martes, 4 de julio de 2023

LUIS ANTONIO DE VILLENA

  


 

Don Juan Manuel viaja a Nishapur

 

El infante Juan Manuel venía, por línea directa, de dos casas reales: Castilla y Borgoña. Tenía múltiples títulos y señoríos y en sus vastos dominios llegó a acuñar moneda.

Como todo gran noble —siglo XIII o XIV— don Juan Manuel hacía guerras (como ajedrez) y se deleitaba en la alta cetrería y la sutil esgrima. Sus halcones y espadas fueron largamente celebrados y famosos.

Mas —singularmente— no desdeñó las letras, al contrario: Era sobrino de Alfonso X de Castilla, El Sabio. Conocía el latín, derecho, historia y teología. Y había leído las colecciones de cuentos de origen oriental, que moralizaban o divertían, a menudo: La “Disciplina clericalis” en el latín del converso Pedro Alfonso. O la colección árabe que mandó castellanizar un su tío, el “Sendebar”.

No era alto. Pero los ojos negros y muy agudos, como aceros. Y una barbita grisácea, docta y viril, que encanecía. En invierno, en sus castillos, entre pieles de osos y lobos, con grandes fuegos, escribía o dictaba. Leía…

En 1347, con 64 años muy corridos, don Juan Manuel quiso preparar un viaje a la ciudad persa y remota de Nishapur, al norte, famosa por sus turquesas y por las tumbas de notables poetas, Jayyam o Attar, el místico.

Creen los jóvenes —argumentó el Infante— que solo la juventud sueña y crea aventura. Es verdad y se equivocan. Pues es en la vejez, en estos oscuros callejones de senectud, cuando se da y emprende, con buena loriga, la gran, honda aventura. La más osada. La que nos redime.

Se hizo una gran caravana, con presentes y libros, que en Berbería (ya cruzado el mar) se agrandó de camellos. Se detuvieron en una Alejandría ruinosa, y fueron agasajados en el esplendor muslim de El Cairo. El Infante ondeaba los pendones de Castilla y se acompañaba de doctos e intérpretes fluidos.

Fueron hacia Bagdad, una de las ciudades más bellas y esplendorosas cabe los ríos del Creciente Fértil. Alguien —tomando zarzaparrilla— le dijo de noche a don Juan Manuel: ¿Sabe su excelencia lo que ocurrió en Nishapur, la hermosa? Los mongoles la destruyeron hace ya mucho, pero apenas ha renacido. Solo el azul mausoleo, junto al agua, de Farid al Din Attar, ha permanecido.

Entonces —replicó— él y ese solo color turquí es quien agora nos llama… Y la gran caravana siguió por los desiertos y oasis del Oriente Medio, y hubo fiebres y bajas, y se extraviaron mucho. Apenas terminaban, y con esfuerzo, en aldeas muy sucias. Una noche, don Juan Manuel supo que ya era el Año del Señor de 1348. Y supo —65 años— que nunca llegaría a Nishapur o que esa era su aventura y así ya habría llegado. Vio volar raras, oscuras aves de presa y oyó el rugido de leones gigantescos. Pensó en los halcones y las espadas perdidos. Se dijo: No hay más allá. Más allá es otro reino. Y nadie lo conoce. Y pidió vino y oyó el soplo de los vientos del desierto sobre su jaima y sus tapices…

Don Juan Manuel murió en algún lugar perdido al norte de Persia. No llegó a Nishapur. Pero creyó que el camino, la ruta al fin, lo cierto, era esa árida, polvosa y espantable ribera.

Su hija, doña Constanza Manuel de Villena, próxima reina de Portugal, recogió en Córdoba, con pompa muy grande, el cadáver de su notable padre, que venía cubierto de sedas y tafetanes y rodeado de libros en algarabía. Llevó el ilustre cadáver al su castillo de Peñafiel, brava roca, y allá le dio cristiana y notable sepultura.

¿Llegó a Nishapur? ¿Qué buscaba ese viaje? ¿Porqué anduvo, mayor ya, tan lejos? El conde Lucanor le dijo a su ayo Patronio: No, no. Nadie supo. Nadie, de verdad, podría saberlo.

 


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