martes, 4 de julio de 2023


 

MARÍA MOMBRÚ

 



Posición

 

No puedo.
Es imposible seguir siendo prudente.
No puedo.
La sangre se me agolpa en el corazón
y no puedo ser más
una muchacha que escribe versos
sobre la esencia y la existencia.
No puedo seguir amando mi sombra,
mi muerte,
mi vida, mi cara, mis brazos, mis sueños.
De pronto no puedo
porque sé que los otros no pueden
padecen, están rotos,
no puedo decir cómo es el verano
no puedo mirar a los pájaros con ternura
ni me importa el cielo
porque sé que los otros no pueden
están prisioneros, maltrechos, muertos.
De pronto no siento mi soledad
ni mi tristeza
porque sé que los otros están solos
doloridos y tristes.
No puedo gozar de mi amor
porque hay millones de seres
que agonizan de nostalgia por amor.
No puedo hablar con palabras misteriosas
tintineantes, poéticas,
es preciso hablar esclareciendo:
hay mentiras mundiales
hay hambre
hay dictadores
hay hombres explotados por otros hombres
hay sangre de hermanos derramada
hay chicos descalzos
hay, todavía, negros apaleados.
Debo acudir pronto, unir mis manos con las suyas
aunque mi alma quede en silencio.
Me ha sido encomendada una misión
que me regocija y debo acudir pronto
a socorrer, a odiar, a amar,
a morir si es preciso
para que mañana salga violento el sol para los otros,
para que los otros tengan derecho
a mirarse a sí mismos
a mirar el cielo
o el mar
o el juego de los pájaros.
No puedo dejar de sentir
la dulzura de mañana
hombres libres
hombres para el amor
hombres inmensamente jóvenes.

 

 

LUIS ANTONIO DE VILLENA

  


 

Don Juan Manuel viaja a Nishapur

 

El infante Juan Manuel venía, por línea directa, de dos casas reales: Castilla y Borgoña. Tenía múltiples títulos y señoríos y en sus vastos dominios llegó a acuñar moneda.

Como todo gran noble —siglo XIII o XIV— don Juan Manuel hacía guerras (como ajedrez) y se deleitaba en la alta cetrería y la sutil esgrima. Sus halcones y espadas fueron largamente celebrados y famosos.

Mas —singularmente— no desdeñó las letras, al contrario: Era sobrino de Alfonso X de Castilla, El Sabio. Conocía el latín, derecho, historia y teología. Y había leído las colecciones de cuentos de origen oriental, que moralizaban o divertían, a menudo: La “Disciplina clericalis” en el latín del converso Pedro Alfonso. O la colección árabe que mandó castellanizar un su tío, el “Sendebar”.

No era alto. Pero los ojos negros y muy agudos, como aceros. Y una barbita grisácea, docta y viril, que encanecía. En invierno, en sus castillos, entre pieles de osos y lobos, con grandes fuegos, escribía o dictaba. Leía…

En 1347, con 64 años muy corridos, don Juan Manuel quiso preparar un viaje a la ciudad persa y remota de Nishapur, al norte, famosa por sus turquesas y por las tumbas de notables poetas, Jayyam o Attar, el místico.

Creen los jóvenes —argumentó el Infante— que solo la juventud sueña y crea aventura. Es verdad y se equivocan. Pues es en la vejez, en estos oscuros callejones de senectud, cuando se da y emprende, con buena loriga, la gran, honda aventura. La más osada. La que nos redime.

Se hizo una gran caravana, con presentes y libros, que en Berbería (ya cruzado el mar) se agrandó de camellos. Se detuvieron en una Alejandría ruinosa, y fueron agasajados en el esplendor muslim de El Cairo. El Infante ondeaba los pendones de Castilla y se acompañaba de doctos e intérpretes fluidos.

Fueron hacia Bagdad, una de las ciudades más bellas y esplendorosas cabe los ríos del Creciente Fértil. Alguien —tomando zarzaparrilla— le dijo de noche a don Juan Manuel: ¿Sabe su excelencia lo que ocurrió en Nishapur, la hermosa? Los mongoles la destruyeron hace ya mucho, pero apenas ha renacido. Solo el azul mausoleo, junto al agua, de Farid al Din Attar, ha permanecido.

Entonces —replicó— él y ese solo color turquí es quien agora nos llama… Y la gran caravana siguió por los desiertos y oasis del Oriente Medio, y hubo fiebres y bajas, y se extraviaron mucho. Apenas terminaban, y con esfuerzo, en aldeas muy sucias. Una noche, don Juan Manuel supo que ya era el Año del Señor de 1348. Y supo —65 años— que nunca llegaría a Nishapur o que esa era su aventura y así ya habría llegado. Vio volar raras, oscuras aves de presa y oyó el rugido de leones gigantescos. Pensó en los halcones y las espadas perdidos. Se dijo: No hay más allá. Más allá es otro reino. Y nadie lo conoce. Y pidió vino y oyó el soplo de los vientos del desierto sobre su jaima y sus tapices…

Don Juan Manuel murió en algún lugar perdido al norte de Persia. No llegó a Nishapur. Pero creyó que el camino, la ruta al fin, lo cierto, era esa árida, polvosa y espantable ribera.

Su hija, doña Constanza Manuel de Villena, próxima reina de Portugal, recogió en Córdoba, con pompa muy grande, el cadáver de su notable padre, que venía cubierto de sedas y tafetanes y rodeado de libros en algarabía. Llevó el ilustre cadáver al su castillo de Peñafiel, brava roca, y allá le dio cristiana y notable sepultura.

¿Llegó a Nishapur? ¿Qué buscaba ese viaje? ¿Porqué anduvo, mayor ya, tan lejos? El conde Lucanor le dijo a su ayo Patronio: No, no. Nadie supo. Nadie, de verdad, podría saberlo.

 


PIERO BIGONGIARI

 

 

 

Coro

Estás más allá de la muerte
a la que aún confiamos tus frutos,
alma; yo, un recuerdo
aletargado de ti.

Ve, amanece;
por todo el universo
se agita un blancor de huesos,
tiene un grito humano.

Yo me arrebujo entre tus brazos
soñando, aún soñando.

 

Versión de Guillermo Fernández

 

 

BERNARDO CARBÓ

  

  

Voz

 

Estoy enamorado de tu novio. No te preocupes, a él no le interesa. Soy un mendigo que no rompe en llanto cuando le dicen “ahorita no”. Cada vez que lo abrazo, puedo ver cómo en mí se desdoblan helechos. Él lo sabe. Desde mi piel, a medio milímetro, sé que hay un universo al que no puedo acceder. Cuando lo abrazo, siento que es media noche, lo busco y solo veo hacia adentro. No he olvidado palabra alguna en español, solo que ya no hablo con vaqueros; prefiero escuchar a los caballos.

 

PABLO PICENO

 

 

 

EN TU CUMPLEAÑOS número once
te regalé un conejo con un listón atado al cuello
el conejo caminó en medio de nosotros
tú y yo dispersos entre los demás
los mismos que se habían burlado de nuestro afecto

y que asistieron a ese cumpleaños como amnistiados

tu madre nos llevó a ver rápidos y furiosos
y en las escenas de sexo
nos tapó los ojos de espanto

luego le volvió el cáncer
y con ese mismo listón del conejo
y tus enormes dientes frontales
te llevó consigo al país de tu padre

mucho tiempo después
un enemigo nuestro me contó que tu madre había muerto
que tú te quedaste a vivir con tu padre
y ya no volverías

ni la tarde en que nos desnudamos adentro del baño
ni tu hermano abriendo la puerta mientras nos tocábamos
ni el día en que te tropezaste conmigo
al pasar la estafeta en relevos de cien
(te sangró la rodilla y reímos tirados a media pista
uno encima del otro) ni esa noche en que a tientas en tu cuarto
oímos a tu madre queriendo convencer a la mía
de quedarme en tu casa sin éxito

tú, mi conejo adorable,
el listón atado al cuello que era méxico y sus castidades
tu padre echándote huérfano de tu casa por joto
el dolor terminal que te acabó alejando
dejándome solo con nuestro secreto
el infierno que habité indefenso muy lejos de ti

así descreí del amor
así nací muerto al deseo de vivir

veinte años pasados en vano
amando en orfandad

 

 

MARICELA GUERRERO

 

  

 

Amamantar

 

La agua: le ague: la leche: le leche: orígenes: vía láctea y desinencias que se traban ab origen de une lengue que habito y en desinencias exuberantes nutricias que brotan de mujer que canta boleros y mira las estrellas a lo lejos y discute increpa baila un destine camine más de caza de bisontes que de encogimiento de hombres hombros en castillos relucientes de señorita de su casa: su hogar es el mundo entero:

desinencias que se maman de pechas tetos biberonas en las aguas los brotes la azul el azul sustancias y alimenta en sistemas circulatorios nutricios canciones que la leche crían y alebrestan:

marcas de género tendencias vestigios que se pierden en el noche y en la día: cata canta aúlla la centinela de un ejército corrector y prescriptor a mi mu me mima la locura en la cabeza que se deschaveta.

como los muñecos en el pim, pam, pum.

 

De: “La huella posible”