Persecución
Repto lo oscuro de la aorta de un
bisonte atravesado por el mar
en medio de la teoría humana más violenta del poema.
Tus
brazos umbilicales
madrezebra en las llanuras
ahorcan la prehistoria de la leche de montaña
leche de cal apagada,
leche de higo en cristal,
leche en la roca de la pintura sagrada del calavera poem
gruta de naturaleza táctil al Amazonas de tus glándulas rellenas de humores:
Big Bang de Dios por siempre muerto en los maremotos amén.
Palpo
la atmósfera que humedece su atlas de la ira,
escarabajo mutante rodando las escaleras del magma de tu vientre,
¿me romperás contra la musculatura de
los cetáceos axiales?
madretundra de las orcas
¿abrirás las cejas al frío goce de los volcanes?
Ellos
se sueñan en la blancura de los fermentos de la noche en torrente.
Pliego
mi ala junto a una noria de eterna venganza,
madrepiedra de los pálidos trasmundos
madrecidra constelando un infierno de intestinos que doran los rosales.
Tu
baba salpica en todas las direcciones de los paisajes algebraicos:
CRÁNEO – CALAVERA = X
Incógnita
en la lengua de los muertos.
Poema cero.
He
oído que montas sobre las cabezas de las Furias
y te desbocas
y manchas los eriales de leche cuajada
leche mía coagulada
y ellas te la beben y te alumbran
un cráneo con cañones de plata apuntando hacia mi pecho
suite de estelas eléctricas y membranas saladas
madrealambre de las navajas
madrebuitre de los cinerarios
las tres se relamen las encías bajo el umbral tibio de tus riñones en flor:
tienen pezuñas y desgarran el camino de los ríos gástricos a los maizales.
Se derraman sobre la vía láctea
cabalgándote.
Se orinan sobre las mazorcas de dientes pelándose
al poniente.
“Madre
e hija es una antinomia”,
te canta la clarividencia subacuática de tu trinomio de canes perfecto
y repites al sur de su estampida:
“Madre e hija es una antinomia
con patas y pelos de tarántula
en una jaula para peces”.
Arden
tus cabellos de elefantes marciales cruzando los desiertos
madremandril de sable
madreladrido de pez aéreo.
Quieres mi carne en tu leche terrible
cociéndose a la alta temperatura de los huracanes
(cardúmenes de esperma del dios muerto
pueblan encima de las aguas galácticas del norte).
Tiemblo
en los refugios colapsados por tu vientre de ballena en histeria
Madremendrugo de la explanada
Madredrácula de los mausoleos
Las cabezas de las Furias sonríen torcidas a la sangre,
ateridas bajo muslos galgos y la perfecta escultura del tórax;
quieren cocinarme en tu néctar vencido de yedra,
forzarme la leche de hígados por la ranura celeste de sus madrugadas.
Mazorcas
de dientes se pelan y muerden mis escombros quietos al pasar.
Me
oculto entre las pieles de los vertebrados
y convierto mi cuerpo en un saco de plumas
que emerge fresco entre los fémures silvestres.
Madre
e hija es una antinomia.
Un
cráneo gastado vigila mi señal desnuda:
toda suerte de escape termina
en las profundas cavidades
de un animal muerto