"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
miércoles, 13 de diciembre de 2023
EMI G. CANCHOLA
Me llamo rosa
La
maestra pasa lista. Dice un nombre
y nadie alza la mano. Se levanta de su escritorio
y clava sus ojos de tigre en mí.
Maestra:
¿Qué no te llamas Orlando?
Yo:
No.
Maestra:
¿Cuál es tu nombre, jovencito?
Y
yo, con las mejillas de manzana,
grito con toda la fuerza de mis pulmones.
Yo:
¡Soy una niña!
Y
la maestra, con su voz de ecuaciones de primer grado,
me devuelve el grito.
Maestra:
¡Pase al frente!
Y
paso al frente.
Maestra:
Cúbrase los pezones, el
sexo
y escuche a sus
compañeros.
Déjese vestir.
Todos:
Falda, trenzas y un moño rosa.
Falda, trenzas y un moño, rosa.
Coro
de niños: Cierra la boca,
ábrela
para que entre mi lengua.
Coro
de niñas: Píntate las uñas y usa labial.
Te hace falta un novio.
Maestra:
El tiempo agrandará tu panza.
Tendrás hijos y un esposo
ebrio,
lágrimas y rosarios.
Coro
de niños: Vamos al
cine
para no ver la película.
Coro
de niñas: Uno a la
vez,
no seas
puta.
No seas puta, no seas puta.
Todos:
Falda, trenzas y un moño rosa.
Falda, trenzas y un moño, rosa.
Mi
llanto deshace el sueño.
De mi boca sale el sol, la arena y el mar.
Al coro de niños lo disuelvo en espuma
y al de niñas lo vuelvo calor.
Ahora la maestra es un cangrejo
que no sabe dónde vive.
De: “Rosa”
GUILLERMO MOLINA MORALES
Canibalismo
No
soy yo, es el sol
Mi
carne es de color carne
Hasta que llega el sol
Mi
carne es para tu carne
No puedo obligarte a poseerme
Pero puedo esperar a que tú quieras
No
soy yo
Hasta que me miras
Hasta que hambriento me miras
Puedo
esperarte en la sombra
Para que mi carne
Sea mi carne
Que
no sea la carne del sol
Tu
carne nunca miente
La belleza es lo que permanece
No puedes prohibirme que te espere
EMILIANO ÁLVAREZ
Incendio
1
6:00
am, luz blanca, dos tazas de café;
la mesera bosteza en su uniforme de colores chillones.
Nuestra mesa es la única ocupada y lo anodino,
entre esa luz, se yergue como un reflejo, un dedo que señala o
un anuncio. Hay tres teles prendidas; en las tres, el incendio.
Cómo crece el volumen de la cosa cuando es humo;
mira esa catedral que sobrevuela la que se está quemando
(el humo es esa cosa que nos deja). Llegaste de emergencia
y yo pasé por ti media hora antes, y ahí nos tienes allí
matando el tiempo –no querías despertarla tan temprano–,
a las 6:00, en un Sanborn’s, rodeados del incendio y de luz blanca.
Te hacía bien distraerte, me decías. Nada hablamos entonces de ese anuncio.
Resultó que no estaba durmiendo. No había cómo ganar, y protestabas.
2
¿Quién
construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Bertolt
Brecht
Todo
artefacto es cosa —pero algo más también. Este bloque de piedra,
por ejemplo: es imposible ser más cosa que este bloque de piedra.
Pero si lo tomamos, y a punta de cinceles y martillos
le damos otra forma, no es nada más su forma lo que cambia:
si el artefacto es más que sólo cosa, se debe a que ha absorbido
la energía de nuestra voluntad. Es eso lo que arde, no la piedra:
lo que huele a quemado son edades de fuerza y de sinapsis
–lija y cepillo, química y pigmento. (Ahí dice nuestra voluntad,
pero ¿quién construyó esas torres? ¿Y quién taló lajó clavó esa puerta?
Aparece en los libros el nombre del obispo, el del rey y el del papa .
El costillar, los botareles y arbotantes, ¿de veras eran suyos? Las campanas,
¿quién calentó su bronce? ¿En qué casas vivieron vidrieros y pintores?,
¿dónde dormían escultores y albañiles?)
[Suena
una voz en off
(es la mamá de Brecht, suena molesta): –¿Y quién los parió a todos? A ver,
dime.]
3
La gente se impacienta –no tú– conmigo porque
no creo que haya vida “más allá”. Se impacientan
–no tú– porque no creo en existencia alguna
que no se encuentre anclada en nuestros cuerpos
–en este, que es materia y que produce algo más que materia
de nosotros. Se impacientan –no tú– (¿o ahora sí porque hablo
de tu madre?) porque ven otra muerte en ese hueco.
Me acuerdo de esa vez en que comimos en tu casa.
(¿Teníamos cuántos años?, ¿ocho?, ¿nueve?)
Ese día, tu madre me sirvió dos chuletas. Yo me llenaba rápido.
Comí una de las dos; tiré a escondidas la otra a la basura.
Tu madre se dio cuenta, por supuesto. ¿Qué hay de cómo esas cosas
son las manos que nos presionan en el torno, los dedos que se imprimen
sobre nuestro papel?
Para
mí no hay más vida.
¿Esta
no basta?
4
Las
abejas de Notre Dame sobreviven al incendio
La sacristía, a un costado del templo, alberga tres colmenas con casi 200.000
insectos
Algo
de catedral en los panales: la reciprocidad de sus figuras
que evitan el colapso, su dura jerarquía, la anónima labor de sus obreras,
la voluntad detrás de cada hexágono, las tantas libaciones.
En 2017, la chilena Paz Lira (Santiago, 1955)
armó una instalación monumental: 450 marcos con panales
(no labor de la artista, sino de las colmenas y los apicultores),
formando una pared de 46 m2, reflectores detrás
y bocinas con todo tipo de zumbidos.
Más allá de lo previsible –cosa rara extinguirnos
y continuar aquí con estas cosas–, lo que había era un vitral
lleno de rezos, como esos otros góticos, maternos,
medio a oscuras. Junto a la catedral
sobrevivió otra más precaria. (Por ahora.)
5
Bien prendido a la rama de su cuello, un panal, saludable, le crecía.
Poco tiempo después tragar era imposible e imposible,
después de su descuido, quitarlo ya a esa altura. (¿Por qué a veces
nos dejamos consumir?) La terapia: el incendio. Radiar de oxidación
bien dirigida, rodear de humo pesado la colmena. Al principio, pensamos
que el panal se achicaba, y sus abejas, tímidas, zumbaban menos fuerte.
Pero el fuego no sabe contenerse: al final, pesaba sólo 30 kilos.
El día quince de abril, a las 10:39, Donald Trump
publicaba en su cuenta de Twitter:
So
horrible to watch the massive fire at Notre Dame Cathedral in Paris.
Perhaps
flying water tankers could be used to put it out. Must act quickly!
La cosa fue que se expandía el incendio.
Nos quedaba mirar la combustión. Yo no sabía
qué decirte que no sonara estúpido.
6
Ante un incendio las abejas se repliegan y, adormecidas de monóxido,
vomitan mucha miel y cubren a la reina y a sus crías.
La
catedral se quema
y, al centro de la nave, la banquisa cuarteada del vitral
echa un fantasma azul que te rodea. Es tu madre.
Toma cuerpo en el humo y alcanza a sonreírte, y tú extiendes la mano
–sudando del esfuerzo, tosiendo entre el calor y los derrumbes–
y ella extiende la suya de fosfeno, pero sigue distante,
así que tú en un último derroche de cartílago alcanzas a tocarla.
La tocas la dispersas se reúne; la tocas la dispersas se reúne;
pero no va a tener piel para que apoye, igual que cuando te hizo
con qué manos, sus manos en tu cara.
Había
los ramos
previsibles y zumbidos devotos rodeándola en la caja.
(¿Cómo cabía allí la madre? ¿Cómo cabía el incendio?)
La
miel ya la tenías: era ese manto azul que no te toca.
VÍCTOR RUIZ
MI
DELICIOSAMENTE IMPURA, hoy te vi caminar por los pasillos de la
universidad, un sorbo de café atravesaba mi garganta y Crimea, el Vaticano y
Venezuela iban y venían de las bocas de mis amigos, pero te soy sincero, poco
importa el mundo cuando tu cuerpo asalta las esquinas de mis párpados. Nada más
importante que el fogonazo oscuro de tus ojos arrancándome de la vana
conversación; que ver tu culo moviéndose armonioso a la sintaxis de tu cuerpo;
nada más importante, entonces, que tus senos erguidos, rebelándose a tus veinte
a las leyes infames del tiempo que nos arrastra a la inexorable caída.
ANTONIA TORRES AGÜERO
Un
desconocido intenta entrar a nuestro cuarto
un desconocido ha interrumpido el sueño de nuestra pieza
su cabeza flota en la ventana
su cuerpo invisible cuelga del balcón.
Al
amanecer la luz susurra en los rincones
la luz a punto de trizarse abandona las cosas
la boca hueca del miedo en lugar de los maitines.
Un
desconocido suspira en lengua extranjera
jadea al hablar y declara:
que
la ciudad arde que el río se desborda la tierra tiembla
que los zapatos gastados que la lluvia cansa que los ojos mudan
Un
desconocido sueña
es
carnaval y las calles son su casa
nuestros hijos le pertenecen
es suya nuestra cama.
Un
desconocido ha entrado a nuestro cuarto
no
nos quiere levantados
ni desnudos
o vaciando las alforjas
no le interesan las llaves o las joyas.
Un
desconocido al amanecer
nos sacude de un mal sueño
se yergue
mira fijo
ruega
llórenme.
