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jueves, 30 de abril de 2020

GISÈLE PRASSINOS





Una conversación



En un campo de trigo,
El hombre viste una túnica de encaje ocre manchada de rojo.
El caballo está desnudo. De su cola cuelga una caja de cerillas de donde asoman las antenas de un saltamontes.
El hombre está sentado sobre un cojín blanco adornado de dibujos verdes.
El caballo sobre el hombre.

El hombre: ¿Hemos despreciado el diamante verde?
El caballo: Creo que la ley nos obliga a hacerlo. La ley ha sido disminuida y mi espíritu exige la reducción de las bujías.
El hombre: Recuerda, bribón, que el hombre no tiene el derecho de satisfacer los empleados y que incluso el teléfono se niega a pagar los impuestos.
El caballo: Comprender es disminuir.
El hombre: No, puesto que todavía no hemos intentado nuestra posibilidad. Podríamos hacerlo, ya que es más fácil.
El caballo: No, no, no crea en estas cosas concretas que pese a su dignidad, deben agorar su charlatanería. Insúltelas, dígales estupideces que carezcan de valor, verá cómo nos seguirán.
El hombre: ¿Y eso por qué? ¿No tengo ya bastantes groserías para tener que ocuparme, además, de la cola de un millonario?
El caballo: ¡El amor que he amado me ha apreciado siempre!
El hombre: Sí, a mí también.
El caballo: Somos de la misma cumbre.


sábado, 18 de abril de 2020

GISÈLE PRASSINOS





El hombre de la tristeza



   Se diría que Pedro se come a sí mismo poco a poco.

   Se diría que se gasta por dentro y que pronto va a disolverse bruscamente, en una última convulsión.

   Su piel parece muy frágil, y como el único asiento de su vida.

   Porque en su interior hay tan sólo noche y aridez.

   Su sangre, su corazón, su dignidad, están en esa piel que se esfuerza por conservar intactos los rasgos  de Pedro.

   Pedro sólo existe en sus rasgos más sombríos y ahuecados, con una nuca saliente que lo traiciona.

   Toda la tristeza de Pedro está inscrita en su nuca. Una nuca nacida para la tristeza.

   Antes, Pedro tenía cuello, pero no tenía nuca.

   Mezclado con la multitud, no se lo ve; pero si se vuelve, su presencia estalla. El hombre de la tristeza ha llegado. Humilde y fatigada, la nuca se pasea. Ella, la indecente, revela, explica todo lo que el rostro ha logrado ocultar.

   Ése es el pobre Pedro.


Version de Aldo Pelligrini


domingo, 12 de abril de 2020

GISÈLE PRASSINOS





La langosta artrítica



Busqué por todas partes un lugar de reposo
                    por qué no
 sin siquiera atrapar un aro en la piel
                    cierto que no
 encontré un riel con alquitrán
                    hay que decirlo
 mi flor perdió su primer capullo
                    pero en broma
 pinché a una vaca con un bombón
                    porque sí
 di que es una blusa de papel marrón
                    yo no tengo
 Escupí tinta en la sartén
                    si mi corazón
 mientras saboreaba la goma de borrar
                    qué dolor
 comí afrecho que tenía sarampión
                    sin gritar
 cuando tuve la panza llena cargué mi pipa
                    tu zapato se soltó


Versión de Aldo Pelligrini

lunes, 6 de abril de 2020

GISÈLE PRASSINOS





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Un señor que tomaba el metropolitano tenía bajo el brazo un gran paquete del que salía un trozo de tela verde. Como todo el mundo le miraba, dijo desatando su zapato: "Emplead la tinta Watterman". Luego descendió los tramos de la escalera cojeando.

Así que llegó abajo, se sentó en un banco con los pies bajo su trasero. Y ahí, comenzó a desembalar su paquete. Pero no sacó nada, ni siquiera un trozo de tela verde.

Cuando el tren entró en la estación, partió corriendo con su paquete bajo el brazo. Pero no había ya tela verde. Sólo una cresta de gallina colgaba. El tren silbó.

A lo lejos se escuchó una voz grasosa: "Es una marca muy buena".

Cerca de mí, un señor se puso verde.