"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
sábado, 13 de enero de 2024
WILLIAM BUTLER YEATS
A la
rosa sobre la cruz del tiempo
¡Rosa
roja, Rosa altiva, triste Rosa de mis días!
Acércate mientras canto las antiguas tradiciones:
Cuchulain plantando cara a la marea inclemente;
el gris Druida hijo del bosque, el de tranquila mirada,
que asedió a Fergus con sueños y desastre inenarrable,
y tu propio desconsuelo, que las estrellas, marchitas
por bailar sobre las aguas con sandalias plateadas,
entonan con solitaria y orgullosa melodía.
Ven, que ya no más cegado por el destino del hombre
encuentre bajo las ramas del amor como del odio,
en todas las necias cosas que viven un solo día,
la belleza sempiterna vagando por su camino.
Ven,
acércate a mi lado; y abrid un pequeño espacio
para que todo se colme con el olor de la rosa.
Que pueda seguir oyendo cosas comunes y ansiosas;
el gusano que se oculta en su pequeña caverna,
el ratonzuelo corriendo junto a mí sobre la hierba
y mortales esperanzas que se afanan y transcurren;
no escuchar sino las cosas extrañas que dijo Dios
al corazón luminoso de los que han muerto hace tiempo,
y salmodiar una lengua que los hombres desconocen.
Ven, acércate; quisiera, antes que llegue mi hora,
cantar la Irlanda de antaño y las viejas tradiciones:
Rosa roja, Rosa altiva, triste Rosa de mis días.
URSULA K. LE GUIN
Elegía
a Rheged
Espino
helado,
norte gris, colina blanca.
El invierno envuelve
los juncos, los ríos. Todo
está detenido.
¿Quién
ha regresado
en la cruda estación
a la tierra natal?
El fuego ardía
aquí. Bajo la tierra helada
y la blanca escarcha,
aquí estaba el hogar.
De
todos los hijos
perdidos solo yo logré
regresar. ¡No lo elegí
yo! Yo elegí cantar.
El papel de la alondra,
del bardo. El ala, la voz,
deben bajar, detenerse.
La alondra a la tierra,
yo al hogar
bajo la colina helada.
Mi
sangre no es la de un noble
sino la de un siervo
ligado a la tierra.
Detente. Detente.
El
viento del invierno
envuelve el ojo, la mano.
¿Quién
recordará?
La tierra natal,
la tierra conyugal,
la casa del verano.
¿Quién alabará
el trabajo, la bondad,
la mesa puesta,
el hogar de piedra?
En
los días fríos
de finales de diciembre
en el muerto Rheged
solo quedo yo.
El
viento del invierno
envuelve la mano, la lengua.
Las canciones se cantan.
No arde ningún fuego.
Pero
regreso
a la tierra invernal
tras haber elegido
el arte tosco,
el vínculo de las cosas,
de la piedra, la tierra
Estoy obligada a quedarme
bajo el espino
helado, junto al hogar
apagado, y cantar.
De:
“En busca de mi elegía”
BEATRIZ PÉREZ SÁNCHEZ
Has
volado con Poniente,
un viento extraño y una maraña de ojos
un curso hacia esos hilos en los que percibes la vida, la equilibras y la
balanza pesa –
como pesa tu sueño tras la taza de la primera dosis que acomoda al naciente.
A
veces puedes apoyar el descenso con los niños revoloteando cerca.
Te
has envuelto de libros
en una suerte de aventura
en un posible cruce de realidades.
No todo es invisible,
como sí lo son los cuentos nocturnos.
No
sientes un ápice la cicatriz,
ni el amparo del vínculo.
No
somos más que escarcha,
un milagro frágil
unos pies sin sentido.
Somos aquello que perdura
De:
“Memoria”
WILLIAM HENRY DAVIES
El
vagabundo alegre
Soy
un alegre vagabundo: os gruño
y silbo hasta que encuentro otro zoquete.
Llamo “señor” al hombre, “mozo” al chico,
“joven” a la doncella, y a la madre
adulo cuando el niño ya camina.
Aunque en la casa pobre no hay contento
salvo cuando blasfema o anda el niño,
les entristece mi fingida pena.
Cuando —como ese roble sin corteza
que deja ver sus ramas ya desnudas,
inertes sobre el suelo— sin mi abrigo
me tumbo entre una hierba que es tan alta
que ocultaría a un niño, compadezco
a medio mundo. Si es verano, ¿importa
que esté descalzo o que mi piel asome?
Tu precio es la incomodidad, orgullo.
Tú hiciste que aquel bestia se cortara
los pies, que en sus zapatos no le entraban.
Aunque no leo libros, leo al hombre
y en lo que vale el alma precio un rostro
mejor que muchos que creen saberlo.
Cuando el sol luce, me es grato acostarme
todo el día, entregarme a la pereza
y dejar que mi sueño haga el trabajo:
uno muy dulce, sin sudor ni agobio.
Me río de su pena y sus preguntas,
pero siempre halla excusa el hombre ocioso.
Aunque no siempre río: por ejemplo,
qué hermoso el día ayer, qué azul el cielo.
Vino una nube clara y tres oscuras
—barcos piratas que entre sí luchaban—
y una lluvia inclemente durante horas
que casi derribó por tierra el cielo.
Y luego hubo riachuelos, y no fui
ya un vagabundo alegre, sino triste.
Versión
de Gabriel Insausti.
PAULA BOZALONGO
Todo
pasado es guerra, todo presente es paz en otro sitio
Llegada a Ciudad de México con Frank Báez y Andrea Muriel
Un
día subiré a un avión como este
y no pensaré en ti.
La
noche antes del viaje
buscaré entre mis libros
un thriller policiaco
– y no harán el amor los detectives.
En el despegue no cerraré los ojos
ni las balas serán
el coro de tu ausencia
ni el veneno, la rabia
de no estar a tu lado.
A tres mil pies de altura
no me abrazaré a ti
como un pájaro hambriento
sobre un árbol sin frutos.
Cuando
me calme el ruido del motor
tampoco soñaré
que te he olvidado.
En la nueva ciudad
no sentiré tu mano
apretando la mía,
deseándome suerte.
Esta
plaza de armas
no hablará de nosotros,
se quemarán los libros
que te hubiera querido regalar
y de otro amor serán
los tragos de tequila.
Otros
cuerpos subirán conmigo
en ascensor y como no estaré
pensando en ti, pensaré
en conocerlos:
antes que en el paisaje
estaré en ellos
mientras el lago sigue
seco y ruidoso afuera.
Abiertas
las cortinas,
tampoco será tuya la mañana.
De:
“La piel de la naranja”
