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miércoles, 30 de mayo de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





El mal turiferario



He salido, a la postre, muy mal turiferario.
Culpa fue de mi casa que no tuvo costumbre
ni de quemar incienso, ni de avivar la lumbre,
ni de andar de rodillas más de lo necesario.

Por eso chasqueó el látigo sobre la espalda mía,
y perdí para siempre la quietud de mi Valle,
y salí sentenciado a pasar todo el día
azotando la calle…

Se me doró la jaula por dorarme el castigo.
Yo me abrazo al oprobio de mi jaula y me digo:
"¿Qué adelanto con eso...?"
Aunque tenga la cárcel el varillaje de oro,
¿no será verdad siempre que está el pájaro preso…?
Me hace falta mi Valle, mi silencio que adoro
y aquel mi desamparo que iba siempre conmigo…
Me hace falta todo eso.
¡Al cabo era mi amigo…!

Mas, no extraño esta pena.
Hallo hasta necesario
el cúmulo de enormes desastres que me pasa.
Jamás supe de lumbre, nunca usé el incensario
ni nadie, que yo sepa, lo acostumbró en mi casa

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

No salgo del asombro en que caí.
¡Oh estupendo
horadar de la gota que siempre está cayendo…!


jueves, 24 de mayo de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





Bienvenido sea (IV)



¿Eres Tú la Sunamitis, cuyo dulce imperio abarca
los eternos siglos?... ¿Eres
la escogida entre millares de mujeres?...
¿La que sueñan los poetas,
la que amó cada patriarca,
la que llaman los profetas
Primogénita, Deífica, Vellocino y Trono y Arca?...

¿Eres Tú la siempre Pura
que en el seno llevaras, siendo criatura,
al Rey sumo que en los cielos de los cielos no cabría?
¿Eres Tú María?...
Si tal eres,
¡oh escogida entre millares de mujeres!,
llega, Luz del Día.

Bienvenida sea
quien con tales timbres viene,
y en las sacras venas tiene
lo más limpio de la sangre de los reyes de Judea.
¡Bienvenida sea!...


viernes, 18 de mayo de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





Bienvenido sea (III)



Verán los siglos un drama...
un sangriento panorama
que a Dios mismo asombrará.

En la cima del Calvario
la hostia blanca de un lirio
de sangre se manchará...

Sobre un monte funerario
se consumará un martirio,
y una virgen llorará...

¡Oh, cuan triste panorama!...
¡Cuánta sangre tiene el drama
que ni el tiempo borrará!...

Pero duerme Tú, entretanto.
Tiempo sobra para el llanto.
Ya se llorará.



sábado, 12 de mayo de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





Bienvenido sea (II)



La tibia luz de la luna
la está besando en la sien.
No os acerquéis a su cuna,
idos yendo, leves auras, una a una;
dejadla que duerma bien.
Dejad que no más la luna
la esté besando en la sien.

Que no canten las palomas.
Que la cerquen con aromas
las manzanas y las pomas
de Salen.
Que se rieguen los sonidos
por el monte y por las lomas.
Que no canten las palomas,
que se estén en paz los nidos,
que la Amada duerma bien.


domingo, 6 de mayo de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





Bienvenido sea (I)



¿Eres Tú la Sunamitis pura y blanca
que soñaron los patriarcas y entrevieron los profetas?
Aunque atruene tierra y cielos el acorde que se arranca
de los astros y las plumas de los santos y poetas,
para darte el parabién,
no despiertes, Niña blanca;
duerme bien.

Las mujeres que tenidas son por fuertes;
los patriarcas, los profetas;
los que, ciegos de llorar, van extraviados;
los poetas...
todos juntos volverán, cuando despiertes,
para darte el parabién,
con las ansias de los justos y el amor de los collados.
Duerme bien.

Puede ser que estés cansada;
bien pudiera ser.
Fue tan larga la jornada...
¡Sobre todo para una mujer!...

Porque vienes de muy lejos. Sé que nada
antes del tiempo existía, y ya estaba tu beldad
graciosamente jugando ante Dios. Esa verdad
lo declara y dice todo: ¡Vienes de la eternidad!...



sábado, 28 de abril de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





Tú eres aún pequeño



I

Solfea, niño amigo, en tu Eslava, solfea;
y que el poeta sueñe, como en la dulce aldea,
cuando la peña canta y el tabachín florea.

Siento como el exúber florecer de la roca
cuando trémula viene hasta mi alma y toca
la inspiración temprana que fulgura en tu boca.

Solfea, artista impúber,
en tu Eslava, solfea.

Soñador del exúber
florecer de la aldea,
yo he de entornar los ojos por ver cómo la roca
bebe la sangre virgen que el tabachín gotea.


II

Tú y yo somos hermanos. Aunque esté encanecido
mi pelo con la nieve que el tiempo le ha traído
y tú seas un niño todavía pequeño,
ambos somos hermanos; el amor nos ha unido
con la dulce lazada del ritmo y del ensueño.

Y soy un pobrecito digno de que me quieras.
Soy un triste que ha mucho va por la vida solo.
Si a su casa, sin aire y sin calor, vinieras,
amasados sus muros y cimientos creyeras
con las eternas nieves y el olvido del polo.

Mas no pesa mi carga, antes vivo contento
con mi fardo de nieves y mi sobra de olvido.
Débil hoja que plugo para juguete al viento,
nunca he soñado tanto como cuando ha venido
el olvido a mi casa y ahí puso su asiento.

El Temaca ignorado tiene sus sabineras
de cuya espesa fronda fui a suspender mi hamaca;
y le canté a su Cristo, que el viandante venera,
y pusiéronse a hablarme la cumbre y la pradera
de aquel mundo de versos que me inspiró Temaca.

Y más antes —de ello hace ya muchos años—,
descendí a lo más hondo del lejano Bajío
donde guarda sus restos coloniales Bolaños,
y soñé los dialectos de sus hombres extraños,
y canté a las estrellas caídas en su río.

Y es así, de ese modo, sin poner para nada
el haz de mis austeras esperanzas en nadie,
y descendiendo siempre de bajada en bajada,
como he visto que suele reventar la alborada
y que en mi frente el beso de sus luces irradie.

Tú eres aún pequeño. Todavía no pruebas
el pesar de la vida. Tu sendero se alfombra
de luces juveniles y de esperanzas nuevas;
pero ya vendrá el tiempo para darte a que bebas
su dolor y a traerte su dávida de sombra.

Entretanto, solfea...
La peña está cantando y el tabachín florea.
No temas al adusto dolor; antes invoca
al dolor, y que él sea
el que ponga en tu alma y destile en tu boca
las estrofas que él sabe pensar. Mira la roca:
¡Son de sangre las flores que el tabachín gotea!



domingo, 22 de abril de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA






II

La gente buena



Lo querían los santos.
Su beatitud salvaje,
hasta mi propia puerta llegaba y me imponía
su arbitrario designio.
Y a toda costa había
que ir cerrando las puertas y emprender aquel viaje.
Sin hacer cuenta alguna de mi escaso menaje
separé cuanto suyo a mi guarda tenía:
sus papeles, sus llaves, su vivienda sombría,
sus escombros y todo.
Nada suyo me traje.
Y entregué una por una, cuanta cosa era ajena;
y una vez que ya hube todo aquello entregado,
me refugié en mi noche y abracé mi condena.
¡Si tendré o no justicia para verme tentado
a dudar de los hombres!...
Fue la gente más buena
la que me dio la espalda…
¡La que más ha rezado!


De: “El éxodo”



lunes, 16 de abril de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA






I

El mal aventurero



Se echó a cuestas su cátedra y, así cargado, vino
a decir a la turba de ilusos que era bueno
el oficio execrable de vivir de lo ajeno,
sin andar por los montes ni arriesgarse al camino.

Y le abrieron sus brazos los ilusos.
Concino
hallaron el discurso que fermentó el veneno
que la muerte traía.
Y al abrirle su seno,
se le tendió la mesa y agua se le previno.

El mal aventurero llegó a los pocos días
a ser como el pontífice de mi grey y el oráculo.
Y pervirtió a las almas, que dizque fueron pías.

Y siendo yo una rémora y una ley y un obstáculo,
a escoger se me puso una de tantas vías
sin coger ni mi alforja, ni mi luz, ni mi báculo.


De: “El éxodo”




martes, 10 de abril de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





III

El buen dulcero



Dejó Damián su almíbar, nada más preparado,
y así vino a decirme:
"Señor, el odio llega,
por lo visto a su colmo.
¿Sabéis quién os entrega?
Atanasio, el que labra vuestro propio sembrado.
Sin dilación quitemos el polvo del calzado
y salgámonos presto de aquí.
La turba ciega
no sabrá la partida, como que Dios le niega,
providente, el aviso y la luz.
A mi cuidado
siento que Dios os pone."
Y el piadoso dulcero
que su almíbar dejaba y en mi ayuda venía
en la noche tremenda que en vano olvidar quiero,
a lo último díjome:
"Señor, esta es la vía.
Andadla mientras arden las estrellas.
Yo espero
que os hallaréis muy lejos cuando reviente el día."


De: “El Éxodo”



miércoles, 4 de abril de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





El paso del dolor



I

La noche del dolor es grave y densa.
En dos filas formaos,
poetas, hijos de la noche inmensa,
y dejad de pensar.
¿En qué se piensa
cuando en el alma se desploma el caos?

Una noche infinita,
con su mortal gravitación de roca,
sobre la soledad se precipita.
En ella entremos.
A nosotros toca
saber lo que esa noche entraña y grita.

Por aquí va la entrada
de esa noche sin límites ni nada
a que os convido yo.
Venid conmigo.
Vuestra pisada huelle la pisada
que hollando va la del dolor que sigo.

Nadie penetrará más que nosotros
en esa noche imperturbable y quieta.
Tan difícil la entrada y tan secreta
puso a Dios a los otros,
como a la mano y fácil al poeta.

Ninguna flor de luz abre su broche.
Mas no habrá que temblar ante el derroche
de tanta sombra que dormita en calma.
Vosotros, como yo, tenéis el alma
grande, y triste también, como la noche.

En dos filas formaos,
poetas, seres que acaricia el caos,
y entremos ya.
Cuando el dolor sintiereis,
si teneros en pie no consiguiereis,
de rodillas estad. ¡Arrodillaos…!



jueves, 29 de marzo de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





El Cristo de Temaca



I

Hay en la peña de Temaca un Cristo.
Yo, que su rara perfección he visto,
jurar puedo
que lo pintó Dios mismo con su dedo.

En vano corre la impiedad maldita
y ante el portento la contienda entabla.
El Cristo aquel parece que medita
y parece que habla.

¡Oh…! ¡qué Cristo
éste que amándome en la peña he visto...!
Cuando se ve, sin ser un visionario,
¿por qué luego se piensa en el Calvario...?

Se le advierte la sangre que destila,
se le pueden contar todas las venas
y en la apagada luz de su pupila
se traduce lo enorme de sus penas.

En la espinada frente,
en el costado abierto
y en sus heridas todas, ¿quién no siente
que allí está un Dios agonizante o muerto

¡Oh, qué Cristo, Dios santo! Sus pupilas
miran con tal piedad y de tal modo,
que las horas más negras son tranquilas
y es mentira el dolor. Se puede todo.


II

Mira al norte la peña en que hemos visto
que la bendita imagen se destaca.
Si al norte de la peña está Temaca,
¿qué le mira a Temaca tanto el Cristo?

Sus ojos tienen la expresión sublime
de esa piedad tan dulce como inmensa
con que a los muertos bulle y los redime.
¿Qué tendrá en esos ojos? ¿En qué piensa?

Cuando el último rayo del crepúsculo
la roca apenas acaricia y dora,
retuerce el Cristo músculo por músculo
y parece que llora.

Para que así se turbe o se conmueva,
¿verá, acaso, algún crimen no llorado
con que Temaca lleva
tibia la fe y el corazón cansado?

¿O será el poco pan de sus cabañas
o el llanto y el dolor con que lo moja
lo que así le conturba las entrañas
y le sacude el alma de congoja…?

Quien sabe, yo no sé. Lo que sí he visto,
y hasta jurarle con mi sangre puedo,
es que Dios mismo, con su propio dedo,
pintó su amor por dibujar su Cristo.


III

¡Oh mi roca…!
la que me pone con la mente inquieta,
la que alumbró mis sueños de poeta,
la que, al tocar mi Cristo, el cielo toca!

Si tantas veces te canté de bruces,
premia mi fe de soñador, que has visto,
alumbrándome el alma con las luces
que salen de las llagas de tu Cristo.

Oh dulces ojos, ojos celestiales
que amor provocan y piedad respiran;
ojos que, muertos y sin luz, son tales
que hacen beber el cielo cuando miran.

Como desde la roca en que os he visto,
de esa suerte,
en la suprema angustia de la muerte
sobre el bardo alumbrad, Ojos de Cristo.


sábado, 17 de marzo de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





Las estrellas



Llaman islas de luz a las estrellas
y no sé la razón por qué las llaman.
Dicen que hay un beleño misterioso
en su tibio fulgor para las almas;
y hay quien diga que ellas, muchas veces,
sus pupilas encienden la esperanza.

¡Qué mentira tan triste…!
Yo jamás he pensado en contemplarlas.
Cuando buscan mis ojos las estrellas,
las estrellas se esconden o se apagan…

Dicen que sus fulgores, simulando
blanca lluvia de lágrimas,
tristemente descienden por las noches
y visitan las ruinas solitarias
de retoños silvestres
o de fúnebres musgos coronadas.

Tal vez lo hagan así. Suele el viandante
de tiempo en tiempo suspender la marcha,
y sentarse a leer en cada piedra
que el tiempo azota o la intemperie labra,
la memoria inextinta y dolorosa
de las cosas pasadas.

Tal vez lo hagan así; mas hace tanto
que inútilmente el corazón lo aguarda…

Muchas veces, de noche,
me he sentado a las puertas de mi casa;
y en mis largos insomnios,
y en mis continuas y mortales ansias,
¿qué han hallado en el cielo mis pupilas…?
Abismo, soledad, tinieblas… ¡nada…!
que aunque alumbran las ruinas, las estrellas,
no hay que esperar que alumbren para el alma.

Dicen que los poetas, esos seres
que adivinan lamentos y palabras,
sollozos, anatemas,
gritos, imprecaciones o amenazas,
las han visto llorar sobre las tumbas,
cuando el silencio de la noche avanza,
a envolver las gavetas y las cruces
en el triste vapor de sus miradas.

¿Para qué mentirán…? Si fuera cierto
que de las tumbas y el dolor se apiadan,
yo lo supiera bien. ¡Ay, cuántas veces,
huyendo del dolor que me acompaña,
me he sentado a las márgenes del río,
por sentir a mis pies quejarse el agua
y en la arena ensayar la última estrofa
que en rumores traducen las montañas…!

¿Para qué mentirán…? Huérfano y solo,
sin luz la frente: y sin calor el alma,
¿qué otra cosa es mi vida que una tumba
de mortales recuerdos coronada...?

Muchas veces, de noche,
me he sentado a las puertas de mi casa;
y en el ir y tornar de mis recuerdos,
y en mis continuas y mortales ansias,
se han hundido en el cielo mis pupilas,
mas no logra encenderse mi esperanza.
Cuando buscan mis ojos las estrellas,
las estrellas se esconden o se apagan.



domingo, 11 de marzo de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





Abre bien las compuertas



El hilillo de agua, rompedizo y ligero
abre la entraña obscura
de la peña, de suyo, tan tenaz y tan dura,
y da en la peña misma con algún lloradero.

Señor: entra en mi alma y alza Tú las compuertas
que imposible es que dejen que fluya mi amargura.
Quiero que estén abiertas
las compuertas
de mi alma de roca, tan rebelde y tan dura.

Soy Tomás; necesito registrar tu costado.
Soy Simón Pedro, y debo desbaratarme en lloro.
Dimas soy, y es mi ansia morir crucificado.
Soy Zaqueo, que anda todo desazonado,
viendo, por si pasares, dónde habrá un sicómoro.

"Tocad, que si tocareis, se os abrirá", dijiste.
Por eso llego y toco
y tus misericordias seculares invoco.
Señor: cúmpleme ahora lo que me prometiste.

Alza bien las compuertas, Señor; lo necesito.
Deben estar abiertas
las compuertas del llanto que purgará el delito.
Abre bien las compuertas.

El hilillo de agua, rompedizo y ligero,
¿cuándo no dio en la peña con algún lloradero...?


lunes, 5 de marzo de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA





Mis tristezas



Mi dolor es un mar; en él se pierden
el fúnebre cortejo, mis tristezas,
silentes, majestuosas y sombrías,
como góndolas negras.

Allí buscando la tranquila playa
naufragaron mis tímidas quimeras,
y como pobres pájaros heridos
mis sueños aletean.

Y el hastío, el pesar y el desengaño
surgen siniestros de sus brumas densas
y sus olas se encrespan y se agitan,

cuando pasan mis fúnebres tristezas
silentes, majestuosas y sombrías,
como góndolas negras.


lunes, 26 de febrero de 2018

ALFREDO R. PLASCENCIA





El libro de dios



Aquí sí que no puedo
nada, si no es temblándome la mano.
Tu nombre es inefable y soberano;
tu nombre causa devoción y miedo,
y, no puedo, no puedo.
¿Cómo voy a poder…? Soy un gusano.

Déjame antes llorar, eso es muy mío.
Deja que piense en Ti y en Ti me abrase.
Aguarda a que me pase
esta ola de frío
y luego escribiré, si es que ya puedo,
tu libro este, que me causa miedo.

Mientras anda la noche y todo duerme,
me sentaré a raíz, sobre la tierra,
dando tiempo a tu amor de que me enferme.
Así voy a ponerme,
y el dique romperé, que el llanto encierra,
y, en seguida vendré a desmorecerme.

Los misterios del llanto son los mismos
que los solemnes del Amor. El llanto
sabe salvar o ciega los abismos,
tal como aquél, y sana y melifica.
El Amor puede tanto,
que a un tiempo lava y cura y deifica.

Así lo voy a hacer, por ver si puedo
con este Libro que me causa miedo.
Me sentaré a raíz, sobre la tierra,
mientras la vida calla y la luz duerme,
y el dique romperé, que el llanto encierra.
Voy a desmorecerme
y a sentarme en la tierra.
Tan sólo aguardo que tu amor me enferme.




martes, 20 de febrero de 2018

ALFREDO R. PLASCENCIA





A ver qué queda



Ponte a buscar los muros,
a ver qué queda.
Un terrón, cuando menos,
deberá haber quedado sobre la tierra.

Besa el terrón hallado.
Tu boca besa,
cuando el terrón besares,
las pisadas paternas,
todas ellas piadosas
y todas buenas.

Carga con tu desierto,
grita a la parentela.
Ponte a buscar los muros...
A ver qué queda.

Ve a buscar en seguida
la vieja puerta.
Alguna astilla leve
quedará, cuando menos, sobre la tierra.
Besa también la astilla.
Esa astilla te cuenta
cómo entraba a menudo,
como una abeja,
con sustento cargado, tu muerto padre
por esa puerta.
Ponte a buscarla, búscala,
a ver qué queda.

Busca el granado viejo,
de ramas como muertas,
que así, viejo y cansado,
daba las flores vírgenes y nuevas.
Y no te olvides de buscar el tronco,
a ver si queda,
del naranjo que, un día,
el buen viejo plantó junto a la puerta.

Fácil es que de aquello nada quede;
pero tú siempre búscalo, poeta,
y acarícialo y bésalo.
Quién sabe
si algo viva y lo encuentres.
Dios lo quiera.



miércoles, 14 de febrero de 2018

ALFREDO R. PLASCENCIA





Por lo que quiero irme

Para Lupe,
con mi vieja admiración de bardo.



Me he aferrado al gran sueño de morirme
por lo que Dios ha visto que me pasa.

Desde el cuatro de enero no es mi casa
esta en que estoy.
Por eso quiero irme.

Desde cuando despierto hasta el dormirme,
afónico dolor viene y me abrasa
sin que logre mi fe, débil y escasa,
de sus brazos combustos desasirme.

Mi alma es un alma en pena.
¿Qué paz tiene
desde la noche aquella maldecida
que nada ha hallado en mí que no envenene?...
Así es que si la muerte me convida,
bien hará en no tardar.
Más me conviene
la casa nueva que la casa ida.




jueves, 8 de febrero de 2018

ALFREDO R. PLASCENCIA





Ciego Dios



Así te ves mejor, crucificado.
Bien quisieras herir, pero no puedes.
Quien acertó a ponerte en ese estado
no hizo cosa mejor. Que así te quedes.

Dices que quien tal hizo estaba ciego.
No lo digas; eso es un desatino.
¿Cómo es que dio con el camino luego,
si los ciegos no dan con el camino…?

Convén mejor en que ni ciego era,
ni fue la causa de tu afrenta suya.
¡Qué maldad, ni qué error, ni qué ceguera…!
Tu amor lo quiso y la ceguera es tuya.

¡Cuánto tiempo hace ya, Ciego adorado,
que me llamas, y corro y nunca llego…!
Si es tan sólo el amor quien te ha cegado,
ciégueme a mi también, quiero estar ciego.


viernes, 2 de febrero de 2018

ALFREDO R. PLACENCIA




Lucha divina



¿Tú sostienes el orbe con un dedo…?
Eso, a decir verdad, no es maravilla.
Puedo yo más que Tú. Yo soy de arcilla
y, ya lo has visto en el altar: ¡Te puedo!
¿Piensas poder más Tú…? Te desafío;
y si es así que tu potencia es mucha,
lucha conmigo, vénceme en la lucha
y a Ti no más te ame, Jesús mío.


sábado, 29 de abril de 2017

ALFREDO R. PLACENCIA




Las estrellas



Llaman islas de luz a las estrellas
y no sé la razón por qué las llaman.
Dicen que hay un beleño misterioso
en su tibio fulgor para las almas;
y hay quien diga que ellas, muchas veces,
sus pupilas encienden la esperanza.

¡Qué mentira tan triste…!
Yo jamás he pensado en contemplarlas.
Cuando buscan mis ojos las estrellas,
las estrellas se esconden o se apagan…

Dicen que sus fulgores, simulando
blanca lluvia de lágrimas,
tristemente descienden por las noches
y visitan las ruinas solitarias
de retoños silvestres
o de fúnebres musgos coronadas.

Tal vez lo hagan así. Suele el viandante
de tiempo en tiempo suspender la marcha,
y sentarse a leer en cada piedra
que el tiempo azota o la intemperie labra,
la memoria inextinta y dolorosa
de las cosas pasadas.

Tal vez lo hagan así; mas hace tanto
que inútilmente el corazón lo aguarda…

Muchas veces, de noche,
me he sentado a las puertas de mi casa;
y en mis largos insomnios,
y en mis continuas y mortales ansias,
¿qué han hallado en el cielo mis pupilas…?
Abismo, soledad, tinieblas… ¡nada…!
que aunque alumbran las ruinas, las estrellas,
no hay que esperar que alumbren para el alma.

Dicen que los poetas, esos seres
que adivinan lamentos y palabras,
sollozos, anatemas,
gritos, imprecaciones o amenazas,
las han visto llorar sobre las tumbas,
cuando el silencio de la noche avanza,
a envolver las gavetas y las cruces
en el triste vapor de sus miradas.

¿Para qué mentirán…? Si fuera cierto
que de las tumbas y el dolor se apiadan,
yo lo supiera bien. ¡Ay, cuántas veces,
huyendo del dolor que me acompaña,
me he sentado a las márgenes del río,
por sentir a mis pies quejarse el agua
y en la arena ensayar la última estrofa
que en rumores traducen las montañas…!

¿Para qué mentirán…? Huérfano y solo,
sin luz la frente: y sin calor el alma,
¿qué otra cosa es mi vida que una tumba
de mortales recuerdos coronada...?

Muchas veces, de noche,
me he sentado a las puertas de mi casa;
y en el ir y tornar de mis recuerdos,
y en mis continuas y mortales ansias,
se han hundido en el cielo mis pupilas,
mas no logra encenderse mi esperanza.
Cuando buscan mis ojos las estrellas,
las estrellas se esconden o se apagan.