Poemas
de Juan Cristóbal
Para Carmen Lyra
I
Era
una hebra de luz aquel llanto que oí en el cuarto desvencijado.
Por
primera vez las telarañas y los ratones oyeron la canción más pura.
Las
vigas carcomidas por el tiempo y los tejados enmohecidos por la lluvia
temblaron de emoción maternal.
Fue
ahí en aquel cuarto desvencijado donde supe de la vibración suave: era el
llanto de Juan Cristóbal.
II
Era
un cogollito de amor.
Era
la miniatura inconsciente más perfecta.
Era
el niño-Dios criollo.
Era
de algodón moreno, carnita de canela entre pañales suaves de sol.
Era
así…
III
Dos
almendras entreabiertas parecen sus ojos cuando duermen, para ver el mundo en
mitad.
Parpadean, sonríen: es que está cerca de un colmenar.
IV
Hijo
de todos y de nadie.
Tú
viniste antes que mi carne floreciera, a encender en mi vida, el candil
maternal; a poner pucheros al verso sencillo; a fertilizar la selva musical; a
poetizar el sentido vital de las cosas.
V
Crecerás.
Poseerás lo que tú quieras, si tu cabecita la puedo llenar de verdades.
Pero
dime, terroncito de azúcar morena, ¿endulzarás entonces, el agua de mi vida?
VI
Eras
tan pequeñito, como el hoyito donde entran las hormigas a dormir. Ellas como
tú, atesoran migas de pan, en el huequito tibio del corazón.
Las
hormiguitas con pedacitos de hojitas frescas, forman ronda a la pileta del
clavel; tú, zompopito, te haces collar en torno a mi cuello.
VII
Acércate
a mi corazón, Juan Cristóbal: es una almohada que los ángeles hicieron para ti.
Ellos, durante el sueño, dicen cosas dulces a los niños.
Deja
que te estreche, acaso alcance yo un poco de esa miel angelical.
VIII
Este
era un fueguito cerca de la mar. El fueguito se llamaba amor, la mar se llamaba
vida. Pues la mar quería apagar al fueguito, ¿pero sabes, Juan Cristóbal, que
el fueguito ganó?
Sí,
ganó.
IX
Con
el dedito de tu corazón, has tiznado de dulzuras, esta página de mi vida.
Con
tus miradas de aceituna, el mundo se me torna una masita de amor
Con
tus labios de pitahaya has mordido una inquietud musical y todo el huerto
hogareño canta al ritmo de tu corazón.
X
Desde
que mi canción entra en tu oído, la tarde se llena de caracoles y estrellas. Y
es entonces cuando todo mi cuerpo se estruja de infinitos y madrigales. Y es
así que mis brazos evocan fortaleza y suavidad.
XI
El
viento está deletreando una frase nueva para ti, ¿la oyes, Juan Cristóbal?
Pasa
suavecito, como sordina enrollada en una nube, sobre las basuritas de tu sitio:
tu ronda.
Ven,
así conmigo, escucharemos letra por letra el deletreo del viento; tú y yo,
trataremos de interpretar este sencillo y nuevo alfabeto que ha sido creado
para ti.
XII
Se
está meciendo la luna, la luna se está durmiendo; todo lo blanco está cantando,
todo de azul se está vistiendo, y es porque Juan Cristóbal, al solo abrigo de
mis dos brazos, se ha quedado dormido, dormido.
XIII
Tus
ojos ya conocen el milagro de ver el cielo, tus manos ya acariciaron la arcilla
creadora, tu boca ya supo de la frescura del manantial, tus oídos ya oyeron la
música del viento, todo tu cuerpecito ya se tiñó con los colores del río.
Tus
sentidos van desarrollándose al ritmo de la naturaleza; ella es para ti, el
mejor juguete.
XIV
¡Jícaro,
Jícaro!
Tendido
en la siesta del sol sombreas de aromas las cantarinas rayas trazadas por Juan
Cristóbal; rayas que son la respuesta enredada en las madejas de luz.
¡Jícaro,
Jícaro!
Que
nunca tu sombra desabrigue los juegos y llantos de Juan Cristóbal.
XV
Con
piedrecitas de mar construyes el túnel por donde se pasea tu ilusión infantil,
así mismo, los caracoles ensayan el cromatismo por donde se paseará tu lección
musical.
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