"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
viernes, 22 de diciembre de 2023
RON PADGETT
Después
del brazo roto
Del
punto A un viento sopla hacia el punto B
Que está aquí, donde el guijarro es sólo una montaña.
Si en verdad el paraíso y la tierra están ahí fuera
¿Por qué ese hombre está levantando sus brazos
Haciéndole gestos a la palabra “relámpago” escrita en las nubes
Que rodean y ocultan sus pies?
Si
dices la palabra correcta en Nueva York
Nada sucederá en Nueva York;
Pero en el horror seco y fabuloso del oeste
Una hermosa chica llamada Sibyl aparecerá
jadeando en la ventana abierta
Y se conformará con un imaginario vaso de algo.
Pero ahora su nombre ya no es Sibyl, sino Herman,
Deseando el punto B.
Envíese
esta nota a nuestro héroe de inmediato.
De:
“Cómo ser perfecto”
Versión
de Aníbal Cristobo y Patricio Grinberg
CAROL ANN DUFFY
Zángano
Arriba
por escaleras de aire
hacia la beatitud del no es, alta,
viva joya, ella, ámbar tibio;
ser el que ha de allá morir.
JOHN BURNSIDE
«un
desprenderse del alma de las cadenas de la materia»
No es que lleguemos alguna vez
al orden; lo que, por otra parte, implica
un jardín, algún Getsemaní resplandeciente
que se vislumbra más allá del claroscuro
de la puerta de la taberna.
Verano, por supuesto, pero sólo
porque en el corazón perdura, inacabado,
haciéndote sentir que cada cual
tiene su doble: no un fantasma virtual
sino alguien vivo y entero en su mundo salino,
un compañero de trabajo despierto hasta tarde
en otra zona horaria, con el viento del bosque
denso de olor a mirto.
No hay nada que decir
que explique el parecido, y nada
en común más allá de una clara debilidad
por los caballos, o la casa
espaciosa en el sueño que nadie sueña
solo, la puerta
una transformación de luz nevada, un sinfín
de cuartos con hermanos, y el corazón sin recovecos
donde pueda infectarse el amor.
En este mundo todo debe representar
algo: pelícano
y gran danés, unicornio
y ángel del Señor;
pero lo que está implícito
es un jardín; ciegas
nomeolvides
y pimpinelas escarlatas;
el Hombre Verde en su capilla; hojas desperdigadas;
ese enjambre de sangre en la encina,
negro como el fuego.
De:
“Aprender a dormir”
Versión
de Daniel Lipara,
OMAR PIMIENTA
3.
Mi
padre se llamó Prisciliano Gil Bautista (Indiana 1931-Tijuana 1957)
mi padre se llama Marcos Ramírez López (Jalisco 1929)
documentos
oficiales
papel picado por el tiempo
firmas: líneas que viajan sobre una montaña rusa
Prisciliano
Gil Bautista trabajó con el cuerpo:
Marcos Ramírez López
Marcos
Ramírez López trabajó con el nombre:
Prisciliano Gil Bautista
Marcos
compró una identidad
Prisciliano donó un órgano social
envuelto en papel picado
mi
padre recuerda
el apellido del agente de migración: Cruz
¿cómo
te llamas?
Prisciliano
Gil Bautista oficial
no Prisciliano
Gil Bautista está muerto.
ahora
me pregunto si en ese otro cuerpo murió un poco mi padre.
SEAN BORODALE
3 de
diciembre: notas
Escucha
la lluvia, la lluvia, la lluvia como las patas y las alas de las abejas que
caminan sobre abejas, como la lira de un pensamiento, un instrumento posible de
los insectos.
Escucha
a la lluvia, y más lluvia, pisoteando tierra, a las cabezas de hilo empapado en
este cuarto, caminando de un lado al otro el invierno…
Versión
de Pablo Soler Frost
ROBIN MYERS
Viendo
una fotografía de mi abuela Estela, a quien nunca conocí
Después
de Coahuila, Del Rio, San Antonio, Chicago y Janesville, en Wisconsin,
de la revolución y sus fronteras de arena movediza y de su padre ansioso en
pleno caos,
después de aquel trabajo largo y almidonado que tuvo él en la compañía Parker,
leyendo
sin palabras, día tras día, el periódico con una de las manos detrás que se
alargaba en busca del tazón
de chiles jalapeños, después de que nacieran uno tras otro la hermana y los
hermanos,
algunos con nombres que en la lengua cambiaron de idioma y otros que hincharon
sus bordes ingleses como un mosquitero en el verano, después de los rebozos y
las faldas
y los sombreros y los minúsculos violines que debieron tocarle a los vecinos,
ninguno
de los cuales se parecía a ellos, cuando se presentaron,
después de la universidad, a la que ella marchó, sola y en contra de las
órdenes —luego de que, como se dice
cuando las jovencitas hacen esas cosas, “huyera de su casa”—, después
de su amante egipcio y el horror de los padres de ambos, después de la guerra,
después de que mi abuelo, un filósofo alto, pelirrojo y gesticulador, fuese
enviado
a una nave en mitad de un océano repleto de metal, y después de un feroz
brote de varicela que lo hubiera matado pero que en realidad lo rescató
de aquello que diezmara a los demás y en cuya compañía estaba, después de un
hermano muerto y luego otro, el que había querido morir, y antes que
sus hijos, tres de ellos —cuatro, contando al que murió al cabo de unos días
de haber nacido: Bruce—, mi padre era el segundo, antes de aquella casa en
Denver
con jardín trasero, antes de aquellos perros cuyas caras ella tomaba entre sus
manos
para lanzar insultos amorosamente en esa lengua que sus padres no hablaban ya
salvo entre ellos, antes del par de años en Lima, antes de que ella diera su
permiso a los hijos
de ya no ir a esa estricta escuela católica donde les escocían las palmas de
las manos,
antes de que mi padre y su hermano, en la más refulgente acción de triunfo
que puede concedernos una infancia, arrojaran al mar sus libros de texto desde
un acantilado,
antes de la casa que ella y mi abuelo habían querido construir en un pueblo de
Michoacán
con nombre de columpio —E-ron-ga-rí-cua-ro— y no lo hicieron nunca,
antes
que a él se le parara el corazón, antes de aquellos años afligidos que mi padre
pasó como
asistente de hospital,
pedaleando de forma delirante bajo la nieve rumbo a sus talleres literarios al
salir de su turno por las noches,
antes de la otra guerra, de las tres conscripciones de mi padre, salvado cada
vez por esta
u otra báscula, antes de que viese a mi mamá en un aeropuerto, antes de Nueva
York
y los suburbios y de mí y de mi hermano y de todos los sitios donde hemos
crecido,
antes de abrírsele México de nuevo, al fin, pero no como ella lo había
imaginado,
recorriéndolo a solas, rentando una vieja casa en una ciudad con nubes bajas y
escaleras musgosas
que subían y bajaban desde el lago —una ciudad más grande ahora, tumefacta
de tráfico a lo largo de sus calles raquíticas, una tierra arrasada en forma
tal que la hubiese hecho trizas
de haber vivido como para saberlo—, antes de aquellas cartas que le escribió a
mi padre
en sus dos lenguas y antes de haber estado yo al pie de la catedral de Xalapa,
desconociendo si ella había entrado alguna vez ahí —yo no—,
pero con la sospecha de que ella, al menos, había estado allí también, al pie,
mi abuela —de veintisiete, veintiocho años, quizá de treinta—
baila a solas en un vestido blanco, con los brazos ligeros y descalza,
con faldas que en torno a ella lo barrían todo en una ráfaga de gracia,
su rostro oscuro inclinado a la cámara pero sin ver hacia ella,
sonriendo un poco, como si se asombrara a sí misma en silencio,
como si ella supiera que tenía algo hermoso en su interior
y había vivido ahí todo ese tiempo,
y que había decidido,
en ese mismo instante
y con su ayuda,
hablar.
Versión
de Hernán Bravo Varela
