lunes, 3 de julio de 2023


 

MARÍA MOMBRÚ

 


 

El policía

 

El policía se sienta a comer
la mujer sirve la sopa
los hijos se arrojan miguitas de pan
la mujer hace ruido al tragar
los hijos se pellizcan por debajo de la mesa
el policía piensa en su trabajo

inútil y brutal…

El policía se escarba los dientes
los chicos pelean por una manzana
la mujer saca los platos y se rasca la cabeza
el policía piensa en su trabajo

inútil y brutal…

El polícía se sienta a la sombra
de un árbol
la mujer mete las manos en el agua engrasada
los chicos se persiguen
y las moscas caminan por la mesa
el policía piensa en su trabajo

inútil y brutal…

La mujer friega las ollas
y mira con ojos vacíos
los hijos gritan y tienen todos calor
el policía piensa en su trabajo

inútil y brutal…

Mientras el calor aplasta
la mujer de manos enrojecidas, piensa
los hijos se sientan a descansar
el policía piensa en su trabajo
piensa, piensa, piensa.

 

 

LUIS ANTONIO DE VILLENA

 

 

 

El emperador elogia huir del día

 

Admirable Frontón: Salve. He sabido que, en Cirene,
cerca del mar verde, has conjugado las letras con tu
Ulíades, y moras en el sol de la juventud y la sabiduría…
Cómo te envidia Marco Aurelio, entre los árboles del norte,

con nieves y celliscas y los violentos acechos ignorantes…
Podrás gozar del aceitado brillar de las palestras y observar
los esbeltos cuerpos en el agua desnuda:
Como un verso de Meleagro que resuena en la noche.

Nuestro mundo se hunde, mi querido, y las palabras y los
actos nobles serán ignorados pues para estos que llegan
nada significan bondad o belleza o palabras limadas.

Acuérdate de mí, aún maestro, y no te turbe mi aviso.
Todo será rudeza y ceniza, pero tú has construido un
fuerte de suaves muslos, sol dorado y palabras de juicio…

(De verdad, acuérdate de mí, en letras y palestras, amigo.)

En vuelo México-Madrid, 6 de agosto de 2021

 

 

 

ANTONIO RINALDI

 


 

Epigramas del otoño

I

Es esta sombra de otoño
la que me aflige, es la luz
que muere a mis espaldas y me engaña.

Es el tramonto, el fin
silencioso y suspendido;
es la rosa de octubre, la caída
inmóvil del cielo en su confín.

 

Versión de Guillermo Fernández

 

BERNARDO CARBÓ

 

 

 

Afecto

 

Aquí en el rancho le llaman “romper al caballo”. No he olvidado una sola palabra en español, pero en la ciudad jamás oí un sinónimo violento para domesticar. Una vez que el caballo reconoce el peso de la silla para montar como el suyo, una vez que el caballo admite las órdenes del jinete como las suyas, aseguran los rancheros que su relación más íntima es con el animal. ¿Será? Después lo somete, después lo apapacha. A falta de cuerdas vocales, el caballo agradece lamiendo un cubito de sal desde su palma extendida. Ya se irá el vaquero a cenar filete, ya se irá a beber güisqui y bailar con sus botas de serpiente. Si tuviera pulgares, el caballo se quedaría en casa a lavar los trastes.

 

PABLO PICENO

 

 

 

AMÉ A UNA CHICA que conoció a Dios en el Camino de Santiago
no la estreché en mis brazos nunca porque ella no me amó
pero pasé días semanas imaginando cómo sería el amor correspondido
besar sus labios prodigiosos para distinguir una pasta frutti di mare de otra
de maridar el vino más propicio para cualquier ocasión
o cuando la vi llorar cuando hablaba de su padre muerto de cáncer
mientras the police cantaba how my poor heart aches
un absoluto lugar común para cualquiera
pero entonces el luminoso cielo se partió en trozos y yo pensé
que esa tarde comenzaba la historia sin fin de la piedra apartada del pozo
viendo cómo no paró de sonreír en adelante
no sabía que la gente puede sonreír así, sin motivo aparente
más que lo que la teología se dio en llamar la beatitud evangélica
que ella encarnaba

ya nada queda de ese amor
dichosos los que lloran los que son perseguidos en la sombra
a causa de ese amor
porque de ellos será el reino
los que ahora tienen hambre

 

AURELIA CORTÉS PEYRON

 

 

 

Fuera

 

Como somos un calor inesperado,
venimos empapadas de nuestro vivir en interiores
y nuestras extremidades buscan manijas, pedales, llaves y anaqueles,
como nuestra piel sin tela es temerosa
y no entendemos la escritura
parasitaria de las plantas;
como en la noche crujen ramas sin pasos
y otros animales respiran,
como hay siluetas que parecen más de arcilla,
frutos venenosos y nidos de arañas,
le pedimos permiso al árbol grande
para pasar al otro lado del bosque,
al otro lado del puente:
es nuestra migaja de pan para asegurarnos
de que sea siempre el mismo umbral
y que esté, de regreso, donde lo dejamos.

 

De: “Xicotepec”