Sémele
Rasga
la entraña su aliento.
El vigor de sus ojos calcina la dermis.
Su vasta presencia desuella los muros.
Sus pasos desatan tormentas de fuego.
Se
recuerda mirando, al borde de la tarde, un cuerpo perfecto avanzando hacia
ella. Sus muslos de ámbar, sus brazos de atleta, sus rizos que enmarcan el
rostro felino.
Laceran
sus labios la brisa.
Su vientre aniquila sentidos.
Su torso es centella que embate certero.
Su
aroma, naranja cuajada al ocaso, su lengua un grato ofidio danzando entre
pliegues, su palabra tentadora. Yacieron perplejos. ¡Qué dulce el fulgor de sus
sienes! ¡Qué suave ese cutis de ciervo abatido! Dijo que era el Uno, encerrado
en esa deliciosa vestimenta.
Exhala
un vapor: carcome cortinas.
Su piel de relámpago impregna la alcoba de cruentos rugidos.
Derrite los hierros, trasmuta el dosel.
Mi túnica arde, la vista se quiebra.
No
es Zeus, te engaña. Le dijo la criada. ¿Por qué se presenta en atuendo de
joven? ¿Por qué no se muestra en su real esplendor? Seduce engañando, se
marcha artero. ¿No entiendes? Te busca aspirando a robar tus argollas. Descubre
su rostro, anula la trampa. Pide que se muestre cual Sumo deseante, que
embriague tu cuerpo con furia y poder.
Pidió a su amado la prueba.
Estalla
tifón de antorchas.
Desgaja tendones.
Su voz me desteje.
Mi rostro es la pira que resta en el llanto.
Su abrazo me abrasa en feroz combustión.
De: “Kratos”
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