miércoles, 24 de mayo de 2023


 

NATALIA FIGUEROA GALLARDO

 


 

Cinco mujeres a la orilla del río

 

Sofía se saca los zapatos
mete sus pies en el agua
―Está frío
entra vestida.

Lucy y Lucille se quitan toda la ropa
y entran al río de la mano.

Bel en bañador
se tira un piquero desde la roca.

Natalia espera a que nadie mire
y se desliza desnuda en el agua.

Las algas las acarician
el río las guía hacia el árbol
donde el martín pescador tiene el nido
―ojos en un pozo negro―
un resplandor anuncia a la luna
el búho blanco pasará chillando.

De pronto, una luz en el camino:
es Inês en su bicicleta
se quita la ropa
se quita el día difícil de su espalda
las palabras que le gritaron
sus propios oídos, sus ojos
entra al agua.

El búho blanco cruza la luna
las almejas negras avanzan
cientos de peces forman un círculo alrededor de ellas.
El río se queda inmóvil.

Sofía inicia el canto
la siguen Lucy y dos mirlos.

 

De: “El gran cuaderno del búho blanco”

 

 

OFELIA PÉREZ SEPÚLVEDA

 

 

 

Luminiscente

 

Blanca, arrebolada a veces,
la flor de la amapola se mece allá en el fondo.

Ni es rosa de los vientos
ni virgen dolorosa.

Es solo flor.

Es ningún crisantemo
en ninguna solapa
de ningún saco,
pero la veo,
y mi corazón en ella se traduce.

De más acá
donde se mecen las prendas
de mi amado cielo
donde exprimen mis manos
sus caricias
olorosas de quien no viene
porque allá la ciudad es peligrosa,
pero ya verás
qué grande es el arco donde tú y yo dormiremos
 victoriosos.

Y mientras, vidita santa,
a lavar la ropa
porque no hay quien pague la renta y la despensa.

Ahí está,
centelleante,
mi faro de tormentas.

 

De: “La piedra y el exilio”

 

 

ROBERTO LÓPEZ MORENO

  

 

 

Concierto para piano y orquesta de maría granillo

 

¿Cuáles —cuántas— fueron las sumas y las restas convocadas?
En aquella elipsis reconozco la semilla de los sueños.
Cuádrivas sonoras cimentan los cuerpos sollozales.
El Do va al Mi, el Mi va al Sol, el Sol al alma.
Y la orquesta. Y el pianista. Y el conjuro. Y entonces el fluir cromatizado.
En la batuta… 50 000 guarismos, años danzando
trigonometrizan los vericuetos del oído.
El sonido penetra en la carne. La carne se orgasmisa,
su sustancia lanza lazada lasciva,
se reunifica, multiplica, horada, embiste.
Luego del volumen… sutileza abstracta… ¡Ah, coartada!
Algo innombrable sagita de la butaca al metal, de la cuerda a la sangre.
Cuenten, porque esto está siendo en solo 13 líneas.
… en Tres Movimientos. (14).

 

 

LAURI GARCÍA DUEÑAS

 

 

 

Una vez

 

Una vez, fuimos a la playa El Revolcadero a eso de las cinco de la tarde.
No era la hora más adecuada para ir a esa playa, dijiste, dijo él,
llegamos y oscurecía.
Como un ave del mal agüero, encontramos a tu padre en el microbús,
cuando íbamos de camino.
Tengo una fotografía de tu espalda caminando
por el borde del río que daba al mar.
Yo ya estaba embarazada de nuestro primer hijo
y tú no habías, aún,
desdoblado la violencia que nos destruiría
pero ya hacías todo de mala gana
y de todo te quejabas.

Ayer soñé contigo,
en el sueño,
llegaba de la capital con nuestro primer hijo
y yo quería irme de nuestra casa lo más rápido posible,
pero me decías que me quedara.

En la realidad, nunca me dijiste que me quedara, solo la primera vez.
Caí en un pozo tremebundo del que todavía no me he repuesto.
La gente puede verme sonreír por fuera, pero estoy destruida por dentro.
Tú me destruiste. Yo me destruí por no salir a tiempo de tu perímetro.
Por no tener las herramientas para hacerlo.
Nada de culpa.

Podría haber sido ayer esa tarde que, redonda de ti, caminé tras tu torso.
Nos sentamos en la arena,
sonreíste.
Un vigilante nos dijo que era un área privada,
nos movimos más cerca del agua.
El mar era tan oscuro
como todas tus palabras,
el mar era tan grande como mi vientre
tan lleno de ti.

Ya no quiero pertenecerte
ni volver a pertenecerle a nadie
no quiero volver a caminar tras promesas efímeras,
pero hay muchas imágenes de ti que no se borran de mi cabeza que,
inútilmente,
intenta comprender
por qué elegimos la violencia.

 

De: “Más allá de la aureola marrón y núbil”

 

IVÁN SOTO CAMBA

 


 


TU época
ya estaba usada:
                 soplaba el viento
                 de ventiladores
                 con las aspas fijas
                 pupilas de plástico

                 hoy celebramos otra vez
                 a pesar de todo
                 cierto número de días
                 como cajas de regalo
                 puertas de cartón zafadas de sus goznes
                 de tanto abrir y cerrar
                 abrir y
                 feliz cumpleaños.

¿No sentías desde el principio
desgastado también el cuerpo?

Un suéter
que ya se habían puesto y agrandado
hermanos mayores.

 

De: “Todo para fiestas”

 

IRENE SELSER

 

 

 

Aceitunas negras

                                                 ¿No será por fin la muerte
                                            una cocina interminable?

                                                               Pablo Neruda
 

A la muerte es preferible cubrirla de halagos, inclinarse ante su tez color avellana como creía Pavese o de un negro rotundo según el heraldo Vallejo que, entre burros andinos y cálices funestos, doblegó a la gramática con una piedra en el abdomen.
 
El nieto de abuelas chimúes murió en plena primavera en su París de ayuno, lejos de la España de cadáveres tristes, utopía traicionada como suele ser su sino.
 
En su tumba en Montparnasse alguien rellena los jueves un frasco de aceitunas negras del Perú. Lo mejor para aderezar un filete de pollo con pimiento, espinacas y nueces pecanas como le gustaba al poeta.
 
De: “Don de la ausencia”