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domingo, 29 de agosto de 2021

EDUARDO LIZALDE

 

  

El sexo en siete lecciones

 

 

1. Gozo y tortura
que el Tártaro y el Cielo
-uña de carne- desempeñan.

Al sexo y su desorden milagroso,
a su perfecto matrimonio; ,
de beso y abrelatas, sucumbimos.

A la gloria del sexo,
a su desenfrenado latrocinio,
su avaricia impecable,
alto, cedemos.

 

* * *

 

2. Y por estar a flote,
por ser la superficie de la espuma en la piel,
por ser lo más visible y general,
por ser el más común lugar del paraíso visitado,
el sexo, lo evidente,
lo que a todos iguala,
lo esencial-sabia era Eva,
ingenuo Segismundo-,
por ser el sexo algo tan real,
lo único real acaso,
sólo se existe y vive a su merced.

No es reducible el sexo a números ni a ciencia,
no es cosa comprensible,
no es natural ni humano
y la divinidad lo desconoce.

Lo real no está sujeto a inquisición.

 

* * *

 

3. El tiempo escaso por costumbre
y, por la costumbre, frágil,
no basta para el amor
y es demasiado para el sexo.

Pero si en sexo se midiera el tiempo
si el sexo -el gozo, mejor dicho- fuera
una unidad de tiempo,
sería la más pequeña
que el reloj pudiera imaginar,
la apenas registrable,
el átomo del tiempo.

 

* * *

 

4. Ni el denodado goce de los cuerpos,
ni el carnívoro roce de las bocas,
ni las fieras sensuales de los dedos,
ni las mejillas ardorosas,
ni el sudor refrescante de los pechos
-su rima encantadora-,
ni el tacto delicioso de los muslos,
ni la plata del pubis,
ni las caudas azules y viriles,
son suficientes para el sexo.

La plena saciedad misma, no basta.
Lacios los cuerpos tras el goce, exhaustos,
bebidos uno a otro hasta las plantas,
sueñan, despiertos, con el sexo.
Sólo han probado, sólo empiezan a hervir.
La saciedad más absoluta
es siempre, apenas, el principio.

 

* * *

 

5. El cuerpo es siempre virgen para el sexo.
El cuerpo siempre, Paul, recomenzando.
Y el cuerpo eterno, el fiero eterno cuerpo
muere antes que el sexo.

 

* * *

 

6. Y nada de que el sexo
sólo con amor es sexo.
El sexo es siempre amor,
nunca el amor es sexo.
El amor no es amor,
el sexo es el amor.
No hay sexo sin amor
pero hay amor sin sexo, y no lo es.
Todo amor sin sexo es corruptible.
Sólo una advertencia:
es ya desgracia conocida
que el sexo y el amor no sean posibles
sino con personas,
con almas y con cuerpos de cuatro dimensiones,
con seres existentes,
y nunca con fantasmas o sombras pasajeras,
mucho menos con plantas o gallinas.

 

* * *

 

7 (y última). El sexo es una cosa
que se embellece cuando se la mira.
Y la prostitución es su magnífico revés,
su negación perfecta,
su ausencia depresiva.
El sexo es este Dios moldeado
por su más portentosa y vil creatura.

 

jueves, 30 de octubre de 2014

EDUARDO LIZALDE



Recuerdo que el amor era una blanda furia...

'Lo he leído, pienso, lo imagino;
existió el amor en otro tiempo.'
Será sin valor mi testimonio.

Rubén Bonifaz Nuño

 

 
Recuerdo que el amor era una blanda furia
no expresable en palabras.
Y mismamente recuerdo
que el amor era una fiera lentísima:
mordía con sus colmillos de azúcar
y endulzaba el muñón al desprender el brazo.
Eso sí lo recuerdo.
Rey de las fieras,
jauría de flores carnívoras, ramo de tigres
era el amor, según recuerdo.
Recuerdo bien que los perros
se asustaban de verme,
que se erizaban de amor todas las perras
de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor
—como si lo estuviera viendo—.

Lo recuerdo casi de memoria:
los muebles de madera
florecían al roce de mi mano,
me seguían como falderos
grandes y magros ríos,
y los árboles —aun no siendo frutales—
daban por dentro resentidos frutos amargos.
Recuerdo muy bien todo eso, amada,
ahora que las abejas
se derrumban a mi alrededor
con el buche cargado de excremento

 

viernes, 24 de octubre de 2014

EDUARDO LIZALDE

 

Revolución, tiendo la mano

 

Revolución, tiendo la mano
y a veces me la muerdes.
Soy individualista,
pero el mundo no es bello.
Sólo el idiota, el loco y el canalla
piensan que el mundo es un jardín
donde florece una esmeralda
con sabor a durazno.
Mira, yo estoy contigo, en serio.
¿Cómo han de herirte a ti,
piedra del siglo,
unas palabras mías?
Ni los tiranos más abyectos han caído,
jamás, por la literatura.
Escucha: come un poco, tranquila,
de mi mano.
No es veneno esta pobre palabra deprimente,
de zorra enferma,
que te doy.

 

sábado, 18 de octubre de 2014

EDUARDO LIZALDE



La bella implora amor

 

Tengo que agradecerte, Señor
-de tal manera todopoderoso,
que has logrado construir
el más horrendo de los mundos-,
tengo que agradecerte
que me hayas hecho a mí tan bella
en especial.
Que hayas construido para mí tales tersuras,
tal rostro rutilante
y tales ojos estelares.
Que hayas dado a mis piernas
semejantes grandiosas redondeces,
y este vuelo delgado a mis caderas,
y esta dulzura al talle,
y estos mármoles túrgidos al pecho.

Pero tengo que odiarte por esta perfección.
Tengo que odiarte
por esa pericia torpe de tu excelso cuidado:
          me has construido a tu imagen inhumana,
          perfecta y repelente para los imperfectos
          y me has dado
          la cruel inteligencia para percibirlo.
Pero Dios,
por encima de todo,
sangro de furia por los ojos
al odiarte
cuando veo de qué modo primitivo
te cebaste al construirme
en mis perfectas carnes inocentes,
pues no me diste sólo muñecas de cristal,
manos preciosas -rosa repetida-
o cuello de paloma sin paloma
y cabellera de aureolada girándula
y mente iluminada por la luz
de la locura favorable:
          hiciste de mi cuerpo un instrumento de tortura,
          lo convertiste en concentrado beso,
          en carnicera sustancia de codicia,
          en cepo delicioso,
          en lanzadera que no teje el regreso,
          en temerosa bestia perseguida,
          en llave sólo para cerrar por dentro.
¿Cómo decirte claro lo que has hecho, Dios,
con este cuerpo?
¿Cómo hacer que al decirlas,
al hablar de este cuerpo y de sus joyas
se amen a sí mismas las palabras
y que se vuelvan locas y que estallen
y se rompan de amor
por este cuerpo
que ni siquiera anunciar al sonar?
¿Por qué no haberme creado, limpiamente,
de vidrio o terracota?

Cuánto mejor yo fuera si tú mismo
no hubieras sido lúbrico al formarme
-eterno y sucio esposo-
y al fundir mi bronce en tus divinas palmas
no me hubieras deseado
en tan salvaje estilo.
Mejor hubiera sido,
de una buena vez,
haberme dejado en piedra,
en cosa.


 

domingo, 12 de octubre de 2014

EDUARDO LIZALDE

 

Amor

 

Aman los puercos.
No puede haber más excelente prueba
de que el amor
no es cosa tan extraordinaria.

 

lunes, 6 de octubre de 2014

EDUARDO LIZALDE

 

Bellísima

 

Y si uno de esos ángeles
me estrechara de pronto sobre su corazón,
yo sucumbiría ahogado por su existencia
más poderosa.

Rilke, de nuevo

 
Óigame usted, bellísima,
no soporto su amor.
Míreme, observe de qué modo
su amor daña y destruye.
Si fuera usted un poco menos bella,
si tuviera un defecto en algún sitio,
un dedo mutilado y evidente,
alguna cosa ríspida en la voz,
una pequeña cicatriz junto a esos labios
de fruta en movimiento,
una peca en el alma,
una mala pincelada imperceptible
en la sonrisa...
yo podría tolerarla.

Pero su cruel belleza es implacable,
bellísima;
no hay una fronda de reposo
para su hiriente luz
de estrella en permanente fuga
y desespera comprender
que aun la mutilación la haría más bella,
como a ciertas estatuas.

 

jueves, 11 de abril de 2013

EDUARDO LIZALDE





Amor


La regla es ésta: 
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir "te amo", en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes. 

lunes, 21 de enero de 2013

EDUARDO LIZALDE





Que tanto…



Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses;
que se pierda
tanto increíble amor.
Que nada quede, amigos,
de esos mares de amor,
de estas verduras pobres de las eras
que las vacas devoran
lamiendo el otro lado del césped,
lanzando a nuestros pastos
las manadas de hidras y langostas
de sus lenguas calientes.

Como si el verde pasto celestial,
el mismo océano, salado como arenque,
hirvieran.
Que tanto y tanto amor
y tanto vuelo entre unos cuerpos
al abordaje apenas de su lecho, se desplome.

Que una sola munición de estaño luminoso,
una bala pequeña,

un perdigón inocuo para un paro,
derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas
y desgarre el cielo con sus plumas.

Que el oro mismo estalle sin motivo.
Que un amor capaz de convertir al sapo en rosa
se destroce.

Que tanto y tanto, una vez más, y tanto,
tanto imposible amor inexpresable,
nos vuelva tontos, monos sin sentido.

Que tanto amor queme sus naves
antes de llegar a tierra.

Es esto, dioses, poderosos amigos, perros,
niños, animales domésticos, señores,
lo que duele.

domingo, 20 de enero de 2013

EDUARDO LIZALDE





Grande es el odio



1

Grande y dorado, amigos, es el odio.
Todo lo grande y lo dorado
viene del odio.
El tiempo es odio.
Dicen que Dios se odiaba en acto,
que se odiaba con fuerza
de los infinitos leones azules
del cosmos;
que se odiaba
para existir.
Nacen del odio, mundos,
óleos perfectísimos, revoluciones,
tabacos excelentes.
Cuando alguien sueña que nos odia, apenas,
dentro del sueño de alguien que nos ama,
ya vivimos el odio perfecto.
Nadie vacila, como en el amor,
a la hora del odio.
El odio es la sola prueba indudable
de la existencia.

2

Y el miedo es una cosa grande como el odio.
El miedo hace existir a la tarántula,
la vuelve cosa digna de respeto,
la embellece en su desgracia,
rasura sus horrores.
Qué sería de la tarántula, pobre,
flor zoológica y triste,
si no pudiera ser ese tremendo
surtidor de miedo,
ese puño cortado
de un simio negro que enloquece de amor.
La tarántula, oh Bécquer,
que vive enamorada
de una tensa magnolia.
Dicen que mata a veces,
que descarga sus iras en conejos dormidos.
Es cierto,
pero muerde y descarga sus tinturas internas
contra otro,
porque no alcanza a morder sus propios miembros,
y le parece que el cuerpo del que pasa,
el que amaría si lo supiera,
es el suyo.

4

Aunque alguien crea que el terror
no es sino el calcetín de la ternura
vuelto al revés,
sus pastos no son esos.
No están ahí los comederos
del terror.
La ternura no existe sino para Onán.
Y nadie es misericordioso
sino consigo mismo.
Nadie es tierno, ni bueno,
ni grandioso en el amor
más que para sus vísceras.
La perra sueña que da su amor al niño,
Goza amamantándolo.
Reino es la soledad de todas las ternuras.
Sólo el terror despierta a los amantes.


5

Para el odio escribo.
Para destruirte, marco estos papeles.
Exprimo el agrio humor del odio
en esta tinta,
hago temblar la pluma.
En estas hojas,
que escupo hasta secarme, arrojo
Todo el odio que tengo.
Y es inútil. Lo sé.
Sólo te digo una cosa:
si estas últimas líneas
fueran gotas,
serían de orines.

6

De pronto, se quiere escribir versos
que arranquen trozos de piel
al que los lea.
Se escribe así, rabiosamente,
destrozándose el alma contra el escritorio,
ardiendo de dolor,
raspándose la cara contra los esdrújulos,
asesinando teclas con el puño,
metiéndose pajuelas de cristal entre las uñas.
Uno se pone a odiar como una fiera,
entonces,
y alguien pasa y le dice:
“vete a cenar, tigrillo,
la leche está caliente”.




sábado, 19 de enero de 2013

EDUARDO LIZALDE





El Tigre



Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,
y sólo puede herir por dentro,
y es enorme:
más largo y más pesado
que otros gatos gordos
y carniceros pestíferos
de su espécie,
y pierde la cabeza con facilidad,
huele la sangre aun a través dei vidrio,
percibe el miedo desde la cocina
y a pesar de las puertas más robustas.

Suele crecer de noche:
coloca su cabeza de tiranosaurio
en una cama
y el hocico le cuelga
más allá de las colchas.
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,
de muro a muro,
y solo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,
como a través de un túnel
de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar,
los renegridos panales del crimen
de sus ojos,
los crisoles de saliva emponzoñada
de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo,
para que no me mate.
Pero sé claramente
que hay un inmenso tigre encerrado
en todo esto.

viernes, 18 de enero de 2013

EDUARDO LIZALDE





La ciudad ha perdido su Beatriz

He is a portion of the loveliness
which once he made more lovely.
Shelley



1

¡Ay, flores, brezos, castañas, dulces nueces,
dátiles y violetas,
gladiolas descreídas!
¿Por qué existir ahora,
si está muerta la flor,
la flor de flores?

¿Cómo, manjares,
tener sabor en lengua imaginable
si ya no existe el sol de los sabores?

¿De qué manera, olivos,
dar verde gozo al paladar discreto,
si el paladar murió con ella?

2

Oh muerte, ¿qué ha de morir de ti,
qué carne dañarás de muerte,
qué has de matar si ella está muerta?

¿Qué cosa ha de ser cosa
tras su muerte?
¿Qué dolor dolerá
si ella no duele?

3

Viva, era muerte,
y ahora, que no vive,
cincuenta veces muerte.

¿Quién era ella?
¿Cómo llorar así?
¿Cómo sufrir
por su maligna muerte?
¿No estaba muerta ya,
no andaba, en vida, muerta?

4

Su misma muerte pura
fue una traición de perra sin entrañas.
¡Por qué morir la perro!
¿Cómo, antes de ser creada
—antes de Dios—
morir a manos propias la creatura?

5

Si perra innoble fue, si diosa cruenta
¿a qué llorar su muerte?
Sangre vertió, desmembró cuerpos,
vendió a los cerdos carnes
en perlas cocinadas,
destejió obsidianas
para tejer con ellas
excrecencias de chivo.
¿Por qué llorar entonces?

6

Liebres que hubieron hierbas en sus muslos
de felino salvaje
fueron de corta vida,
y largos perdigueros,
halcones que en su vientre
cazaron aves deliciosas
no levantaron nunca
el tallo de su vuelo.

¿Qué llanto ha de valer entonces?

7

Perra sin límites
que corrompió a su paso la tierra
con su hirviente orina,
que al dogo fiel dio vástagos de puerca
y que agrietó las calles al andar,
cloaca ambulante ¿a qué llorar por ella?

8

¡Grandes hetairas,
qué pequeñas sois junto a ella!
qué despreciables,
qué puras.
Cuánto y qué poco
junto a la perra enorme,
que ahora muere sola y deja, viles,
como sombra florida o manto rubio,
prados detrás,
torpes jardines
que no conocen ya el camino
hacia las fuentes,
rotondas que suspenden
el viaje alrededor de sus rosales,
volantín o tiovivo —ay españoles—
de rosas muertas y colores vivos.

9

Ella murió, Dios mío.
¿De qué manera han de vivir los otros?
¿Cómo vivir, si ha muerto?
¿De dónde leña ha de tomar el hacha
si a cada tajo
el árbol vuelve a la semilla?

10

Árbol de arena estéril,
antorcha horrenda en llamas hasta el puño,
¡qué frutos dio, qué gemas, oh Dionisos!
Si lagartija fue, ¡qué pavos,
qué lechones salieron de su vientre!
Si leona ¡qué perdices del tacto,
qué gulas del amor hubo en sus alas!

11

He metido este sueño
en el triturador de la cocina.
Reconozco la distancia
el ruido de tus huesos que se rompen
como nueces tiernas;
el eco de tu voz contra las muelas;
de hierro y las cuchillas,
las distensiones de los nervios
que escapan al molino
como peces en sangre.
Pero el sueño impiadoso resucita,
se conforma en el caño,
se destritura halando ferozmente
la manivela del tiempo hacia otros aires,
Vuelve el sueño a soñarse
como en su primera infancia;
y tiene
la paleontología licuosa
de lo no vertebrado.
Lo desueño otra vez en el triturador,
que abre las fauces hogareñas
de laborioso tigre,
y el sueño, lento, vuelve.

12

¿Cómo expulsar del sueño
el sueño tuyo, amada?
¿Cómo cerrar las puertas del sueño,
a toda forma viviente?
¿Cómo estorbar la marcha
del tigre desgarrado,
con parapetos de neblina?
¿Cómo impedir el paso
de estas sólidas fieras
a la juguetería vaga del sueño?
¿Cómo escapar de un tigre
que crece al avanzar cuando lo sueñan
como la mole de nieve en la colina?

13

¡Ay Prometeo! Ya miro bien tus fieras
y entrañas nutritivas.
Termina el túnel del sueño cotidiano,
pero irrumpe a una luz más deslucida
que el negror de los sueños.

Tumba es la luz y lápida del sueño
sepultado en el pecho como una gallinaza
que golpea por dentro en la vigilia
y vuela al fondo abriendo carnes con sus ganchos
cuando duermo.
Y ella está muerta ahí,
en la coyuntura de sueño y luz,
con una muerte activa
de perra que va y viene por su jaula,
del sueño al mundo, del mundo al sueño,
comiéndome las vísceras
como una eterna goma de mascar.

14

¡Murió la perra, oh Dios!
Su muerte ha sido la más sucia trampa;
late en redor, atmósfera de púas,
se cierra sobre mí.

Su muerte ajena,
su muerte a propias garras y colmillos,
frustró mi mano,
congeló estos odios hambrientos para siempre,
condenó esta daga a la inocencia.

Murió la perra impune y nadie
la habrá de rescatar del césped blanco
en que hoy retoza,
y no despertará del sueño sin raíces
que ata su fronda infame al cuerpo.

(El tigre en la casa, 1970)