lunes, 13 de marzo de 2023


 

CAROLINA ALVARADO

 

 

El árbol

 

Tú, sentada frente a mí,
fosforesces átomos de estrellas.
―¿De dónde soy?― te pregunto,
miro tus trenzas acordonadas con retazos de tela.

―¿De dónde has de ser?
Del sueño, de una maleta,
del deseo por recorrer las costas,
de la urgencia por huir de la guerra.

―El nombre, abuela,
dime el nombre de esa tierra.

―Poco importa de dónde viene tu lengua,
mucho lo que dices con ella.

―¿De dónde eres?, me preguntan,
como quien quiere averiguar
cuánto deben dar por mí
o si valgo la pena.
¿Con qué color encatrino mi libertad?,
¿Qué pájaro canta en mi bandera?

― No es pared el árbol,
la montaña o el cráter, 
los muros se encuentran en las ideas.
Sé de las nubes, hija,
como hacen las aves que surcan el planeta,
sé de los cielos, de las montañas,
sé de la lava
que desconoce las fronteras.

―¿Qué respondo, abuela?
¿Qué pasaporte, qué visa,
dónde pongo mis pies
y digo ésta es mi tierra?

― Coge mis cenizas, hija,
esa es tu tierra.

 

De: “Mis muertos”

 

RANDALL ROQUE

 

  

Antropóloga en París

 

Describime, Victoria, cómo es Francia,
aparte de etnocéntrica y callada
con huesos fríos como las vigas
de una Torre cansada del turismo

Sos una antropóloga en París
y la antropología es el arte de lo ido.
El grafito que se sacude
con los golpes del atardecer.

Quisiera que volcaras
basureros sobre las aceras
y describieras
cómo es realmente la gente.

En la basura se oculta todo
lo que somos bajo un techo

-Victoria

La arena de las minas de cobre,
el coltán y litio de los celulares,
la ropa vieja que se cose
en maquilas en Asia Oriental,
los restos de la vida de mineros.

Y cuando viajamos,
a pesar de que estamos
en todas partes, y nuestro
oro y minerales se funde
en las monedas
con el símbolo de Francia,
no somos turismo
sino migrantes

También quiero viajar a París,
También quisiera verte,
como antropóloga sabrás tocarme
sin romper demás estos huesos,
escarbar la herida y comprender,
incluso explicarme con detalle,
tanto desaparecido, tanto exilio,
toda esa orfandad sin nombre.

Tenés esa mirada húmeda
de las antropólogas,
esas ruinas dentro
que siempre parecen
decir algo

 

 

MARIANA BERNÁRDEZ

 

 

 

Tan alta alegría de todo

mirar las jacarandas

los verdes en vuelo de colibrí
y lograr que el cuerpo nos abrace.

 

CHRISTIANE DIMITRIADES

 

 

 

Por alguna misteriosa razón hay aves que se arrojan
al agua en picada para morir. Este impulso hacia
la muerte es afín al de quienes juegan contra
sí mismos. Su obsesión no reside en el placer del
juego o en la ganancia que puedan obtener, sino
en su desesperada entrega al azar, en su fascinación
por las fichas que caen, una a una, sobre el tapete
verde de la mesa encubriendo una pérdida
ancestral.
  
 
De: “El cuarto jugador”

 

ALEYDA QUEVEDO ROJAS

 

  

Mi madre me regala

  

la maceta de arcilla que guarda
una ensimismada hortensia.
Tal vez broten de un rosado fuerte,
aunque quizá, también, podrían salir
de un azul cobalto puro.
No importa el color que domine a la hortensia,
su concentración te ayudará
a librarte del miedo,
en esta época oscura.
Me dice, sosegada mi madre.

  

De: “La otra la misma de dios”
 
 

JAVIER ACOSTA

 

 

Dios y la bestia y los cabellos

  

Dios ya la Bestia pelean por el mundo.
En el mundo estoy yo, pronunciado vocales,
enderezando mi espina dorsal,
bebiendo té de hierbabuena,
viendo qué hacer con mi peinado.
Dios y la Bestia siguen su combate.
Tú vives en el ombligo de la Luna.
Tú vives en la florería del viento.
Tú vives en el zoo de la almohada.
Tú reinas en la Luna, en los aguamaniles,
en el espejo de bolsillo. Tú pones
trapos húmedos en mis vocales,
cristales blancos en mis gafas,
y en el pelo tónico para el pelo.
Dios y la Bestia se arrancan los ojos y los huesos,
ignoran esta y otras cosas:
Cuánto pesan las cosas en la Luna,
El sabor de sus aguas. El requesón
que nunca tuvo. Cómo vives ahí,
cómo gobiernas a los locos
y a la sangre menstrual. Cuántos ladridos
habrás escuchado, cuántos países te reclaman.
Dios y la Bestia se mesen el cabello.
Tú recoges el mío.