"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
domingo, 9 de agosto de 2026
MERCEDES VIAUD ROCHAC
Poemas
de Juan Cristóbal
Para Carmen Lyra
I
Era
una hebra de luz aquel llanto que oí en el cuarto desvencijado.
Por
primera vez las telarañas y los ratones oyeron la canción más pura.
Las
vigas carcomidas por el tiempo y los tejados enmohecidos por la lluvia
temblaron de emoción maternal.
Fue
ahí en aquel cuarto desvencijado donde supe de la vibración suave: era el
llanto de Juan Cristóbal.
II
Era
un cogollito de amor.
Era
la miniatura inconsciente más perfecta.
Era
el niño-Dios criollo.
Era
de algodón moreno, carnita de canela entre pañales suaves de sol.
Era
así…
III
Dos
almendras entreabiertas parecen sus ojos cuando duermen, para ver el mundo en
mitad.
Parpadean, sonríen: es que está cerca de un colmenar.
IV
Hijo
de todos y de nadie.
Tú
viniste antes que mi carne floreciera, a encender en mi vida, el candil
maternal; a poner pucheros al verso sencillo; a fertilizar la selva musical; a
poetizar el sentido vital de las cosas.
V
Crecerás.
Poseerás lo que tú quieras, si tu cabecita la puedo llenar de verdades.
Pero
dime, terroncito de azúcar morena, ¿endulzarás entonces, el agua de mi vida?
VI
Eras
tan pequeñito, como el hoyito donde entran las hormigas a dormir. Ellas como
tú, atesoran migas de pan, en el huequito tibio del corazón.
Las
hormiguitas con pedacitos de hojitas frescas, forman ronda a la pileta del
clavel; tú, zompopito, te haces collar en torno a mi cuello.
VII
Acércate
a mi corazón, Juan Cristóbal: es una almohada que los ángeles hicieron para ti.
Ellos, durante el sueño, dicen cosas dulces a los niños.
Deja
que te estreche, acaso alcance yo un poco de esa miel angelical.
VIII
Este
era un fueguito cerca de la mar. El fueguito se llamaba amor, la mar se llamaba
vida. Pues la mar quería apagar al fueguito, ¿pero sabes, Juan Cristóbal, que
el fueguito ganó?
Sí,
ganó.
IX
Con
el dedito de tu corazón, has tiznado de dulzuras, esta página de mi vida.
Con
tus miradas de aceituna, el mundo se me torna una masita de amor
Con
tus labios de pitahaya has mordido una inquietud musical y todo el huerto
hogareño canta al ritmo de tu corazón.
X
Desde
que mi canción entra en tu oído, la tarde se llena de caracoles y estrellas. Y
es entonces cuando todo mi cuerpo se estruja de infinitos y madrigales. Y es
así que mis brazos evocan fortaleza y suavidad.
XI
El
viento está deletreando una frase nueva para ti, ¿la oyes, Juan Cristóbal?
Pasa
suavecito, como sordina enrollada en una nube, sobre las basuritas de tu sitio:
tu ronda.
Ven,
así conmigo, escucharemos letra por letra el deletreo del viento; tú y yo,
trataremos de interpretar este sencillo y nuevo alfabeto que ha sido creado
para ti.
XII
Se
está meciendo la luna, la luna se está durmiendo; todo lo blanco está cantando,
todo de azul se está vistiendo, y es porque Juan Cristóbal, al solo abrigo de
mis dos brazos, se ha quedado dormido, dormido.
XIII
Tus
ojos ya conocen el milagro de ver el cielo, tus manos ya acariciaron la arcilla
creadora, tu boca ya supo de la frescura del manantial, tus oídos ya oyeron la
música del viento, todo tu cuerpecito ya se tiñó con los colores del río.
Tus
sentidos van desarrollándose al ritmo de la naturaleza; ella es para ti, el
mejor juguete.
XIV
¡Jícaro,
Jícaro!
Tendido
en la siesta del sol sombreas de aromas las cantarinas rayas trazadas por Juan
Cristóbal; rayas que son la respuesta enredada en las madejas de luz.
¡Jícaro,
Jícaro!
Que
nunca tu sombra desabrigue los juegos y llantos de Juan Cristóbal.
XV
Con
piedrecitas de mar construyes el túnel por donde se pasea tu ilusión infantil,
así mismo, los caracoles ensayan el cromatismo por donde se paseará tu lección
musical.
PEDRO CEPEDAL
4
[Zagreo]
De
las cenizas de Sémele emergió Zagreo
De las palabras la imagen
No
Primero fue el rayo
Los truenos son ecos de la visión
Salvo en la escritura
No
En el texto las palabras se ven
Después suenan raspan huelen
Esmaltan la imagen nueva
Sí
Así parece que tiene sentido
De:
“Ananké”
ELIZABETH BARRET BROWNING
Una
Rosa Muerta
¡Oh
Rosa! ¿quién se atreve a nombrarte?
Ya no rosada ahora, ni suave, ni dulce;
Sino pálida, y dura, y seca, como paja de trigo,—-
Guardada siete años en un cajón—-tus títulos te avergüenzan.
La
brisa que solía acariciarte
Entre
las espinas del seto, y llevarse
Un aroma calle arriba para durar todo el día,—-
Si respirando ahora,—-desendulzada te renunciaría.
El
sol que solía herirte,
Y
mezclar su gloria en tu magnífica urna,
Hasta que el rayo pareció florecer, y la flor arder,—-
Si brillando ahora,—-sin un tinte te iluminaría.
El
rocío que solía mojarte,
Y,
blanco primero, volverse encarnado, porque
Yacía sobre ti donde estaba el carmesí,—-
Si cayendo ahora,—-oscurecería donde te encontrara.
La
mosca que se posó en ti,
Para
estirar los tendones de sus piececitos,
A lo largo de los puros bordes de tu hoja, tras el calor,—-
Si posándose ahora,—-fríamente te recorrería.
La
abeja que una vez te chupó,
Y
construyó tus ámbares perfumados en su colmena,
Y desmayarse en ti de gozo, hasta casi sin vida,—-
Si pasando ahora,—-ciegamente te pasaría por alto.
El
corazón sí te reconoce,
¡Sola,
sola! El corazón te huele dulce,
Te ve justa, te juzga la más completa,—-
Aunque viendo ahora esos cambios que te disfrazan.
Sí,
y el corazón te debe
Más
amor, ¡rosa muerta! que a esas rosas audaces
¡Que Julia lleva en los bailes, sonriendo fríamente!—-
¡Yace quieta sobre este corazón—-que se rompe bajo ti!
VLADIMIR CHANCHÁN
El
sonido de un barco hundiéndose
(Cómo
saberlo para entonces
pero) los sonidos que salían del delirio
ya no eran las runas de evos antiguos despertando
ni tampoco eran los ruidos de la noche rasgándose como cuenta el exilio
lo
que escuchábamos, según el zombi y yo,
era más bien el sonido de un barco hundiéndose
a la velocidad con la que se horadan nuestros huesos,
una
especie de grito unánime
que conjura nombres de dioses muertos
justo antes de devolverse a las aguas
de
aquí allá se regaba el miedo,
nos quedamos sin el fuego de los gritos endemoniados
dejando esa lluvia como eco del pasado
lluvia
como si los ojos de alguien lloraran,
una lluvia salada que se metía en los poros
y en los pulmones y en la tremenda cicatriz de nuestros lomos
a lo
mejor para entonces ya sudaba,
sin darme cuenta,
hasta que el zombi o un brujo o alguna rata sabelotodo
empezó
a escupir lo que parecían partes de caracoles y agua,
una agua negra que se mezclaba por la espuma de su boca,
haciendo esos sonidos guturales capaces de asustar
por años a los amantes en los parques
enseguida
empecé a ahogarme
y tal vez alcancé a cerrar los ojos
o tal vez no.
VANESSA NÚÑEZ HANDAL
El
árbol de cacao
Anterior
a las historias, el mundo y el Dios
que habría de reinar sobre los montes y valles,
existía el cacao.
Con
el maíz formaron la carne de los hombres
y con el cacao hicieron su sangre.
También
los dioses bebieron sus mazorcas
tostadas y molidas
también de él se alimentaron
los reyes y guerreros.
Murciélagos
verdes aromatizados con miel silvestre,
jugo dulce y vainilla.
El
Xocolatl fue alimento, medicina,
moneda, joya en la tierra,
canal entre el cielo y el infierno
espuma de sangre
dios de sacrificios animales en abril
hermana mujer del maíz
regalo que los creadores dieron a los hombres
para aliviar su cansancio
y alimentarlos después
de la muerte.
