"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
martes, 30 de mayo de 2023
ÁNGEL MIQUEL
Paseante
Hay dos estirpes en su linaje. Él, por desgracia,
no está con los que se deslizan, sobrios artistas
erguidos sobre los hielos que forman la superficie
del mundo, y hacen figuras que se celebran
ruidosamente, sino con los que a cada paso
calan lo que abajo quema, sin mayor ganancia.
Pero tiene el consuelo de que tarde o temprano
las dos estirpes van dóciles, cadenciosas,
al mismo sitio, donde sólo las distingue
una inscripción borrosa cincelada en la piedra
y el color de las rosas que nutre tanto calcio.
Y él, ¿quién es? ¿Donde está? ¿Acaso en esa carne
rojiza atormentada por las ganas de amar, en esa espera
de que ocurra un milagro que le quite la angustia,
en la hilera de ilusiones una tras otra quebrantadas?
¿Dónde está, para tomarse con afecto de la mano
y conducirse al buen camino? Busca en la obra
dramática que ve todos los días, y no quiere saber
si el papel que lo espera con los brazos abiertos
es el que quiere actuar hasta que acabe todo.
Para limpiar la mente y olvidar el complicado
asunto se va a pasear al bosque, un gesto
que lo ata con su prehistoria, pues en ese camino
al que dan sombra grandes árboles frondosos
es el mismo extraviado que sus ancestros. Y ahí,
sin saber más que el ritmo de sus pasos,
camina para borrarse, como en una pizarra,
sintiendo cómo el aire fresco que entrecruza
su aliento limpia lo que conoce de sí. Camina,
camina, hasta que algo imperioso y antiguo
lo detiene: la forma de una piedra. No sabe
bien cómo ha llegado hasta esa irradiación,
ni hacia dónde abrirá el follaje su mirada
inocente el segundo que sigue. No importa,
ahí, si el espacio y el tiempo conformaron
alguna vez su vida. En esa piedra, perfecta
en su tranquila eternidad, se hunde para ser,
con ella, majestuosa presencia perdurable.
JOHN ASHBERY
Sólo sueñan con América
Sólo sueñan con América
Perderse entre los trece millones de pilares de hierba:
«Esta miel es deliciosa
aunque pica la garganta».
Y escondiéndose de la oscuridad en graneros
pueden ser adultos ahora
y el cenicero del asesino es más fácilmente;
El lago un cubo lila.
Sostiene una llave en la mano derecha.
«Por favor», pidió de buena gana.
Tiene treinta años.
Eso fue antes
de que pudiéramos conducir cientos de millas
por la noche entre dientes de león.
Cuando su dolor de cabeza empeoró
paramos en una estación de llenado de alambre.
Ahora sólo le preocupaban los signos.
¿Era el cigarro una señal?
¿Y qué pasa con la llave? ¿La clave?
Entró lentamente en la habitación.
«No me habría roto la pierna si no me hubiera caído
sobre la mesa del salón. ¿Qué se siente al estar de nuevo
al lado de la cama? No hay nada que podamos hacer
para liberarnos, salvo esperar en el horror de ello.
Y estoy perdido sin ti».
Versión
de Julio Mas Alcaraz
SILVIA COLMENERO
Nada
Nada en el depósito de mi albedrío
nada un pez un todo estanque
ya sin moverse no hay anillos que sus líneas
crucen las paredes de mi hueco en resonancia,
sólo hay eco y hoy las ondas
no se tocan entre sí una sola curva.
¿Dónde hay agua?
siento árida una esquina de mis ojos,
¿dónde hay sed con que humectarse la garganta?
Nada ya desde mi vientre
nada un vaho un fútil soplo
ya sin olor para crecer parir obrar
los verbos fáciles como las putas
que lo mismo dan sin recelos
sin hacer cimbrar estallidos ni tumbas
sin acción encumbrada en su seno
un tanto descuadrados sin palanca ni arista
dispuesta a destruirse.
Estáticas las aguas hay en mi marea
nada en las neuronas dispersas
nada un entusiasmo una violencia
ya sin augurio no hay redes que dispongan
coordenadas anunciantes de una nueva profecía
sólo es mundo un inconexo páramo en que el otro es una tinta
llena de palabras armas donde no hay un timbre que se inicie en las olas.
PABLO ANADÓN
El ruido de la segadora
De pronto el ruido de la segadora
Se ha acallado, y entonces percibimos
Que nos ensordecía. Y entreoímos
En la mente el latido de esta hora
Silenciosa del campo… Hay una hora
Así en la vida, cuando lo que fuimos
Por años, se detiene, y descubrimos
Que esa voz que se apaga y se demora
Es la nuestra. Sentado en el sillón
De mimbre viejo en el umbral de casa
He traído de nuevo al corazón
Tanta cosa querida, y en la escasa
Luz del día he rezado una oración
Por vos, por mí, por lo que fue y ya pasa.
MARÍA ELENA SOLÓRZANO
VIII
Tu ombligo es un enigma,
la mitad de tu bella geografía,
el punto nodal de tu epidermis.
Buscando una moneda lo recorro,
encuentro la llave clandestina
que al centro de tu vientre me conduce.
Allí trasciende la semilla.
Allí los advenimientos nacen
y se ocultan los azogues.
Instante de abiertos tulipanes.
Tu ombligo es alborozo de la tierra
y no me importan nubarrones
ni murallas en los cerros
ni los hirientes guijarros de la calle
ni el trueno que rumia la tormenta.
