jueves, 2 de abril de 2015

MIGUEL OTERO SILVA


 

Tres variaciones alrededor de la muerte

                                                     Nuestras vidas son los ríos
                                                          que van a dar a la mar,
                                                                   que es el morir.
                                                            Jorge Manrique

 

1

¡No! No es posible vivir cual los ríos
cantando entre laderas y lirios
o entre agudos peñascos y ramajes tronchados,
sin presentir el mar que los espera,
el infinito verde y encrespado
en cuyo corazón de sal los ríos se transforman en peces.

No es posible flamear como el fuego,
iluminando rostros de danzantes risueños
o tiñendo vetas de angustias en las caras dolorosas,
sin presentir la brisa que matará su luz
o el agua que tomará sus rosas en ceniza.
En mitad de la vida cantamos a la muerte
que es el mar de los ríos y el agua de las llamas.
 

2

Símbolos de la muerte no sueñan ser el hueso,
ni las cuencas vacías, ni la mortaja fláccida.
Los huesos son apenas el portal de la muerte.

Cuando los huesos dejan de ser huesos
y entre su blancor rígido hay un temblor de gérmenes,
es que nace la poesía de la muerte,
es que despunta el símbolo creador de la muerte.

La muerte que yo canto no es cruz de cementerio,
ni ilusión metafísica de las mentes cobardes,
ni lóbrego infinito de profundos filósofos.

La muerte que yo canto es una sombra constructora
de blancas mariposas que crucen los caminos del viento,
de tallos que entremezclan la pulpa maternal de la tierra,
de claros manantiales que sacudan las entrañas del mundo.
 

3

Un niño es la crisálida de un amor y de un llanto,
es la estrofa primera de un poema,
es la cuesta inicial de una montaña.
Y la muerte de un niño es tan absurda
cual la de una mañana que se volviera sombras.

Si ayer se desgarraron las carnes de la madre,
si un rumor de blancura le despertó los senos,
esa sangre, esa leche, ese dolor, han sido
la raíz de los pasos de un hombre.

Sólo el leñador loco corta un árbol
cuando el tronco es apenas tierno cogollo inútil.
Sólo loca la muerte ha de matar un niño,
apagar un amor que no ha nacido
y secar unas lágrimas que no han corrido nunca.
Mientras los niños mueran
yo no logro entender la misión de la muerte.

 

 

 

ANA MERINO



 

Nagasaki en cada aniversario


 

I

Abandonas tu sombra en el camino
y te empuja la niebla a regar el otoño
con lluvia de cenizas.

Quizá te reconozca la añoranza de otros
que esperan que tus pasos delaten y murmuren
el nombre de la nube
que arrancó los cimientos de tu casa.

No sabrás si tus hijos
te llamaron a gritos con la boca quemada.

Si quedaron pupitres
con niños olvidados
o la tierra abrazó todas las almas.
 

II

EL último secreto que guarda la memoria
me ha dejado muda.

En esta tormenta que huele a pasado
se parten las ramas de todos los árboles
y un largo paseo me invita a ser alguien
que no reconozco.

Le han traído al tiempo la voz de otro idioma
y lleva las uñas pintadas de negro
como los fantasmas que no se acostumbran
a ser epitafio.

No quiero oír mañana que mi vida
espera un destino detrás de los sueños,
que no puedo ahogarme en este presente
que nubla la tarde
y entierra en su lienzo
a todas las sombras.
 

De "Preparativos para un viaje"

 

 

RICARDO PEÑA


 

Albor de cielo y mar....

 

Albor de cielo y mar.

En la campiña
el mar -lebrel de espuma-
se enroscaba en mi pecho
salpicando de angustia
mis cabellos.
Las algas transparentes
bajo el agua arrastraban
sus músicas vivientes.
Oh, campo azul lunar

Mis sueños, qué delirio!
Velados por la niebla estelar?

Oh, míos, míos míos.

 

 

 

CARLOS MURCIANO


 

En la casa

 

Iba abriendo las últimas estancias.
Nada turbaba el polvo gris del suelo.
Triste la luz, sobre los altos muros,
acuchillaba el tiempo.

Nadie pisaba. Nadie turbia. (¿Nadie
pisaba las orillas del silencio?)
En el cristal, sangrando, rebotaba
un pájaro de hielo.

Iba desempolvando los rincones.
«Ahora es verdad. Ahora. Esto fue un beso
dulce, aquello una palabra... ¡Oh, Dios!,
¿y esto? »

Se tocaba las manos. No sabía.
Acariciaba, roto, un pedazo de sueño.
¿Qué es...? ¿Qué es...? Temblaba. Torpe, había
olvidado el recuerdo.

«Aquí hubo alguien. Yo lo sé. Aquí
vivía alguien. ¿Quién, ¡oh Dios! , quién...?» Luego
lloró sobre las losas. ..Se buscaba
él mismo sin saberlo.


 

LUIS IZQUIERDO


 

Cae una lluvia mansa, voz furtiva...

 

Cae una lluvia mansa, voz furtiva
que imprime surcos lentos en la noche.
Y va a su ritmo desgranando notas
de malo y de buen humor
en una página de Laye (un viejo número
picado de amarillos invasores).
Y escribe sosegado, sonreído,
recuperado bajo la cortina.
No es éste el tiempo disyuntivo
sino la sucesión tan sólo en los rumores,
el recuerdo
de Marx y de Mounier y de Bernanos
refractando una prosa en la neblina
del ayer en su incógnita revuelto.
Escribe solo, está solo. No imagina
que si en la selva oscura las palabras...

Mas por de pronto, ajeno a todo cálculo,
divaga acerca de lo más lejano
y al abrigo
de los que guían protectoramente.
Hablarles nada más intentaría
del reposo sin plazo, de la pausa,
de la rueda antilógica del ocio
que esta noche con lluvia sedimenta:
memorias frescas y humedad reciente,
frentes de niño contra los cristales,
polvo barrido por el agua a dios,
pisadas presurosas hasta un porche,
paraguas que se pliegan.
                                                    Buenas noches.

 

De "El ausente" 1979


 

 

GILBERTO OWEN


  

Elogio

  

Las palabras más ricas,
menguante aurirrosado de la luna,
se me van por el lago, verticales,
en una temblorosa exaltación,
a colgarse de ti.

Que los poetas -que todo lo sueñan-
y los amantes -que lo tienen todo-
son aquí tus mendigos humillados.