El
vagabundo alegre
Soy
un alegre vagabundo: os gruño
y silbo hasta que encuentro otro zoquete.
Llamo “señor” al hombre, “mozo” al chico,
“joven” a la doncella, y a la madre
adulo cuando el niño ya camina.
Aunque en la casa pobre no hay contento
salvo cuando blasfema o anda el niño,
les entristece mi fingida pena.
Cuando —como ese roble sin corteza
que deja ver sus ramas ya desnudas,
inertes sobre el suelo— sin mi abrigo
me tumbo entre una hierba que es tan alta
que ocultaría a un niño, compadezco
a medio mundo. Si es verano, ¿importa
que esté descalzo o que mi piel asome?
Tu precio es la incomodidad, orgullo.
Tú hiciste que aquel bestia se cortara
los pies, que en sus zapatos no le entraban.
Aunque no leo libros, leo al hombre
y en lo que vale el alma precio un rostro
mejor que muchos que creen saberlo.
Cuando el sol luce, me es grato acostarme
todo el día, entregarme a la pereza
y dejar que mi sueño haga el trabajo:
uno muy dulce, sin sudor ni agobio.
Me río de su pena y sus preguntas,
pero siempre halla excusa el hombre ocioso.
Aunque no siempre río: por ejemplo,
qué hermoso el día ayer, qué azul el cielo.
Vino una nube clara y tres oscuras
—barcos piratas que entre sí luchaban—
y una lluvia inclemente durante horas
que casi derribó por tierra el cielo.
Y luego hubo riachuelos, y no fui
ya un vagabundo alegre, sino triste.
Versión
de Gabriel Insausti.
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