Mi vida en el arbusto de los fantasmas¹
Éramos
fantasmas de la Revolución
en una ciudad inmensa y pampa.
Fantasmas endocrinológicos de mala digestión,
noches de sueños colorados,
mástiles, barcos con la quilla en alto
en el Báltico.
Stalin con bigotes de nieve y barro.
Magaldi
cantaba “no cantes que Olga no vuelve”
en un verano tórrido de 1957 bajo los árboles
—explosivos plátanos verdes en el suburbio de Buenos Aires—,
veranos con moscones y heladeras a hielo
que engendraron al Hombre de la Barra de Hielo.
Éramos
fantasmas incomprendidos por “la masa”.
O quizá la masa nos comprendía demasiado.
Un
fantasma me dio miedo un invierno del sesenta y algo,
el de Ostrovski, el que escribió Así se
templó el acero.
Sangraba de la cabeza. Tenía un sable cosaco ensangrentado.
“En el norte”, me dijo —para ellos, Siberia— “han avistado
un Objeto Volador No Identificado
y yo creo, me temo, la Revolución fue abducida
y ahora, a unos mil millones de kilómetros terrestres de distancia,
la Revolución recorre el cielo.”
De: “El hombre del codo”
1.- Nota: My Life in The Bush of Ghosts,
Brian Eno y David Byrne, 1981.
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