Orgullo
El orgullo
despedido, por el cansancio
redimensiona, o bien captura
las miradas
y es postergado
discontinuado
el desencanto.
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
Orgullo
El orgullo
despedido, por el cansancio
redimensiona, o bien captura
las miradas
y es postergado
discontinuado
el desencanto.
Descender,
descender, descender
como
es costumbre:
descender
de
la fruta a la raíz, de
la
cabeza a los genitales,
descender
hasta el fondo de la tierra.
Y
dentro de la tierra hallar
una
habitación hinchada en rojo;
y
dentro del rojo, una bañera;
y
dentro de la bañera, un agua
en
la que late un palpitar de orígenes
(es
decir,
en
la que lucha inquieto un par de amantes:
gemelos
en el vientre de la muerte).
Fue
el Demonio quien me trajo aquí, declaro,
el
Demonio encubierto en nombre de ángel
—para
que no se traicione la costumbre—.
Y
fue el Demonio quien me dijo “el limo
que
te espera en el fondo de los ríos
es
la tierra más fértil de la tierra”.
Y
fue el Demonio quien me dijo “el lema
de
la alquimia
recomienda
visitar
el
interior de la tierra:
ahí,
si rectificas,
podrás
hallar la piedra oculta”.
Y
yo, que tengo un nombre
de
piedra puesta en la corriente helada
de
un río, piedra
descendida
hasta
el fondo del limo
y
con la piel labrada en siglos,
(yo:
Pedro: un hombre: piedra)
yo
quise descender por si encontraba
mi
reflejo en el reverso de las aguas.
Mas
sólo hallé cristal de roca,
espejo
en que me miro desde entonces.
Al
fin, el que desciende siempre vuelve
su
rostro con nostalgia para arriba,
a la
superficie que ha dejado.
Y,
luego, cuando vuelve a ella,
cuando
asciende
—porque
la vida es eso:
un
ir de arribabajo—
no
puede evitar que su mirada vuelva.
Tanto
el poder mirar en mí pudiera,
que
sólo por mirarte te perdiera;
pues
si perdiera la ocasión de verte,
perderte
fuera así, por no perderte.
Eurídice,
Orfeo,
amantes
descendidos:
somos
una
raza que le da la espalda a todo
—menos,
aunque suene a paradoja,
a
aquello que tenemos tras nosotros:
el
pasado. Ya lo saben:
el
pasado siempre puebla nuestros ojos—.
Y de
ese apenas ver y siempre atrás hacemos
jirones
negro sobre blanco, trazos
que
ni siquiera alcanzan a llenar el margen,
y
nunca alcanzan a decir lo que queremos.
Si
pudiéramos
decir
en realidad lo que queremos
el
lenguaje entero no sería más que una sílaba
sin
inflexiones,
suspendida en
la punta de la lengua:
un
gemido,
a
veces amatorio, a veces fúnebre
que
dijera, según la conveniencia,
“te
odio”, “quédate”
o
“te veré, mi amor, por la mañana”.
Y no
habría palabra piedra,
ni
la piedra sería metáfora de lo que sin remedio no tenemos,
porque
no importaría la pérdida.
Toda
carencia es lingüística, ¿sabes?
Hubiéramos
sido sólo
dos
cuerpos
abrazados
por el agua
y en
un silencio de orígenes:
un
par de amantes sin palabras,
sin
muerte, descendidos, para siempre
quietos.
De:
“Catábasis”
A
veces las palabras
no
son puentes
el
misterio y sus noches
nos
separan.
La
oscuridad nos devora
a
preguntas
creciendo
en yuyos
el
silencio envuelve al corazón
en
un pañuelo
cielo
sin estrellas.
a Kaira Vanessa Gámez
Clarea
mi voluntad en el cielo
con
las hojas de lechosa.
El
níspero de la frente
camina
sobre el leopardo rojo.
Mi
voluntad sobre los nidos del ritmo
se
transforma en libertad sobre los techos.
La
canción permuta en mi cabeza.
Traza
los sones del aire.
En
las cuerdas reposan mis dedos
anunciando
mi pensar.
Los
zamuros son el tiempo del tronco.
Las
plataformas de piedra son la voluntad.
En los labios de la
noche
Hay
algo ahí
en los labios de la noche
en
la estela de sus horas
en
lo profundo de su cráter
que me llama
Hay
algo que se acerca
en la larga espera,
una luz a la deriva
aparece
en la montaña
Hay
algo ahí que yo no veo
un poema
un soplido
una hebra de vida
una pestaña
He
unido mi carama
a
las ramas de los árboles
Ellos
han perdido las hojas
Yo
también
Mi copa
diminuta
y yerma
quedó
abierta a la confusión
de
los pájaros que anidan en mí
mientras
el árbol
inmenso
recibe
nuestros latidos
en
su búsqueda
de
un bosque total
De: “Árboles de hoja perenne”