martes, 22 de agosto de 2023


 

ROCÍO SILVA-SANTISTEBAN

 


 

Una llaga
(Raúl Zurita)

 

Un sueño viene de pronto a posarse sobre mis párpados
Los cierro, te veo, los abro, la luz me hiere, solo
Deseo oscuridad

Dame otra vez
Una herida en los ojos
Una herida en los ojos

O sobre los párpados
Cerrados

Para siempre.

 

De: “Mariposa negra”

 

IRIS MÓNICA VARGAS

 

 

 

Para ser lo que somos, debemos regresar

 

Y solo el astronauta
podrá reconocer,
acaso quien sostiene
el vínculo que une
su vida a las demás,

el cupo de la sangre
que aviva sus ideas

la clara geometría
que orienta
su cumbre y precipicios

la forma en que la araña
va hilando sus arrastres
y sus viscosidades
hasta que forma el nido.

Tan solo una astronauta
podrá reconocerlo,

          más solo
          hasta el instante
          en que pierda
          su peso y repose
          por siempre
          sobre el polvo.

 

DANIEL MEDINA

 

 

 

II


imagina que naces en Wellington,
Nueva Zelanda. Es diciembre 26
del 2038, la hora: 2 con casi 20.

un olor parecido a gasolina
abre tus fosas nasales, las vuelve
un tobogán azul con agua tibia.

edificios altos pero en serio hacen
sombra —hay una película, dices
: la nueva vida de los nuevos árboles

en ella pasa que un eclipse histórico
deja ver el fin del mundo en Wellington,
N.Z., año 2038 a las 2 con casi 20.

miras a la única mujer que cruza la calle:
piensas en el mito de A&E y la saludas.
ya es noche, Hideaki Anno escribe el final.

  

De: “XVIII” (a partir de los XVIII Cantos de Barnett Newman).

 

NÉSTOR E. RODRÍGUEZ

 

 

 

Solenodonte

 

Por momentos, su boca se entreabría,
como si tuviera algo que decir.
Era el solenodonte
el que husmeaba con su largo hocico
el aire de la noche frente a nosotros.
Rarísima escena.  
Escarbaba con prisa en el suelo húmedo
ajeno al resplandor de las antorchas.
A veces detenía la labor
para extender las patas delanteras
en actitud de orante.
Entonces regresaba a su tarea
de ahondar en la tierra.
Aún me desconcierta no saber
lo que busca con tanta viveza.

 

 

JUAN DOMINGO AGUILAR

 

 

 

Flores secas en Stalingrado

 

A veces cinco días sin dirigirnos la palabra
en el desayuno, gestos de despedida,
a veces antes de cerrar la puerta
como elementos decorativos jarrones
vacíos que ni siquiera hacen ruido al romperse,
a veces la culpa palpitando como un pájaro
que agoniza en nuestras manos, el silencio
como única manera de confesar
que quienes gritan en esta casa son otros,
a veces flores secas sobre el mueble de la entrada
pudriéndose como el amor a veces.

 

ROCÍO G. BENÍTEZ

  

 

 
Camino en medio de un baldío de tierra roja.
Camino y la tierra trepa por mis sandalias.
Serpentea en seco por mis muslos.
Lo rojo sube entre mis piernas
y se enraíza adentro.

Si algo florece ahí:
será rojo seco y violento.