miércoles, 28 de octubre de 2026

JORGE AULICINO

 

 

 

Mi vida en el arbusto de los fantasmas¹

 

Éramos fantasmas de la Revolución
en una ciudad inmensa y pampa.
Fantasmas endocrinológicos de mala digestión,
noches de sueños colorados,
mástiles, barcos con la quilla en alto
en el Báltico.
Stalin con bigotes de nieve y barro.

Magaldi cantaba “no cantes que Olga no vuelve”
en un verano tórrido de 1957 bajo los árboles
—explosivos plátanos verdes en el suburbio de Buenos Aires—,
veranos con moscones y heladeras a hielo
que engendraron al Hombre de la Barra de Hielo.

Éramos fantasmas incomprendidos por “la masa”.
O quizá la masa nos comprendía demasiado.

Un fantasma me dio miedo un invierno del sesenta y algo,
el de Ostrovski, el que escribió Así se templó el acero.
Sangraba de la cabeza. Tenía un sable cosaco ensangrentado.
“En el norte”, me dijo —para ellos, Siberia— “han avistado
un Objeto Volador No Identificado
y yo creo, me temo, la Revolución fue abducida
y ahora, a unos mil millones de kilómetros terrestres de distancia,
la Revolución recorre el cielo.”


De: “El hombre del codo”

 

1.- Nota: My Life in The Bush of Ghosts, Brian Eno y David Byrne, 1981.

 

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