Elegía
Siempre
que mi padre se quedaba sin nada que hacer —
esperando a que alguien «terminara de arreglarse»,
o enfrentando el vacío entre seminarios de posgrado
y aburridas sobremesas en su estudio
corrigiendo trabajos o escribiendo una reseña—
tocaba el piano.
Pienso
en él guardando su vida
con cuidado, como un buen maletín de cuero,
cada tarea irritante envuelta en pasajes flotantes
para la mano izquierda y la derecha
de Chopin o del difícil Schumann;
nada dentro quedaba suelto ni traqueteaba.
No
era racionalismo, aunque uno pudiera cortarse la lengua
con el filo de su lógica razonable.
Sólo al piano se convertía
en el romántico inclinado, reverente, enteramente absorto.
El tema de su heroica e inconclusa sonata para piano
podría haber sido Brahms.
El
aburrimiento, o aquello que desaprobaba como
«sentarse por ahí con la boca abierta»,
lo perseguía de manera extraña. Tenía poca resistencia.
Siempre que sucumbía a ataques de bronquitis invernal,
la casa se hundía un poco en su jardín nevado,
extrañando su vejiga natatoria musical.
Nada
de esto sugiere lo natural que era.
Durante años pensé que los padres tocaban el piano
igual que los perros ladraban y los bebés crecían.
Nosotros, los niños, entrábamos y salíamos de casa,
dando por hecho que la «Trucha» o el Impromptu en mi bemol mayor
ondularían siempre a nuestro alrededor.
Para
él, creo, tocar era volar en solitario, una dicha
de apartarse, de estar solo.
No siempre felizmente; nunca como huida,
porque era afectuoso, y el zumbido doméstico
que fingía encontrar trivial o ridículo
lo sostenía cada día.
Cuando
hablaba de música, nunca era
de las lacrimae rerum
que temblaban en sus frases prolongadas
como gotas de lluvia hilándose sobre un cable;
no, defendía el do móvil o explicaba la asombrosa
física de la octava.
Volvíamos
de la escuela y lo encontrábamos
sentado con las piernas cruzadas en la jungla del suelo,
con las entrañas de uno de sus Steinway desparramadas alrededor.
Siempre lograba volver a colocar las piezas en su sitio.
Recuerdo las cubiertas amarillas de las ediciones Schirmer
y las encuadernadas Peters Editions en la biblioteca.
Cuando
en los últimos años desertó hacia el violonchelo,
la abuela, entre sufrimientos, exclamó suavemente:
«Qué hermoso era cuando Steve quería tocar el piano».
Ahora soy yo la abuela que escucha a Steve al piano.
Levemente, entre variaciones Brahms-Haydn,
su imagen audible regresa a mis oídos zumbantes.
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