"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
martes, 10 de octubre de 2023
LUCÍA PI CHOLULA
Buccinador
Hay
un momento en la infancia,
cuando de tanto intentarlo
el aire que expulsamos por la boca
produce por fin un sonido melodioso.
Aprendimos a silbar porque olvidamos el lenguaje de las aves.
En
la ciudad, el cemento se encarga de desviar el sonido.
Entre sus calles pervive un ruido artificioso,
mezcla de sirenas policiales
y tamales oaxaqueños,
de ambulancias donde se pierde el aire
y la grabación de una niña
que sueña castillos de fierro viejo.
No
sé chiflar como ambulancia,
mi cuerpo se empeña en conservar
una pizca melodiosa de las aves.
Nunca debimos perder esos recuerdos.
En cambio, existen otros, que en realidad no importan.
Para qué queremos nuestro último cumpleaños,
el sabor a pastel tres leches, el amor hundido.
Más valdría acordarnos de cuando fuimos dinosaurios,
recordar que fuimos la abuela
y la abuela de la abuela.
Para qué queremos silbar,
si perdimos el habla de las aves.
Te
gusta saludar desde la calle
con un chiflido que anuncia tu llegada.
Si te dijera que en realidad los pájaros no silban
aunque los escuches cantar.
Si te dijera que hay un músculo en el rostro apoderado del silbo
de la buccina, del deseo de algún día levantar el vuelo.
Si te dijera que olvidé cómo silbar,
que hace meses no escucho el trino de las aves.
MARIALUZ ALBUJA BAYAS
Geología de la fuga
Vencida
por el silencio
me convertí en el ansioso animal
que no supo asentar la cabeza.
Fui
la fractura que de todo me apartaba
perdí el instinto de raíz
la percepción extraocular de los erizos
cada papila filiforme de mi especie.
Arco
de hielo degradado
caí al mar
en esta absurda pretensión de hundirme
pero las rocas sostuvieron mis fragmentos
y un viento de otra latitud me transformó el relieve.
A veces quiero recobrar mi condición de pluma.
Tendré
que huir sin que lo sepa la marea
porque es difícil reanudar lo simple
hervir el agua
abrir la puerta
recostarse.
Haré
el intento
aunque ya sé que es imposible regresar.
MARÍA GONZÁLEZ
HE
DESEADO A UN HOMBRE que jamás me tocaría.
Un hombre con cuevas bajo la boca,
de tórax henchido y perfil helénico.
He deseado
su
aliento impuro bajo mi frente,
su
forma de estudiarme tras las hojas,
su
carne.
He quedado vacía de alimento,
he quedado inconclusa.
Sobre
todo,
he deseado su mirada en mí.
Lo
he deseado tanto
que
hice sangrar sus uñas,
que
me mordí la lengua, que le robé palabras.
Y cada noche, cuando nadie me sentía,
rezaba como un inocente reza en los altares,
deseando un hombre de pies y metatarsos enraizados al cemento,
un hombre que volaba como vuelan las alondras.
Ahora,
observo cualquier día
la imagen de ese hombre inalcanzable.
Parece un niño hermoso entre alhelíes,
despliega su sonrisa y no es por mí.
ROXANA ELVRIDGE-THOMAS
Sémele
Rasga
la entraña su aliento.
El vigor de sus ojos calcina la dermis.
Su vasta presencia desuella los muros.
Sus pasos desatan tormentas de fuego.
Se
recuerda mirando, al borde de la tarde, un cuerpo perfecto avanzando hacia
ella. Sus muslos de ámbar, sus brazos de atleta, sus rizos que enmarcan el
rostro felino.
Laceran
sus labios la brisa.
Su vientre aniquila sentidos.
Su torso es centella que embate certero.
Su
aroma, naranja cuajada al ocaso, su lengua un grato ofidio danzando entre
pliegues, su palabra tentadora. Yacieron perplejos. ¡Qué dulce el fulgor de sus
sienes! ¡Qué suave ese cutis de ciervo abatido! Dijo que era el Uno, encerrado
en esa deliciosa vestimenta.
Exhala
un vapor: carcome cortinas.
Su piel de relámpago impregna la alcoba de cruentos rugidos.
Derrite los hierros, trasmuta el dosel.
Mi túnica arde, la vista se quiebra.
No
es Zeus, te engaña. Le dijo la criada. ¿Por qué se presenta en atuendo de
joven? ¿Por qué no se muestra en su real esplendor? Seduce engañando, se
marcha artero. ¿No entiendes? Te busca aspirando a robar tus argollas. Descubre
su rostro, anula la trampa. Pide que se muestre cual Sumo deseante, que
embriague tu cuerpo con furia y poder.
Pidió a su amado la prueba.
Estalla
tifón de antorchas.
Desgaja tendones.
Su voz me desteje.
Mi rostro es la pira que resta en el llanto.
Su abrazo me abrasa en feroz combustión.
De: “Kratos”
ISAURA LEONARDO
SIGO
AQUÍ;
intento sacar el peluche,
manipulo la garra mecánica con una paciencia calculada:
pienso en Tucídides,
miro la cabeza de ese unicornio,
la ubico debajo de los dedos de metal,
aprieto el botón tornasolado.
Por un momento
pierdo el aliento,
contengo la respiración,
la garra simula atrapar la cabeza del unicornio,
pero es mentira,
deja que se deslice de nuevo hacia el vacío de peluches.
No
comprendo por qué
me siento aquí a mirar
a las parejas o las familias que desafían
a la máquina de atrapar peluches
como si en ello hubiera una profundidad
de filósofo japonés,
que, sé, no existe.
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