Don
Juan Manuel viaja a Nishapur
El
infante Juan Manuel venía, por línea directa, de dos casas reales: Castilla y
Borgoña. Tenía múltiples títulos y señoríos y en sus vastos dominios llegó a
acuñar moneda.
Como
todo gran noble —siglo XIII o XIV— don Juan Manuel hacía guerras (como ajedrez)
y se deleitaba en la alta cetrería y la sutil esgrima. Sus halcones y espadas
fueron largamente celebrados y famosos.
Mas
—singularmente— no desdeñó las letras, al contrario: Era sobrino de Alfonso X
de Castilla, El Sabio. Conocía el latín, derecho, historia y teología. Y había
leído las colecciones de cuentos de origen oriental, que moralizaban o
divertían, a menudo: La “Disciplina clericalis” en el latín del converso Pedro
Alfonso. O la colección árabe que mandó castellanizar un su tío, el “Sendebar”.
No
era alto. Pero los ojos negros y muy agudos, como aceros. Y una barbita
grisácea, docta y viril, que encanecía. En invierno, en sus castillos, entre
pieles de osos y lobos, con grandes fuegos, escribía o dictaba. Leía…
En
1347, con 64 años muy corridos, don Juan Manuel quiso preparar un viaje a la
ciudad persa y remota de Nishapur, al norte, famosa por sus turquesas y por las
tumbas de notables poetas, Jayyam o Attar, el místico.
Creen
los jóvenes —argumentó el Infante— que solo la juventud sueña y crea aventura.
Es verdad y se equivocan. Pues es en la vejez, en estos oscuros callejones de
senectud, cuando se da y emprende, con buena loriga, la gran, honda aventura.
La más osada. La que nos redime.
Se
hizo una gran caravana, con presentes y libros, que en Berbería (ya cruzado el
mar) se agrandó de camellos. Se detuvieron en una Alejandría ruinosa, y fueron
agasajados en el esplendor muslim de El Cairo. El Infante ondeaba los pendones
de Castilla y se acompañaba de doctos e intérpretes fluidos.
Fueron
hacia Bagdad, una de las ciudades más bellas y esplendorosas cabe los ríos del
Creciente Fértil. Alguien —tomando zarzaparrilla— le dijo de noche a don Juan
Manuel: ¿Sabe su excelencia lo que ocurrió en Nishapur, la hermosa? Los
mongoles la destruyeron hace ya mucho, pero apenas ha renacido. Solo el azul
mausoleo, junto al agua, de Farid al Din Attar, ha permanecido.
Entonces
—replicó— él y ese solo color turquí es quien agora nos llama… Y la gran
caravana siguió por los desiertos y oasis del Oriente Medio, y hubo fiebres y
bajas, y se extraviaron mucho. Apenas terminaban, y con esfuerzo, en aldeas muy
sucias. Una noche, don Juan Manuel supo que ya era el Año del Señor de 1348. Y
supo —65 años— que nunca llegaría a Nishapur o que esa era su aventura y así ya
habría llegado. Vio volar raras, oscuras aves de presa y oyó el rugido de
leones gigantescos. Pensó en los halcones y las espadas perdidos. Se dijo: No
hay más allá. Más allá es otro reino. Y nadie lo conoce. Y pidió vino y oyó el
soplo de los vientos del desierto sobre su jaima y sus tapices…
Don
Juan Manuel murió en algún lugar perdido al norte de Persia. No llegó a
Nishapur. Pero creyó que el camino, la ruta al fin, lo cierto, era esa árida,
polvosa y espantable ribera.
Su
hija, doña Constanza Manuel de Villena, próxima reina de Portugal, recogió en
Córdoba, con pompa muy grande, el cadáver de su notable padre, que venía
cubierto de sedas y tafetanes y rodeado de libros en algarabía. Llevó el
ilustre cadáver al su castillo de Peñafiel, brava roca, y allá le dio cristiana
y notable sepultura.
¿Llegó
a Nishapur? ¿Qué buscaba ese viaje? ¿Porqué anduvo, mayor ya, tan lejos? El
conde Lucanor le dijo a su ayo Patronio: No, no. Nadie supo. Nadie, de verdad,
podría saberlo.
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