martes, 6 de octubre de 2020

NIKOLAI GUMILIOV

   

 


El sexto sentido



Maravilloso tener vino enamorado,
Y pan amoroso en el horno para nosotros,
Y una mujer, extenuada, a quien
Le ha sido dado deleitarnos. 

Qué podemos hacer con esta aurora rosada 
Que cobija los cielos helados, 
Donde reina el silencio y el sosiego celeste, 
¿Qué podemos hacer con tantos versos ineludibles? 

Ni comer, ni beber, ni besar.
El instante vuela incontenible,
Y  aunque nos esforcemos
Estamos condenados a pasar sin detenernos.

Somos como el niño que olvidando sus juegos
Espía, a veces el baño de las muchachas
Y sin saber nada acerca del amor
Se atormenta con tantos deseos misteriosos.

Como otrora en los bosques tupidos
Criaturas huidizas, bramando de impotencia,
Presentían sobre sus hombros
Las alas que aún no salían.

 

De igual manera, siglo tras siglo,
Bajo el escalpelo de la naturaleza y el arte,
grita nuestro espíritu, desfallece la carne,
Originando el órgano del sexto sentido.

 

Versión de Jorge Bustamante García

 

TED HUGHES

  

 

 

Canción

 

 


     Dama, cuando la punta lunar te bendecía
te hiciste fuego suave grácil como una nube;
difíciles estrellas te nadaron el rostro;
erecta estabas y era tu sombra mi lugar:
te volviste y volvióse tu sombra entonces hielo,
                                   Oh, mi dama.

     Dama, cuando las aguas del mar te acariciaban,
eras mármol de espuma, mas guardabas silencio.
¿Cuándo nos abrirá la lápida su tumba?
¿Cuándo nos cederán sus espumas las olas?
Tú no perecerás ni volverás a casa,
                                  Oh, mi dama.

     Dama, cuando los vientos te besaban,
música les volviste pues eras caracola.
Yo sigo en pos del agua y de los vientos desde
que los oyó mi alma rompiéndose en pedazos
hurtados por vosotros, amantes desalmados,
                                 Oh, mi dama.

Dama, piensa en el día cuando te habré perdido,
la luna a manos llenas esparcerá sus sobras,
las manos del mar, sucias del pecho de la tierra,
la herrumbre del planeta bajo el tacto del viento,
y mi cabeza, rota de amor, por fin tranquila
entre mis manos que estarán llenas de polvo,
                                 Oh, mi dama.



Versión de Jesús Pardo

 

 

GEORG HEYM

  


 

Ah, tus largas pestañas...

 

 


Ah, tus largas pestañas,
el agua oscura de tus ojos.
Déjame hundirme en ellos,
descender hasta el fondo.

Como baja el minero a la profundidad
y oscila una lámpara muy tenue
sobre la puerta de la mina,
en la umbría pared,

así voy yo bajando
para olvidar sobre tu seno
cuanto arriba retumba,
día, tormento, resplandor.

Crece unido en los campos,
donde el viento reside, con embriaguez de mieses,
el alto espino delicado
Contra el celeste azul.

Dame tu mano,
y deja que creciendo nos unamos,
presa de todo viento,
vuelo de aves solitarias.

que en verano escuchemos
el órgano apagado de las tempestades,
que nos bañemos en la luz de otoño
sobre la orilla de los días azules.

Alguna vez iremos a asomarnos
al borde de un oscuro pozo,
miraremos el fondo del silencio
y buscaremos nuestro amor.

O bien saldremos de la sombra
de los bosques de oro
para entrar, grandes, en algún crepúsculo
que roce tu frente con suavidad.

Divina tristeza,
ala de eterno amor,
alza tu cántaro
y bebe de este sueño.

Una vez alcancemos el final
adonde el mar de manchas amarillas
calladamente invade la bahía
de setiembre,

reposaremos en la casa
donde las flores escasean,
en tanto entre las rocas
tiembla un viento al cantar.

Pero del blanco álamo
que hacia el azul se eleva
cae una hoja ennegrecida
a descansar sobre tu nuca.

 

 

Versión de Ernst Edmund Keil
De: "Tres poetas expresionistas alemanes"

 

NÂZIM HIKMET

  

 


Al partir, me quedan cosas que acabar...





Al partir, me quedan cosas que acabar,
                                                                al partir.
Salvé la gacela de la mano del cazador,
pero siguió desvanecida, sin recobrar el sentido.
Cogí la naranja de la rama,
pero no pude despojarla de su corteza.
Me reuní con las estrellas,
pero no pude contarlas.
Saqué agua del pozo,
pero no pude servirla en los vasos.
Coloqué las rosas en la bandeja,
pero no pude tallar las tazas de piedra.
No sacié mis amores.
Al partir, me quedan cosas que acabar,
                                                                  al partir.

 

Junio de 1959


Versión de Fernando García Burillo  

De: "Últimos poemas 1959-1960-1961"

MIHAÏ BENIUC

  


 

Antes del invierno





Este es mi tiempo, el otoñal, el último. 
Ataré mi caballo del tronco de algún árbol 
en el lindero de la selva oscura 
y me extraviaré por los campos que huelen 
a lentas flores tristes, a frases muy maduras, 
a hierbas marchitadas por la helada nocturna. 
Podré escuchar al grillo que intermitentemente, 
solitario, afligido, guarda su violín. 
Golondrinas, halcones y grullas se marcharon, 
ya no hay más resplandor que el de la estrella 
de la tarde, en el cielo como un lar apagado. 
La alta cima, de un día a otro, estará nevada, 
y yo, cerca del fuego, en mi retiro, 
me pondré mi zamarra de piel, amortajando 
en los recuerdos el hogar del alma. 

Cual si perteneciera a la edad de la piedra, 
tanto se amontonaron, con los años que pasan, 
tristezas, aventuras y residuos de sueños. 
Este es mi tiempo, el otoñal, el último. 
El lago está más claro, pero más fría la onda. 
y la hoja verde, enrojecida, gualda, 
se balancea y cae como antes lo hacía. 
Voluptuoso juego este de ir al descenso 
en los racimos de uvas que han guardado la fuerza 
y la miel de la tierra en su granos pesados. 
Se canta en los lagares y cuán hermosas son 
las mujeres que hacen la vendimia riendo. 
Sobre el lago azulado el viento se estremece 
y un inquieto temblor se extiende por las aguas 
como el que al primer beso aparece en los ojos 
cuando al prender la fina cintura de la amada 
se siente que el gran Eras te ha vencido. 
¿Todavía el otoño tiene tales encantos 
cuando ves en las cumbres la nieve deslumbrante? 
¡Ah!, el otoño, el otoño es aún mucho más rico, 
más denso de secretos y también más profundo, 
con días cual lagartos que pasean al sol, 
noches de terciopelo y brillantes estrellas 
que parecen aún más altas y lejanas 
de este globo terrestre, cuya pequeña barca 
gira rápidamente alrededor del sol, 
al tiempo que nosotros, entre tantos aromas, 
somos, presos del vértigo y locos de entusiasmo, 
como niños que montan caballos 'de madera. 
Pronto de todos modos va a descender la noche 
y hacia las casas vamos llorosos, pues los padres 
-o el destino- nos tienen prohibido 
dar vueltas en la feria también después de muertos. 
Otoño, otoño, ay, mi estación bien amada, 
cuánto, cuánto te quise, pero ya envejecí 
y si en los caballitos de madera 
no puedo montar más, es ciertamente signo 
de que les llegó a otros el turno y la ocasión 
de que el gran torbellino los lleve en su locura.

  

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

 

INGEBORG BACHMANN

  


 

Bajo la tormenta de rosas




Adonde nos dirijamos bajo la tormenta de rosas,
las espinas iluminan la noche, y el trueno
de las hojas, antes tan silenciosas en los arbustos,
nos sigue ahora muy de cerca.

 

Versión de Arturo Parada

De: "El tiempo postergado"