5
Niña
toda de agua
toma
la forma de mis manos
y se
me escurre por entre los dedos
y la
canción blanquea en ella
como
espuma.
De: “Cancioncillas”
"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
5
Niña
toda de agua
toma
la forma de mis manos
y se
me escurre por entre los dedos
y la
canción blanquea en ella
como
espuma.
De: “Cancioncillas”
6
Hoy
salí a vender silencio—
Silencio
por la ciudad.
Vendía
el silencio a gritos.
Nadie
me quiso comprar.
De. “Cancioncillas”
7
El
solitario se mira
a sí
solo, sin pausa alguna.
Así
solo lo vi viéndose
en
un espejo sin luna.
De: “Cancioncillas”
3
Y el
fuego es un baile a solas
que
nunca encuentra pareja—
no
le duran las que toma
por
eso siempre las deja.
2
Un
canto de soledad
que
dialoga con la piedra
es
lo que el agua me da.
De: “Cancioncillas”
Conversación
con un retrato
En
el diámetro variable de los meses
los días son los mismos silencios
las noches son los mismos ojos
los mismos ojos que te miran
contenida en el ataúd transparente de tu imagen de joven.
Ahora no puedes ya decirme:
—Estás enamorado de un retrato
al que dejé de parecerme
viviendo.
Estás enamorado de un retrato
y no fue ése nuestro trato.
Recuerdo las comidas, ilusiones cortas en los trenes largos
y los cuartos de hotel con camas siempre,
para tu retrato y para mí, gemelas y nupciales.
¿Para qué fui al Sur musical
donde los negros son los negativos olvidados de los blancos
si no había de encontrarte allí?
Si no había de encontrarte
sino en la torturante presencia de tu ausencia,
sino como se encuentra el Norte —tu Maine— al otro extremo.
Ahora que las últimas tardes de aire luminoso
atestiguan en New Haven,
la muerte perfumada de las wisterias y las lilas,
la momificación de las camelias,
ahora que tú misma no eres ya
más que tu nombre y tu retrato
tiempo en el tiempo
ahora que tú misma eres menos real
que los fantasmas que caen del hombre en el otoño de oro
menos real que yo muerto en tu vientre
menos real que yo que mis palabras
tus ojos me siguen a izquierda y a derecha desde tu retrato.
¿Y qué dirás cuando los entreabras
y adviertas que has dejado prendida la memoria
como una lámpara?
¿Y qué dirás de la fidelidad de tu retrato
en mi vida sin norma?
Futilidad de las palabras
futilidad del silencio
pureza del objeto.
Este retrato tuyo que me mira
y que quisiera devolverme a la vida,
hablarme.
Esta tortura fiel, puntual de tu mirada
que lo penetra todo y que no mira nada.
La angustia infantil apretada
en tu garganta de niña enfermiza
y la luz sobre tus cabellos.
Siento que me devoras y que me amas
ahora que no eres ya sino tu retrato
y el silencio sombra de mis palabras.
Si
quiero por las estrellas
saber, tiempo, dónde estás,
miro que con ellas vas
pero no vuelves con ellas.
¿Adónde imprimes tus huellas
que con tu curso no doy?
Mas ¡ay! que engañado estoy,
que giras, corres y ruedas:
tú eres tiempo, el que te quedas,
y yo soy el que me voy.
Sangre,
corres por mis venas,
y piel, en la mía pones
misteriosas sensaciones,
y voz, en mi voz resuenas.
El hueco de que me llenas,
el vértigo a que me lanzas,
los miedos, las esperanzas
en que eres yo sin ser mía,
con la angustia y la alegría
en que yo muero y tú danzas.
¿Cómo
eslabonas, vida, con la muerte?
¿Cómo decides el final destino
del que siguió tu acerbo desatino,
del niño que te cortejó sin suerte?
¿Qué
le das cuando todo ya le advierte
que ha llegado a un crucero del camino,
que no puede ir atrás, que ningún vino
le valdrá la ganancia de perderte?
Vida,
muerte, ¿qué importa? Las gemelas
se incrustan en la carne igual que puntas
lanzadas por un arco, paralelas.
Si
vives lo que mueres, ¿qué te apuntas?
Si mueres lo que vives, ¿por qué celas?
Marchan ciegas las dos, sordas y juntas.
Pausa
Ahora
conozco el mecanismo de ser hombre
y sé
como pararlo…
Conozco
todo el movimiento
o lo
que así llaman los hombres—
Pero
no hay movimiento.
Aquí
nada se mueve: ni el tiempo ni los cuerpos—
Aquí
todas las formas se mantienen inmóviles.
En esta
roca muerta el viento mismo
en un
truco que parece moverse
porque
se ha transfigurado
en una
larga vaga y transparente estatua de sí mismo.
Aquí
todo está inmóvil
entre
siglos de piedra y amores vegetantes
y
sexos de mentidos motores.
Y el
hombre cree moverse y removerse
clavado
en una tierra que ha perdido
todo
recuerdo ya de movimiento
todo
espectro de ritmo—
El mundo
es una pausa miserable, angustiada—
Cada
día digo menos
cada
día hago menos
cada
día espero menos.
El
mundo es una pausa miserable
y sin
embargo se mueve angustiada
E
pur si muove
Una
Pausa…
Canción
de la Bugambilia
Del
corazón sobre el muro tu planta mortal se enreda. es mi sangre y de tu seda
es
tu flor — cáliz que apuro.
Planta
de la bugambilia que me cubres y me matas:
¿por
qué con lianas me atas si al fin tu amor no me auxilia?
¿Para
qué quieres crecer sobre mi amor que te espera, si solamente por fuera
de
él has de florecer?
Hoy,
insensible al amor, sólo buscas ser amada
y en
todos dejas grabada la herida de tu color.
En
un corazón amado un día querrás entrar para en él tus flores dar,
mas
lo encontrarás cerrado.
Lo
oprimirás en tus ramas para hallar tu salvación,
y en
tu desesperación
has
de matar lo que amas.
Nada
más me reconcilia tu belleza con mi suerte:
eres
mi adorno y mi muerte,
planta
de la bugambilia.
La
niña de los cabellos blancos
A María Asúnsolo
Su olorosa actitud de gato
En
momentos desaparece:
Se
hace pequeña y enmudece
Y se
diluye en su retrato.
Las
niñas bonitas que atan
con
moños blancos sus cabellos
juegan
a las canas con ellos
y
los pintores la retratan.
Así
se vuelven tiempo y arte,
y
algunas tardes del verano
se
charla con ellas en vano:
son
su imagen y están aparte.
Así,
huyendo a menudo el trato
humano,
el amor, el presente,
María
vuela de repente
Y se
refugia en su retrato.
Sale
de él por las mañanas
Para
negocios de importancia,
Mas
siempre prolonga su infancia
Atándose
un listón de canas.
Sobre
la palma de mi mano
Caben
su vida y su destino:
Es
la niña y es el felino
Y
llora un hijo, astro lejano.
Cuando
en la mujer se transforma
su
cuerpo es lánguido e inquieto;
quizá
la aman en secreto
los
muebles que guardan su forma.
Y
cuando la nostalgia sube
A
sus ojos como marea,
Es
Venus, quizá Galatea
Coronada
por una nube.
Son
su misterio y su dilema
Esta
felina languidez
Y el
retrato de su niñez,
Y no
existe perla o diadema
ni
brillantes que más la alhajen
ni
le den más finos destellos
que
el blanco hoy de sus cabellos,
pintado
listón de su imagen.
Su
cuerpo de línea etrusca
es
elástico y ondulante,
tiene
la gracia electrizante
y
sabe lo que el hombre busca.
En
esta postura indolente,
cuando
el deseo la circuye,
su
vida no saciada afluye
y
quema paulatinamente.
Mezcla
el álcali con la miel
y
reanima a los paralíticos,
pero
tiene amigos políticos
y
lee a Marañón y Amiel.
María
quisiera cambiar
el
destino que la limita:
ser
Valentina o Adelita
y
viajar en tren militar.
Pero
aunque cautiva el olfato
y
aunque su cabeza fascina
por
voluptuosa y florentina,
yo
la prefiero en su retrato,
cuando
guarda silencio y vuela
del
mundo en que acecha y razona
y a
la ternura se abandona
y ya
no calcula o recela;
cuando
desdeña al fin los blancos
masculinos,
el interés,
la
política, y sólo es
la
Niña de Cabellos Blancos.
Testamento
En
la agónica gota de un reloj cuya máquina
he descubierto en vano, voy captando la huella
del tiempo en esta trampa de lodo y de ceniza
que soy. Yo mismo ahora ya no recogería
los restos de mí mismo que han dejado el silencio
la espera, las mujeres y la angélica
curiosidad de mí mismo hasta el crimen mismo.
No me atrevo a poner ya las manos sobre mí
ni aún en la sombra por lo que el tacto me revelaría
de llagado y de oscuro en mi materia.
No me atrevo en la noche a preguntarme nada
por no hallar en mi oído la respuesta del eco,
de la repetición de otro reloj.
Y no resistiría verme al espejo por miedo
a mi piedad estéril y terrible
que caería sobre mí mismo.
Sólo las huellas de estas gotas del tiempo en mi ceniza,
la mecánica sangre sistemática,
mis vellos que se erizan en esta tormenta
de la soledad desencadenada como una seca lluvia.
Sólo la indiferencia
de un Dios que no me castiga todavía
y que me envuelve en una ahumada pausa
de niebla. Sólo el desprecio de olvidarme
como un objeto desarticulado
en una amarga música
en un silencioso vino
en una luz opaca.
No me quedaba ya más que un silencio
en que tenderme, en que soñar. Y ya lo he roto.
Y las palabras, todas las palabras
con que lo perforé de extremo a extremo
han partido de mí y no podría repetirlas siquiera
aún huecas, aún metálicas, aún muertas.
Y no me queda ya del tiempo
más que esta gota agónica y eterna
que cae sobre mí de todos los relojes,
que parecen maquinarias de cera.
Y perdido el silencio, y la palabra,
hago este testamento
para dejar al viento lo que queda de mí,
testigo mudo y lejano de mí mismo,
sombra de soledad, sombra de espera.