jueves, 21 de mayo de 2026


 

FERNANDO LAMBERG

 


 

El antiterrorista

  

Debemos combatir el terrorismo.
Pero para eso hay que sembrar el miedo.
Nada mejor que decir que existe el demonio
y sus partidarios irán al infierno.
Para combatir la violencia
usaremos la violencia.
Lanzaremos bombas de racimo
que envían sus fragmentos a todas partes
y cuando ni una partícula de vida exista
habremos terminado con los terroristas.

 

 

LUIS PEREIRA

 

  


Posibles usos de la cuarentena

  

Tener un affaire
Que tu marido no se entere
Diseñar un encuentro de sexo virtual
Contigo
Adquirir un gato por
Mercado Pago
Oír canciones feministas y
Consignas
En la radio de La Plata  

 

 

RUBÉN MARTÍNEZ VILLENA

 

 

 

La pupila insomne

  

Tengo el impulso torvo y el anhelo sagrado
de atisbar en la vida mis ensueños de muerto.
¡Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado!…
(¡Ya dormiré mañana con el párpado abierto!)…

 

 

ANNE STEVENSON

 

  


Elegía

  

Siempre que mi padre se quedaba sin nada que hacer —
esperando a que alguien «terminara de arreglarse»,
o enfrentando el vacío entre seminarios de posgrado
y aburridas sobremesas en su estudio
corrigiendo trabajos o escribiendo una reseña—
tocaba el piano.

Pienso en él guardando su vida
con cuidado, como un buen maletín de cuero,
cada tarea irritante envuelta en pasajes flotantes
para la mano izquierda y la derecha
de Chopin o del difícil Schumann;
nada dentro quedaba suelto ni traqueteaba.

No era racionalismo, aunque uno pudiera cortarse la lengua
con el filo de su lógica razonable.
Sólo al piano se convertía
en el romántico inclinado, reverente, enteramente absorto.
El tema de su heroica e inconclusa sonata para piano
podría haber sido Brahms.

El aburrimiento, o aquello que desaprobaba como
«sentarse por ahí con la boca abierta»,
lo perseguía de manera extraña. Tenía poca resistencia.
Siempre que sucumbía a ataques de bronquitis invernal,
la casa se hundía un poco en su jardín nevado,
extrañando su vejiga natatoria musical.

Nada de esto sugiere lo natural que era.
Durante años pensé que los padres tocaban el piano
igual que los perros ladraban y los bebés crecían.
Nosotros, los niños, entrábamos y salíamos de casa,
dando por hecho que la «Trucha» o el Impromptu en mi bemol mayor
ondularían siempre a nuestro alrededor.

Para él, creo, tocar era volar en solitario, una dicha
de apartarse, de estar solo.
No siempre felizmente; nunca como huida,
porque era afectuoso, y el zumbido doméstico
que fingía encontrar trivial o ridículo
lo sostenía cada día.

Cuando hablaba de música, nunca era
de las lacrimae rerum
que temblaban en sus frases prolongadas
como gotas de lluvia hilándose sobre un cable;
no, defendía el do móvil o explicaba la asombrosa
física de la octava.

Volvíamos de la escuela y lo encontrábamos
sentado con las piernas cruzadas en la jungla del suelo,
con las entrañas de uno de sus Steinway desparramadas alrededor.
Siempre lograba volver a colocar las piezas en su sitio.
Recuerdo las cubiertas amarillas de las ediciones Schirmer
y las encuadernadas Peters Editions en la biblioteca.

Cuando en los últimos años desertó hacia el violonchelo,
la abuela, entre sufrimientos, exclamó suavemente:
«Qué hermoso era cuando Steve quería tocar el piano».
Ahora soy yo la abuela que escucha a Steve al piano.
Levemente, entre variaciones Brahms-Haydn,
su imagen audible regresa a mis oídos zumbantes.

 

 

QUILO MARTÍNEZ

 

 

 

El álbum

  

No permitas que un montón de fotos viejas
te amarguen la existencia.
Fuimos así, y aunque nos pese,
ya no lo somos,
que el tiempo duele igual que la distancia.

Ordenadamente puestas
con márgenes exactos
fecha justa y lugar de la acción bien detallado,
así nos miran desde el pasado las fotografías del álbum
que acostumbramos a abrir de vez en cuando
para aburrir la tarde a un visitante amigo.

Cruel afición de contemplar imágenes
de aquello que no vuelve.
Afán incomprensible de perpetuar la pena de la ausencia
de recordar momentos ya perdidos
de reecontrar las huellas de un camino lejano.

Ya no somos así… y nos duele el tiempo,
aunque nos pese.
Pero no dejes que unas fotos nos depriman
y que heridos de vejez vivamos en silencio la semana.
No hagas caso al ayer que nos observa
y ponle una sonrisa a cada imagen,
pensando que las de hoy serán mejor que las fotos de mañana.

Y piensa que es probable que el próximo domingo
a alguien se le ocurra nuevamente sacar el álbum
para observar las fotos que faltaban.

 

 

LUZ HELENA CORDERO VILLAMIZAR

 

 

 

Él

  

Él ganó las batallas.
Su pelea fue cuerpo a cuerpo
con armaduras y sin ellas.
Se armó con flechas
pudo crear espadas
hizo alianzas con el veneno
logró esculpir el fuego
desnudó el alma de los químicos
supo afilar las palabras
y blandir los libros.
Él murió tantas veces
y fue vencedor muchas más,
peleó tanto y viene tan cansado.
Él ganó todas las batallas
menos una,
menos una con cara de mujer.