sábado, 15 de abril de 2023


 

LUCILLE CLIFTON

 


 

Advertencia

 

muchachos
no les prometo nada
pero esto en lo
que ustedes se empeñan
yo redimiré
lo que robas
ocultaré
mi silencio privado para
tu culpa publica
es todo lo que tengo

chicas
primera vez que un hombre blanco
abre su bragueta
como algo bueno
nosotras nos reiremos
reiremos muy fuerte mis
mujeres negras

niños
cuando les pregunten
¿Por qué tu mamá es tan divertida?
digan
ella es poeta
ella no tiene sentido

 

 

ARTHUR RIMBAUD

 


 

El ángel y el niño

 

El nuevo año ha consumido ya la luz del primer día;
luz tan agradable para los niños, tanto tiempo esperada y tan pronto olvidada,
y, envuelto en sueño y risa, el niño adormecido se ha callado…
Está acostado en su cuna de plumas; y el sonajero ruidoso calla, junto a él, en el suelo.
Lo recuerda y tiene un sueño feliz:
tras los regalos de su madre, recibe los de los habitantes del cielo.
Su boca se entreabre, sonriente, y parece que sus labios entornados invocan a Dios.
Junto a su cabeza, un ángel aparece inclinado:
espía los susurros de un corazón inocente y, como colgado de su propia imagen,
contempla esta cara celestial: admira sus mejillas, su frente serena, los gozos de su alma,
esta flor que no ha tocado el Mediodía :
«¡Niño que a mí te pareces, vente al cielo conmigo! Entra en la morada divina;
habita el palacio que has visto en tu sueño;
¡eres digno! ¡Que la tierra no se quede ya con un hijo del cielo!
Aquí abajo, no podemos fiamos de nadie; los mortales no acarician nunca con dicha sincera;
incluso del olor de la flor brota un algo amargo;
y los corazones agitados sólo gozan de alegrías tristes;
nunca la alegría reconforta sin nubes y una lágrima luce en la risa que duda.
¿Acaso tu frente pura tiene que ajarse en esta vida amarga, las preocupaciones turbar
los llantos de tus ojos color cielo y la sombra del ciprés dispersar las rosas de tu cara?
¡No ocurrirá! te llevaré conmigo a las tierras celestes,
para que unas tu voz al concierto de los habitantes del cielo.
Velarás por los hombres que se han quedado aquí abajo.
¡Vamos! Una Divinidad rompe los lazos que te atan a la vida.
¡Y que tu madre no se vele con lúgubre luto;
que no mire tu féretro con ojos diferentes de los que miraban tu cuna;
que abandone el entrecejo triste y que tus funerales no entristezcan su cara,
sino que lance azucenas a brazadas,
pues para un ser puro su último día es el más bello!»

De pronto acerca, leve, su ala a la boca rosada…
y lo siega, sin que se entere, acogiendo en sus alas azul cielo el alma del niño,
llevándolo a las altas regiones, con un blando aleteo.

Ahora, el lecho guarda sólo unos miembros empalidecidos, en los que aún hay belleza,
pero ya no hay un hálito que los alimente y les dé vida.
Murió… Mas en sus labios, que los besos perfuman aún, se muere la risa,
y ronda el nombre de su madre;
y según se muere, se acuerda de los regalos del año que nace.
Se diría que sus ojos se cierran, pesados, con un sueño tranquilo.
Pero este sueño, más que nuevo honor de un mortal,
rodea su frente de una luz celeste desconocida,
atestiguando que ya no es hijo de la tierra, sino criatura del Cielo.
¡Oh! con qué lágrimas la madre llora a su muerto
¡cómo inunda el querido sepulcro con el llanto que mana!
Mas, cada vez que cierra los ojos para un dulce sueño,
le aparece, en el umbral rosa del cielo, un ángel pequeñito que disfruta
llamando a la dulce madre que sonríe al que sonríe.
De pronto, resbalando en el aire, en tomo a la madre extrañada,
revolotea con sus alas de nieve
y a sus labios delicados une sus labios divinos.

 

SANDRA CISNEROS

 

 

 

Perras

  

No puedo imaginar a esa mujer blanca y tonta
contigo. Su piel rosada en tu oscuridad.
Tu lengua sobre la de ella. No puedo
imaginar sin reírme.
Quién lo hubiera pensado.

No su ex novio…
tu viejo camarada favorito,
el que juraste que era más grueso que los parientes
tu hermano de sangre blanca, tu amigo–
que quiere cortarte abierto
como a un cerdo
y no lo culpo.

No es gracioso.
Él actuando como mexicano,
tú actuando como blanco.

No me puedo imaginar a esta mujer.
ni a tu ex esposa blanca, ni a ninguna
de aquellas a quienes abrazaste y sostuviste,
tan extrañas del país que compartimos.

Maldita sea. ¿Dónde está tu respeto?
Podrías haber usado un poco de imaginación,
elegir a alguien que no conocía. O al menos,
una perra más a mi gusto.

 

 

JUAN GONZALO ROSE

 

 

 

El vaso

 

Roto ha de estar, supongo,
el vaso cojo de mi antigua casa.
¡Cómo ha podido contener, él solo,
el agua toda que bebí en mi infancia!
Alguna mano familiar y amiga
debió romperlo —una tarde acaso—
y toda el agua de mi infancia rota
cayó en mi alma, viuda de ese vaso.
No lo neguéis (mamá, no ha sido adrede)
desde aquí estoy viendo,
parado y solo en terraplén extraño,
el agua de mi infancia derramada.
Así como yo cuido mi corazón, cuidadme
los amados objetos de este reino
que edifiqué con risa ya llorada.
Ayer —no me lo dijo nadie, lo he sabido
como se advierte el dolor del llanto
en la cama de hotel que nos cobija—
alguien ha roto el vaso donde un niño
supo peinar la sed de lo jugado.
Por eso insisto:
guardad las cosas del que está lejano,
defendedlas de los vuelos terribles de la mano.
Estar ausente tantos años hace
sentirse un muerto al vivo más presente
y por eso perdono (yo al culpable)
tanto naufragio,
tanta rotura de alma impunemente.
Pero el vaso, no, el vaso nunca:
otros vasos habrá, pero ninguno
que conserve los versos de la fuente

 

 

JULIE SOPETRÁN

 

 


Castillo

 

Un castillo de sueños ¿Quién lo diría entonces
cuando al muro del alba le crecía lo ingrato?
Un castillo de luchas para la oscura infancia,
Los juegos de la guerra, las torres de la sangre,
Baluarte en la sombra que nos dejó perdidos.
He subido la cuesta de olivos centenarios
He pisado la historia: la que yo nunca quise
Y han subido conmigo los recuerdos contados
Mis padres, mis abuelos, las edades, los libros
El tiempo que se adhiere como si fuera el musgo
de las ruinas perdidas, en los vientres heridos…
Y he subido contigo porque le falta al muro
¡Ese Amor de la tarde que nunca fue vencido!

 

 

XAVIER ABRIL

 

 


Patética

 

Caída del éxtasis,
en el atardecer, entre pasiones e incendio,
música de silencio.

Tu frente se eleva como el fuego.

Se oyen los ríos, la corriente de la libertad y del paisaje.

La hoja independiente, la gota de agua,
iguales a un cosmos o poema.

Estás allí donde la sangre canta,
en lo desnudo del aire, en la vena del alba.