TENÍA
UNA PELOTA AZUL entre
las piernas
estaba
jugando
el día en que descubrí la fricción que provocan
los movimientos circulares.
Era
una niña cuando me dijeron:
es muy temprano para sentir
pero
la fuerza que nacía en mí
se enraizaba de punta a punta,
un nervio,
me ceñía también,
a eso que pudiera caber, salir
por un instante
de lo que orbita
y centellea,
en su propia viveza,
se apaga. Y yo
que me preguntaba
qué me sucedía,
me encariñé con el tacto
y
quise ver
y oler
y
saber su nombre
más allá del miedo.
LAS
ABUELAS ME REPITEN UNA y otra vez:
no mires lo que quieres a los ojos.
Nunca digas tus ariles en voz alta
si quieres que se cumplan.
Y
yo me quedé muda
sola con mis ojos.
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