EL
instante que importa,
canda
el tiempo,
alimenta
lo intenso, aviva el aire.
Hábil
verdugo del olvido
se
alivia y torna albura.
Anónima
sed, lluvia salvadora,
tensión
de la voz que afirma
lo indispensable.
(impulso)
De:
“Ningún instante es más”
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
EL
instante que importa,
canda
el tiempo,
alimenta
lo intenso, aviva el aire.
Hábil
verdugo del olvido
se
alivia y torna albura.
Anónima
sed, lluvia salvadora,
tensión
de la voz que afirma
lo indispensable.
(impulso)
De:
“Ningún instante es más”
Y
AHORA,
con
la delicadeza de lo humilde,
con
la máxima incertidumbre,
contemplar.
Cerrar
el viejo atlas de las horas,
desoír
las voces de la nostalgia,
no
buscarse.
Alejarse
de lo que aún se es
y
avivar sin rubor la resistencia.
No
se airea lo que alienta menoscabos.
No
hay nada más,
lo
propicio al olvido es la templanza.
Arde
el instante.
(resistencia)
De:
“Ningún instante es más”
BENDITO el
vértigo
que
crece sin saberlo en la mirada.
Bendito
su rumor,
su
riesgo.
El
ver siempre es lo mínimo,
y
ahí está, ahora,
antorcha
y nudo en su sigilo,
pupila
y pámpano.
Un
solo instante nunca hará gavilla,
ni un único murmullo implica auspicio.
(lo mínimo)
De: “Ningún instante es más”
LO perdido,
la extraña
brujería de lo frágil,
el
rigor mineral de la materia,
la
piel, el aire candeal.
Arder
adentro.
Ignorarse,
olvidar,
hacer
de lo vivido incertidumbre.
Todo
en ascuas al abrigo de un verbo,
de
una razón sin trabas
que
habla otra vez de la melancolía.
Y en
el catastro de la amanecida,
las
dudas de otro claro nuevo al darse.
Aún
hay tiempo.
(melancolía)
De:
“Ningún instante es más”
SIGUE el
canto.
Y al
aire boga libre
yendo
y viniendo,
dándose
como
el agua y el alba,
como
una ceremonia natural,
porque
todo en él es celebración.
Cunde
el canto,
inaugural,
exento,
materia
en ascuas y a distancia,
que
se renueva y arde en la mirada.
(celebración)
De:
“Ningún instante es más”
Soy
Nevenka
(Iciar
Bollaín habla con Mireia Oriol)
I
AHORA,
quebrada
la flor del tacto,
no
lo comprendes bien, pero lo intuyes,
porque
eres otra razón más,
otra
víctima
a la
que le creció demasiado la tristeza.
Dura
es la tensión y el dolor
con
su cuña de silencio,
duro
el terror,
la
verborragia, el juicio injusto.
Duro
el recuerdo y sientes su cordaje,
la
maroma
que
enhebra la infamia y la culpa,
el
calvario brutal de la impotencia.
II
No,
no es otro el hecho, ni tampoco el argumento,
no
es otra la patraña.
Es
violencia, sí, y violación,
se
llama así.
Nunca
es amor, nunca es ternura.
Y
hay que decirlo fuerte aunque nos duela,
porque
el nombrar hoy nos salvará,
y
las palabras,
conscientes
y culpables del sentir de lo que dicen,
buscarán
su camino
para
elevar desde la herida la protesta,
para
avivar las ascuas de la lucha.
Porque
ahora tú también eres
otra
herida abierta, otra mujer más,
a la
que de repente
quisieron
expulsar del deseo y del amor,
y
quedó enredada a golpes de odio, sin querer,
entre
los hilos de la violencia.
Demasiada
tristeza.
Demasiado
dolor hoy
para
intentar ser solo razonables.
No
importa la gente ni sus duras palabras,
no
importa lo que ahoga,
importa
la dignidad, siempre la dignidad,
importa
ser tú misma.
(2024)
De:
“Trece escalones”
El
silencio antes de Bach
(La
violonchelista junto a la ventana)
I
SAGRADO
tóxico es Bach.
Certero
elixir adictivo
que
aviva lo intenso.
Aroma.
Veneno crucial.
Igual
que la vida,
ansiada
liturgia.
Alta
Suite. Violonchelo
especial,
singular,
Luz,
fulgor, cordura envolvente.
II
Ebrio
mástil al viento,
en
el centro y la escena
enhebrando
mil hebras de luz.
Aire
son la chelista
y
sus ojos,
el
pelo alegría;
sus
dedos
cadencia,
artefacto, compás,
que
el sonido libera.
Hechura
del tacto,
su
tiemblo,
el
arco, su cuerpo y su pulso
al
azar, tan intenso.
III
Bach
sagrado en el tiempo.
Locura
más pura,
más
real.
En
las manos y al vuelo,
partitura
esencial,
sugerente
e intensa.
Bach
la clave, la cifra
inconclusa
y raigal,
lo
claro y singular,
que
aún vibra
en
lo audaz mostrando lo eterno.
(2007)
De:
“Trece escalones”
El
sol del membrillo
(Habla
Antonio López)
I
El
color es un mar.
Membrillos
y geranios.
Hay
un pulso de brisas
sostenido
en el aire.
De
la sombra es el juego
y
atardece despacio.
Vibra
un ritmo crucial,
de
todos y de nadie.
II
Nada
es sombra de mí,
hay
nostalgia en el árbol.
El
pulso se mantiene
sostenido
por alguien.
Al
sol dan los membrillos
un
olor y un espacio.
La
mezcla está en las cosas,
las
dudas ya no caben.
III
El
pincel se detiene
en
recuerdos extraños.
Ya
no espero que surja
nada
más adelante.
Soñaré
cuando suene
su
arpegio entre mis párpados.
Es
octubre y aún vibran
membrillos
por las tardes.
IV
He
medido las hojas,
pero
no el descalabro.
Pintor
es el otoño,
porque
es vida y ¿quién sabe
si
lo mío es concepto?
¿quién
podría negarlo?
Llueve
fuerte y el viento
va
dejando su parte.
V
Pintar
es aventura
desde
el lienzo hasta el marco.
Lo
esencial son las luces,
el
pintor no es la clave.
No
siempre los deseos
se
convierten en cuadro.
Ya
veremos mañana.
¡Salgamos
a la calle!
De:
“Trece escalones”
Gran
Torino
(Clint
Eastwood habla sobre la vejez)
PARA
aprender del óxido y del leño,
para
ser más humildes,
para
entender mejor las cosas y crecer,
leamos
el mapa vital que escriben los ancianos,
sus
badenes,
sus
curvas de nivel.
Asumamos
los riesgos, el temblor,
la
lentitud, la caída,
las
pérdidas,
la
cruz de la desesperanza a veces desgarrada,
los
rostros del vacío, las trampas de la edad.
Aceptemos
con ellos la herrumbre,
la
sombra,
la
enfermedad, la saña férrea de la vida,
el
aire ardiendo auroras y borrando calendarios.
Seamos
más humildes,
y
consideremos,
como
algo más que una simple anécdota,
lo
fraterno, las cosas que nos cuentan, sus temores,
el
amor,
la
claridad leal de la experiencia,
la
vecindad, las diferencias,
las
cárcavas de su propia biografía.
Releguemos
por un momento
el
brillo, lo supuestamente divertido,
los
tópicos,
lo
sinsentido neutro,
lo
que no tiene mapa y nunca lo tendrá.
La
vida es futuro imperfecto y es abrazo.
(2008)
De:
“Trece escalones”
Lugares
necesarios
De
Manderley a Rosebud,
por
citar dos ejemplos
de
nombres singulares
en
las filmografías,
hay
un misterio escrito
en
las bridas del aire
que
juega con la cámara
y
logra demostrarnos
que
el olvido no existe
si
le queda en el alma
a
quien a esto se entrega
un
poco de ilusión
y
altas dosis de magia.
En
la vida del arte
hay
un sesgo atrevido
que
revuelve el espacio
donde
campa el hastío,
donde
no pasa nada
si
la vida anodina
se
encierra entre sus muros.
Así
el cine se implica,
no
se calla y se atreve
a
contar lo que ocurre,
a
decir lo que debe;
porque
desde el principio
en
que izó su periplo
ha
sido fiel al hecho
de
contar lo que ofrece
a la
atenta mirada.
Por
eso con la fuerza
que
le otorga su entrega,
y la
sana experiencia
que
a diario se vive
en
las salas de cine,
qué
bueno es avivarnos
con
la esencia del mito
que
conserva los nombres
de
los santos lugares:
Manderley,
La Gaviota,
Rosebud,
Monument Valley,
regresos
necesarios
que
usamos muchas veces
por
ver si hay algo más
animando
un nosotros.
Entonces
sin que nadie
lo
haya previsto antes,
e
igual que en otro tiempo
se
hiciera de la vista
todo
un cuerpo plenario,
miramos
a la cámara
imitando
a las cosas.
Hay
gente que no cree
en
la magia del cine,
y
piensa en otros campos
con
otros seguidores
y
eso les hace libres.
Pero
yo siento en Chaplin
en
los Marx, y en Erice,
en
la Monroe o Fellini,
los
momentos mejores
los
días más felices.
Ellos,
Ford y Berlanga:
me
han salvado del tedio.
¡Qué
hermosas son las Artes,
qué
grande Billy Wilder!
De:
“Trece escalones”
LO
que vuelve y se rehace,
nunca se niega.
Azul
vacío.
Abrazo ausente.
La
extraña austeridad de los afectos.
Hay
un hueco impasible en las huellas del viento.
El
tiempo se desvanece o persiste,
arde
en su fragilidad,
hurga en el aire y trae,
lo
que funda el silencio.
De: “Lo que funda el silencio”
AHÍ
está el misterio yendo hacia sí mismo,
reencontrándose,
y el
rubor ascendiendo al limbo de los labios;
cunde
el deseo, mas no el beso.
Las
llambrias del amor,
la
levedad de la deriva injusta
de
los gestos no entendidos,
relegados
a veces
a
ser solo la pauta exangüe de su sombra.
Llaga
que laya el alma,
herida,
que
nunca alcanza el cierre de su hechura.
De: “Lo que funda el silencio”
ENTRAR
despacio,
casi
de puntillas,
como
quien nunca sabe
que
tras de sí se olvida de algo.
Como
si de la estancia,
quisiera
huir sin prisa el conjuro del tiempo.
Y
así, sin dudas y en silencio,
alzarse, entrar.
De:
“Lo que funda el silencio”
EN honor
al silencio
ondea
el peso de la palabra no dicha,
y en
su equilibrio abierto espera.
Hay
una noche extensa,
no
lo dudes,
que
en su abrazar a todos nos alcanza.
A
veces es más denso
el
ruido de quien nada dice que el misterio.
Ecos
de lo sagrado.
De: “Lo que funda el silencio”