miércoles, 28 de octubre de 2026

 


HAIA MOHAMMED

 


 

Estoy en la era de los genocidios diarios

 

Abro los ojos ante la luz del sol.
Me digo que me levante pronto.
Mi mente pregunta, “¿por qué?” Contesto, ‘hay un examen final,
un cuestionario, una discusión de proyecto en la universidad, una junta por Zoom,
una entrevista de trabajo de medio turno como estudiante, un evento familiar,
el cumpleaños de una amiga, una reunión con amistades.
Mi mente responde en un susurro apenas,
“Ha pasado mucho tiempo, Haia, estás en un nuevo
periodo.” Pregunto “¿dónde estoy?”
El olor del té, el sonido de la radio,
mi madre que se acerca. La voz del locutor
“una nueva masacre en Jan Yunis, Al-Mawasi.”
Mi mente retrocede. Sí, ése fue el sonido más fuerte
que escuché jamás. Desperté unos segundos:
pensé que era una pesadilla y me volví a dormir:
la enfermedad se había apoderado de mí.
La radio de hoy es una brújula en la era de los genocidios diarios
a la que este mundo se ha acostumbrado. No entendí.
Mi mente preguntó, “¿en este mundo se permite
derramar sangre?” Sangre, hogares demolidos, desplazamiento,
hambre, sed… todo está prohibido a nivel internacional, claro,
fuera de las fronteras de Gaza. Pero en Gaza todo está permitido,
hasta matar niños.

 

De: “La edad de los olivos”

Versión de Juana Adcock

 

KANEKO MISUZU

 

 

 

Cuando estoy molesta

 

Desde hace rato estoy molesta,
y nadie me está buscando.

No sé por qué, pero estoy molesta
y nadie me encuentra.

Al escuchar la película a lo lejos,
por alguna razón me pongo a llorar.

 

Versión de Alonso Núñez Utrilla

 

JORGE ESQUINCA

 

 

 

II

Las palabras luminosas son cazadas como el pájaro en un tiro de arco entre las nubes que pasan.

Lo luminoso, lo oscuro. El pájaro traspasado escapa, se funde con las nubes, se borra, se vuelve
uno con aquello que es nombrado. El pájaro,
la flecha, la palabra tienen un mismo
y tal vez único origen.

 

Comentarios a diez líneas del «Wen Fu», de: “Oscuro mundo hechizado”.

 

Nota: El «Wen Fu» es un tratado sobre el arte de las letras. Fue escrito por el poeta chino Lu Chi, quien nació en el año 261 d.C.

 

MONTSERRAT RODRÍGUEZ RUELAS

 


 

Profecía

 

Mis plantas se mueren y yo no puedo regarlas.
No puedo hacer que mi cuerpo sano se levante
y busque agua.                                                           

Toma unas hojas de laurel, dijo mi amiga,
arranca unos tallos de lavanda,
ponlo todo en un plato,
quémalo. 
   Suficiente inmolación hay ya en la tierra seca, contesté.
Escríbeles, entonces.  

   Esta parte de mí,
   —como el borde de un filo—
   en el que todas las tardes me siento a observar.
   Aquí dejo el poema que quise escribir
   y también murió.

 

 

 

CLAUDINA DOMINGO

 

 

 

Ríos


para mamá, que vio también los batallones de libélulas


en la carretera sólo se supone el agua:
se le presiente en la sucesión de pirámides camufladas
ceibas y puentes que cubren el infinito pantano
río adentro los recodos y las curvas
prometen otros pensamientos
y dudan (un banco de lirios
una iguana roja como una herida en un tronco viejo)
pero vuelven a la divagación verde que los pájaros penetran como agujas

la escuela estaba tras una reja de alambre que la separaba del Grijalva
me parece (aunque es probable que sobrescriba en el recuerdo)
que río y carretera tenían sentidos diferentes
había un hueco en la alambrada
y cuando el río comenzaba a hincharse de lucubraciones
hundíamos una latita en el agua erizada y sacábamos pececillos
cuando el río crecía demasiado no íbamos a la escuela
pero eso también ocurría en el jardín de niños (en la ciudad)
donde año con año el río vertía su rencor de agua vilipendiada junto al malecón

entramos al estrecho canal con los oídos anegados por el motor del bote
una vaca cruza con parsimonia
el agua viste y desnuda su lomo brillante
al fondo del canal: un canal aún más estrecho
cubierto por una nave de lianas y manglares
que hacen el camino inverso de los vegetales: del cielo al cieno
del aire al corazón arcaico y sin espumas del canal
“sólo aquí (de noche) he visto a la nauyaca”  dice mi guía
apaga el motor: el silencio al fin gotea de la jungla
en su erizado plumaje trinos y hojas caídas forman
un derrumbe de tiempos minúsculos
hasta dejarnos enlamados en la casa del agua
rodeados de lianas donde oscilan sombras tornasol
(en la superficie quedaron tiradas un millón de alas de libélula)
todo flota: la cápsula en medio del pantano
el agua que se estremece y amenaza con derrumbar sus sombras sobre esta casa
cada vez que un moscardón roza la superficie
¿pero hay acaso superficie cuando sombra limo y reflejo
están tejidos de forma tan sinuosa?

en el recuerdo era la tarde
había algarabía y ansiedad (y quizá los adultos a nuestro alrededor
decidieron no contenerlas)
porque a sabiendas de que venía la tormenta salimos al claro de selva
que era nuestro patio escolar
y mientras los árboles perdían hojas y el río desenterraba sus pesares de agua
el cielo se convirtió en un arcoíris danzante
en los seis años están formadas en batallones de colores primarios y secundarios
(pero debió ser imposible)
en lo más soberano de la memoria
las libélulas se agitaban con fuerza en el viento hasta quedar estáticas
en una imagen formada y destruida para ellas en un par de minutos:
el frágil esplendor a un costado de la ceguera del agua

 

De: “Reconquista del Reino de Kaan”

 

 

JORGE AULICINO

 

 

 

Mi vida en el arbusto de los fantasmas¹

 

Éramos fantasmas de la Revolución
en una ciudad inmensa y pampa.
Fantasmas endocrinológicos de mala digestión,
noches de sueños colorados,
mástiles, barcos con la quilla en alto
en el Báltico.
Stalin con bigotes de nieve y barro.

Magaldi cantaba “no cantes que Olga no vuelve”
en un verano tórrido de 1957 bajo los árboles
—explosivos plátanos verdes en el suburbio de Buenos Aires—,
veranos con moscones y heladeras a hielo
que engendraron al Hombre de la Barra de Hielo.

Éramos fantasmas incomprendidos por “la masa”.
O quizá la masa nos comprendía demasiado.

Un fantasma me dio miedo un invierno del sesenta y algo,
el de Ostrovski, el que escribió Así se templó el acero.
Sangraba de la cabeza. Tenía un sable cosaco ensangrentado.
“En el norte”, me dijo —para ellos, Siberia— “han avistado
un Objeto Volador No Identificado
y yo creo, me temo, la Revolución fue abducida
y ahora, a unos mil millones de kilómetros terrestres de distancia,
la Revolución recorre el cielo.”


De: “El hombre del codo”

 

1.- Nota: My Life in The Bush of Ghosts, Brian Eno y David Byrne, 1981.