sábado, 31 de octubre de 2026




 

HAIA MOHAMMED

 


 

¿Cómo encontrar el camino a mi patria?

 

cargo una mochila por la vida / mudándome de un sitio a otro para escapar / de algún modo permanezco atada / a mi tierra / de noche / en el camino de vuelta a la tienda de campaña / paso junto a una señora que cocina en un horno de arcilla / el alimento irresistible inunda el aire / le digo qué aroma más maravilloso / ella contesta ven mi hija / ella no me conoce / ni yo a ella / sé que esta comida no alcanza siquiera para su familia / es inevitable en la guerra / me invita a pasar / me llama su hija / me doy cuenta de que éste es el verdadero camino a mi patria / cuando sólo queda el último pan / durante dos días nadie lo toma / a pesar del hambre / hasta que mi madre lo reparte entre todos / entonces sé que voy por buen camino / cada vez que cocina algún platillo le manda a sus vecinos / ellos hacen lo mismo / para que nadie duerma con hambre / cuando te acercas para darles el pésame por sus hijos muertos / eres tú quien halla consuelo / en su paciencia inconmensurable / fe y fortaleza / caminando por las calles / ves gente barriendo / organizando los restos de sus hogares / otros que viven todos juntos / en el único cuarto que les queda / su casa destruida / un hombre sentado en su balcón / desayunando / en el escombro / cuando vas a comprar algo / el vendedor te dice paga lo que puedas, si no puedes pagar no pagues / entonces te das cuenta / quiénes son los verdaderos dueños de la tierra /

 

De: “La edad de los olivos”

Versión de Juana Adcock

 

KANEKO MISUZU

 

 

 

La Felicidad

 

Con sus ropitas rosas,
la Felicidad iba llorando solitaria.

A altas horas de la noche,
tocaba en las contraventanas
pero nadie la reconoció.
Solitaria, vislumbró,
a la sombra de una linterna,
a una madre demacrada
y a su hijo enfermo.

Con tristeza, se detuvo en la siguiente esquina
y llamó a las puertas
mientras rondaba por la ciudad,
pero nadie la dejó entrar.
En los callejones, bajo la luna,
iba llorando solitaria.

 

Versión de Alonso Núñez Utrilla

 

 

JORGE ESQUINCA

 

  

V

Atrapado entre los vivos y los que no han nacido, quien escribe lucha por no abandonar
 la profundidad ni la superficie.

Entre este mundo y el otro. En ningún otro sitio,
está la morada. Aprender entonces a residir
en ese espacio sin nombre –entre-,
donde se manifiesta aquello
que está apunto de ser.

 

Comentarios a diez líneas del «Wen Fu», de: “Oscuro mundo hechizado”.

 

Nota del autor: El «Wen Fu» es un tratado sobre el arte de las letras. Fue escrito por el poeta chino Lu Chi, quien nació en el año 261 d.C.

 

 

OKSANA MAKSYMCHUK

 

 

 

Naturaleza muerta con persona y perrito

 

Paseaba a su perrito
por la calle del pueblo
donde vivió su infancia
y adolescencia

Con el abrigo grueso
aunque comenzaba a hacer
más calor y los brotes del álamo
reverdecían

Algo le punzó
en la espalda
y quedó tirada
en la acera

Al otro día un vecino
sacó una sábana con rositas
tapó lo que algun día fue un cuerpo
y usó una funda igual para el perrito

Alguien que pasaba tomó una foto
y la subió a las redes
provocando una avalancha
de emojis enojados

 

De: “Still City”

Versión de Elisa Ramírez Castañeda

 

Nota: “Still City” by Oksana Maksymchuk, © 2024. All rights are controlled by the University of Pittsburgh Press, Pittsburgh, PA 15260.

 

 

RITA LAURA SEGATO

 


 

Esta palabra

 

Esta palabra alguien la tenía antes que yo.  Era en mi familia,
ya murieron.
No nos queda más lágrima para llorarlos.
Desde entonces, la palabra, desconfiada del tiempo, anda muy esquiva.
La usan muy mal, se queja.
No tiene libertad para bandearse a gusto por los campos altos, donde el viento goza
de esa energía sin igual.

La tratan muy mal, pues le ponen hora y día. Como quien dice, le dicen hasta cuando,
que no hay nada que le podría gustar menos.

Y como puso la condición de sólo andar suelta, la callaron.
Colonizaron la palabra. ¿Qué nos queda?
Con hora y día dijo no: de ninguna manera. ¡Jamás!
Nunca si no es suelta: para designificar y orillar,
para destener y desdecir.

Lo que propone (lo siento en mi corazón) es una guerra oriental de los nombres:
donde tú te apoyas, yo me voy.
Donde tú me lees, yo me apago.
¿Y el vos?
El vos decide: donde tú traduces, yo…
no estoy.

Éste es (no tengo dudas) un dilema capital de nuestro tiempo: desnombrar.

Sólo desnombrando habrá futuro.

¡Que los nombres despenquen, se desplomen, como las laderas andinas en febrero!
Que los ríos se lleven las piedras de los nombres, y no los dejen pasar.
el futuro entero depende de esta avalancha de desnombramiento.
Porque sólo así el tiempo se fugará del tiempo,
el sujeto se quedará en silencio
y las personas que se quieren nunca más vivirán lejos.
Ésta es mi utopía para un mundo complejo.

Cualquier creación contiene un poco del perderse.

Hasta el autor de ciencias sociales, cuando cree que rige y controla el curso de su artículo

—él no lo sabe—, también el perderse juega un papel, y siempre hay una medida en que se está a merced.



Aquí, por ejemplo, yo me pierdo totalmente.

Busco la matemática del vértigo.

Ese peligro.

El abismo donde los nombres se vuelven más inciertos.


Digamos así: donde el científico busca el lugar más cierto de los nombres: su corazón, su centro, la roca de su lecho, yo busco el lugar más incierto.

Es un ejercicio muy sano para mí, una terapia de desintoxicación: intentar por un día, por un tiempo, caminar por la orilla de los nombres, ser equilibrista en la línea de nanquín de su perímetro.

Robo pausado y subalterno de todas sus certezas. Robo sereno.

Si esto fuera un manifiesto, tal seria la descripción de una guerra poética para hoy, mi guerra personal: desheredar el totalitarismo de los nombres, cincelar con figuras desconcertantes el margen de las identidades. Curvar el tiempo. Ésa, para mí, es la guerra del momento.

Porque tiempo y nombre están interligados: una perniciosa certeza en el nombrar sin intersticios, una forma precisa de lotear el tiempo. 



Si tuviera voz me gustaría preguntar: qué haremos, todos aquellos que sabemos,

literalmente sabemos (afirmación que no es aquí, de manera alguna, un trópico idiomático) que nuestro nombre es falso,

y que no tenemos tiempo.



Todavía pienso que es justamente en esa guerra que los «pobres de espíritu» tienen la lección fundamental. Yo soy uno de ellos.



Ésta es mi posición, mi posición sin nombre, inamovible, religiosa.

Nada podrán hacer, pues es puro ocio, pura improductividad,

pura desidia. En ella, no hacen verdaderamente sentido las virtudes fundamentales ni los vicios.

Esta posición tiene, aunque no nombre, un leve acento: pero es un acento que 

prácticamente no se puede identificar.

 

De: “El camino de regreso”

 

 

JORGE AULICINO

 



Renacimiento

 

El papa Francesco Della Rovere, Sixto IV, y Lorenzo dei Medici comerciaban alumbre,
que sirve para fijar los colores en las telas,
cuando Sandro Botticelli pintaba el Infierno de Alighieri en colores
y Andrea del Verrocchio le enviaba a Lorenzo las señas de
Leonardo Da Vinci: “Doble en el callejón, segunda puerta” etc.
y Leonardo examinaba por dentro el cadáver de un descreído
para comprender “la máquina de Dios”.

 

De: “El hombre del codo”