sábado, 13 de junio de 2026

EMILIO ORIBE

 

 

 

Leonardo de Vinci

 

I

Año mil cuatrocientos noventa, más o menos,
Florencia. Media noche. Callaron los serenos

nocturnos y se fueron los últimos soldados.
Alguien llega a la trágica plaza de los ahorcados.

Es un noble varón de elevada estatura
que aprieta con el puño, la férrea empuñadura

de su espada, y camina con paso firme y lento,
mientras su cabellera ondula bajo el viento.

Agitando una capa de terciopelo oscuro
el caminante sigue con ademán seguro.

De pronto, nota un cuerpo que de la horca oscila
saca un puñal de oro y con mano tranquila

hiere la cuerda mismo donde el nudo se cierra
y cogiendo el cadáver lo arrastra por la tierra,

hasta un portal. Entonces, el oscuro ladrón,
no puede ya ocultar su gran satisfacción.

 

II

Deja al muerto en la mesa cuidando no hacer ruido,
y cortando la piel de aquel desconocido,

hace estudios de músculos, bajo una luz escasa,
mientras un gran silencio se condensa en la casa.

 

III

Pasó la larga noche.
Va a despuntar el día.
Aún Leonardo el Brujo estudia Anatomía.

 

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