sábado, 8 de agosto de 2026


 

JUAN PABLO ZAPATER

 


 

La vida a veces:
aguantar bajo el agua
sin respirar.

MERCEDES VIAUD ROCHAC

 

 

 

Una ceiba poblada de alas

Cómo conocí a Masferrer.

 

Aquella tarde de octubre de 1929 era de una luminosidad insinuante. Invitaba a la realización de algo grande, más que a la meditación y más que a la contemplación pura de la belleza.

Emma Posada, Matilde Olmedo y yo, deliberamos en qué podríamos emplear aquel marco luminoso y celeste de la tarde. Por unanimidad acordamos visitar por primera vez y presentarnos sin madrina, al Maestro Masferrer.

Llegamos casi infantilmente a una casita de esas que ya no se ven sino en los nacimientos.

—¿Aquí vive don Alberto Masferrer?

—Sí, pasen adelante.

El Maestro estaba enfermo. Nos hicieron pasar hasta su cama. Una voz suave de niño endulzó el ambiente.

Después de hablar sobre la filosofía de las enfermedades, nos dijo:

—¿Por qué han venido a buscarme?

—Para recibir sus consejos, Maestro; nosotras acabamos de salir del colegio; llevamos dentro muchas inquietudes, pero necesitamos orientación.

—Sí. Es menester que ustedes, ante todo, se busquen, se tracen un plan de trabajo y estudio, para saber sobre qué terreno van a emprender la jornada. Sin un fin, sin un ideal sincero la vida no tiene objeto. ¿Son maestras?

—No. Hicimos con el profesor Francisco Luarca un curso libre.

—Pero ¿libre como el mar y el pájaro, sin limitaciones?

—Usted conoce a Luarca, es libre y fuerte de verdad. Por él le conocimos; fue él quien nos enseñó a quererle, y por ese impulso afectivo estamos aquí.

Insistía:

—Escudríñense. Vean, ustedes no harán nada bueno, mientras sigan pensando tanto en ustedes mismas. Hay que arrancarse el alma y darse plenamente.

Tras ese preludio, fue al punto:

—Tengo una gran esperanza en la mujer. He tratado mucho tiempo con hombres de lucha, pero ellos mismos me han descorazonado. Prepárense, la vida necesita con urgencia de la acción femenina. La mujer es más fervorosa y constante; la obra es más de amor. Ha de tender sus brazos como ceiba pródiga, fuerte, sencilla y suave para barrer las lacras sociales, los vicios morales. La ceiba simboliza a la mujer del futuro.

Fueron sus palabras alas, que nos hicieron volar sobre un espacio duro de realidad humana.

Masferrer humanista manifestó sus tristezas a tres mujeres que habían llegado a él en busca de una estrella blanca.

Desde entonces, desde aquella tarde luminosa, Masferrer ha sido para mí la Unidad Perfecta: Fe, Esperanza y Caridad.

 

 

 

PEDRO CEPEDAL

 

 


 

15 [Eidolon]

 

Mirar es prerrogativa de vivos
Lo veo

La pantalla permanece apagada
Su sombra es horizontal
La imagen se descompone en el vidrio

Lo veo
No hay memoria sin la luz
No hay dolor sin la memoria

 

De: “Ananké”

 

 

 

ELIZABETH BARRET BROWNING

 

 

  

 

Lo que requiere un hombre

 

I

Ámame, Dulce, con todo lo que eres,
Sintiendo, pensando, viendo;
Ámame en la parte más ligera,
Ámame en pleno ser.

 

II

Ámame con tu juventud abierta
En su franca rendición;
Con el voto de tu boca,
Con su tierno silencio.

 

III

Ámame con tus ojos azules,
Hechos para concesiones serias;
Tomando color de los cielos,
¿Puede faltar la verdad del Cielo?

 

IV

Ámame con sus párpados, que caen
Como nieve al primer encuentro;
Ámame con tu corazón, que todos
Los vecinos entonces ven latir.

 

V

Ámame con tu mano extendida
Libremente — de mente abierta:
Ámame con tu pie que se demora, —
Oyendo uno detrás de él.

 

VI

Ámame con tu voz, que se vuelve
De repente débil sobre mí;
Ámame con tu rubor que quema
Cuando murmuro ‘¡Ámame!’

 

VII

Ámame con tu alma pensante,
Quiébrala en suspiros de amor;
Ámame con tus pensamientos que ruedan
A través de vivir — y morir.

 

VIII

Ámame en tus aires majestuosos,
Cuando el mundo te ha coronado;
Ámame, arrodillada en tus oraciones,
Con los ángeles alrededor.

 

IX

Ámame pura, como las musas,
Subiendo los bosques umbríos:
Ámame alegre, rápida y verdadera,
Como una dama hechicera.

 

X

A través de todas las esperanzas que nos mantienen valientes,
Más lejos o más cerca,
Ámame por la casa y la tumba,
Y por algo más alto.

 

XI

Así, si quieres probarme, Querida,
El amor de la mujer no es una fábula,
Yo te amaré — medio año —
Como un hombre es capaz.

 

 

FREDY TATO MEJÍA

 

  

 

Poema para leer en voz baja

 

Se oyen ruidos,
como a tos de pan viejo.
Pon la mano en la pared:
hay cucarachas desnudas,
roncas como la tierra,
te buscan, me buscan.
Se oyen tambores como huracanes,
alguien tropieza en la mugre.
Es cierto,
pon la lengua sobre la lluvia:
afuera cierne una embestida de voces
invocan a las piedras, al fuego.
Te juro, se oyen ruidos:
un trepar de sombras sobre adoquines,
la hiedra late en la esquina del tedio.
Pon la frente sobre la pólvora:
las brasas redoblan la grasa del sol,
la cal arremete la memoria.
Aquí, donde estalla la humedad,
siente, se oyen ruidos,
oye cómo se baraja la angustia,
cómo caen los fémures de los ausentes,
cómo doblan el paso las bestias ciegas.
Siente, pon el ojo sobre la niebla:
dios orina sobre nosotros
y se ríe.
Siente, se ríe de nosotros.
Alguien lo observa desde la sima,
un ojo raspa el fondo de la vergüenza.
Pon tus dedos sobre la tierra,
siente, alguien llama:
traquetea las hierbas,
siente,
se oyen ruidos,
quizá patadas:
escarban la brisa,
se acercan al hielo,
crepitan de furia.
Se oyen ruidos,
se oyen ruidos.
La ciudad como un farol,
se acerca.
Pon los pies sobre la calle,
debajo,
más cerca del miedo,
se oyen ruidos
y nadie lo nota.
Pon la sangre sobre la clepsidra,
una cascada de mugre ladra.
Es cierto, se oyen ruidos:
un arañar de horas tras la cortina,
mete el brazo en la incógnita,
palpa el ruido;
el escarabajo del fracaso
reptará por la gangrena del futuro.
Se oyen ruidos,
tras la nuca,
siempre atrás.
Siente el sordo gotear del licor:
algo murmura en la almohada,
pon la mente en la trenza del sueño,
la escama del desamparo,
una plaga de anfibios
burbujea en la amnesia.
Acércate, se oyen ruidos.
Se desmoronan los teatros,
de rodillas se resquebraja
la torre de incertidumbres,
los astros se desploman
como mariposas en el invierno
en la marea se quebranta,
sobre las llanuras,
toda la materia crepita
colmada de moho.
Entre los escombros,
un rostro deplorado
toca la canción de la orfandad.
Se oye un ruido.
Pon el oído sobre la luz:
soy yo el que asoma
sobre el silencio.

  

 

VANESSA NÚÑEZ HANDAL

 


 

Murciélagos

 

Mientras otros miran el mundo al derecho,
él lo mira al revés y en lo oscuro.
No tiene ojos y conoce el camino.
Su casa es la boca que abren las cuevas
para resguardarlo del día.
Su día es noche y con la luz duerme.
Por eso vuela sobre nuestros sueños.