar,
diseminar.

Esta guerra se razona con cifras.
No con el enérgico tufo del cloro.
No con los ojos de los niños
que han presenciado la fiesta del fuego.

Vamos legando el mismo silencio.
La vieja semilla que encontramos
en el centro de la ceniza.