sábado, 13 de junio de 2026


 

CARLOS PINTADO


 


Habitación de Arlés

  

Nada conmueve más que aquella silla
Que el pintor ha dejado ya inconclusa,
Quizás imaginando la difusa
Maraña de la luz, la pesadilla
De vivir nada más con una oreja.
Nada perturba el cuadro; la agonía
La sentimos nosotros; la agonía
De él no existe. La silla tan perpleja
Sigue en su tiempo inconmovible y sola.
Poco importa la pipa que figura
Inaccesible al humo que no puede
Alzarse del dibujo. Triste y sola
Ha de quedar por siempre en la pintura,
La silla que otra suerte ya no puede.

 

EMILIO ORIBE

 

 

 

Leonardo de Vinci

 

I

Año mil cuatrocientos noventa, más o menos,
Florencia. Media noche. Callaron los serenos

nocturnos y se fueron los últimos soldados.
Alguien llega a la trágica plaza de los ahorcados.

Es un noble varón de elevada estatura
que aprieta con el puño, la férrea empuñadura

de su espada, y camina con paso firme y lento,
mientras su cabellera ondula bajo el viento.

Agitando una capa de terciopelo oscuro
el caminante sigue con ademán seguro.

De pronto, nota un cuerpo que de la horca oscila
saca un puñal de oro y con mano tranquila

hiere la cuerda mismo donde el nudo se cierra
y cogiendo el cadáver lo arrastra por la tierra,

hasta un portal. Entonces, el oscuro ladrón,
no puede ya ocultar su gran satisfacción.

 

II

Deja al muerto en la mesa cuidando no hacer ruido,
y cortando la piel de aquel desconocido,

hace estudios de músculos, bajo una luz escasa,
mientras un gran silencio se condensa en la casa.

 

III

Pasó la larga noche.
Va a despuntar el día.
Aún Leonardo el Brujo estudia Anatomía.

 

GREGORIO CASTAÑEDA ARAGÓN

 

 


 

En la cala

  

Cada tarde hay conmigo
buena gente de mar
que canta, bebe y riñe
y de pronto se va…
¡Acaso soy yo el único
con quien no cuentan ya!

¡Porque son tantos esos
que he visto que se van,
desde que estoy en tierra
sin pipa y sin cantar!
Mi barco está en la cala
esperando zarpar…

Saben todos que ahora
tengo miedo a un puñal
y que hasta un organillo
me haría sollozar
si no fuera que tengo
las barbas grises ya.

¡Qué larga desde tierra
la soledad del mar!
¡y este otoño de mástiles
y este soplo fugaz
y ese pontón sin lastre
que cruje al cabecear!

Pero, remiendo el casco
roto de tiempo atrás.
y voy zurciendo lonas
y anudando el estay
a ver si el aparejo
resiste un tiempo más.

Aunque viejo, el velero
capea el temporal.
¡Y un día, aunque haya viento
contrario, y tempestad,
qué diablos, largo el trapo
para siempre jamás!

 

MERCEDES MARÍN DEL SOLAR

 

 

 

 

Poema

  

Dulce es morir, cuando en la edad primera
con la aureola feliz de la inocencia,
parece del Señor en la presencia
el alma juvenil,
como cándida flor de la pradera,
que, para ornar al templo soberano,
separó diestra, cuidadosa mano
de su tallo gentil…
Dulce es morir, cuando una fe sublime
al hombre le revela su destino,
y de flores y palmas el camino
le siembra de la cruz;
y al débil ser que en este mundo gime
agobiado de penas y dolores,
transforma de la muerte los horrores,
en apacible luz…
Dulce es morir, cuando en la edad temprana,
el alma, como cándida paloma,
vuela desde los montes de la aroma,
en pos del serafín;
diáfana exhalación, que en la mañana,
matizada con tinte de oro y rosa,
se disuelve brillante y pudorosa,
del cielo en el confín…

 

 

SIEGFRIED SASSOON

 

 

 

“Blighters”

  

La sala está repleta: grada sobre grada sonríen
y ríen al espectáculo, mientras filas saltarinas
de rameras chillan el coro, ebrias de estruendo:
«¡Seguro que el Káiser adora nuestros viejos tanques!»

Quisiera ver un tanque bajar por el patio de butacas,
tambaleándose al son de ragtime o de «Hogar, dulce hogar»,
y ya no habría más bromas en los music-halls
para burlarse de los cuerpos acribillados en Bapaume.

 

 

JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN

  


 

Vestales

  

Tomo tus flores secas; pienso y lloro…
Al reclinar en ellas mi cabeza,
¿por qué siento un almohada de pureza,
de frescura, de aroma, de ilusión?
Es que el recuerdo y el tranquilo llanto,
vestales que custodian los amores,
dan vida y dan perfumes a las flores
que la nieve del tiempo marchitó.