domingo, 30 de abril de 2023


 

ARTURO MARASSO

 




Nieva

 

Nieva afuera… las brasas del hogar
Se cubren sutilmente de ceniza
Blanca; el sedoso gato se ha dormido
A calor del rescoldo; vieja Biblia
Yace olvidada en el sillón vacío;
Y me dijo: que dulce es la visita
Del invierno, en la casa en que nacimos,
Cuando congrega el frío a la familia
En torno al hogar, y un vago ensueño
Su suave seda de ilusiones hila
En el sosiego de las mansas horas.
En mí el mundo florece; y yo quería,
Ayer, labrar estrofas que no mueran,
Sin ver que sutilmente la ceniza
Cubre la brasa… Pero seré todo para ti, poesía.

 

 

HOMERO MANZI

 

 


 

Abandono

 

Llega el viento del recuerdo aquel
al rincón de mi abandono
y entre el polvo muerto del ayer
también volvió tu querer.
Yo no sé si vivirás feliz
o si el mundo te ha vencido
viviendo sin querer vivir
buscás la paz de morir.

Duda de tu ausencia y de mi culpa
pena de tener que recordar
sueño del pasado que me acusa
manos que no quieren perdonar,
dolor amigo de estar con tu sombra
remordimiento de saberte buena
dolor lejano de oír que te nombran
las voces muertas que se obstinan en volver.

Ya no sueño que retornarás
al fracaso de mi vida
ni tampoco que en tu palpitar
tendré un afán para andar.
Sólo quiero que si estás también
en la cruz del abandono
sepas olvidarme en su perdón…
Total, mirá lo que soy.

Pena de tu ausencia sin retorno
pena de saber que no vendrás,
pena de escuchar en mi abandono
voces que me acusan al llegar.
Dolor amigo de estar con tu sombra
remordimiento de saberte buena
dolor lejano de oír que te nombran
las voces muertas del ayer feliz.

 

 

EDUARDO GONZÁLEZ LANUZA

 

 


 

Poema de las fábricas

  

Los gritos encadenan | trajín apretujado
un instante con todos | mil prisas se penetran
los instantes |
Pistones | El alma
bielas | sueña con engarzar los horizontes
émbolos |
En la carne de fuego | prolijidad
| CALDERAS exacta
trepidan las centurias | El manómetro
es el pulso de la
fábrica

 

 

JIM HARRISON

 

 

 

 

El presente

  

El precio del vuelo es el aterrizaje.
En este cálido día de invierno en el sudoeste,
aquí en el límite de la frontera, quiero
ir a Francia, de donde todos venimos,
donde Occidente nació cerca de las antiguas
cuevas próximas a Lascaux. En casa sólo estoy
sentado en el borde de este agujero negro,
un pozo que desciende hasta el centro de la tierra.
Con un gran telescopio apuntado hacia abajo
veo un rojo punto de fuego y oigo a la bestia aullar.
Mi espalda supura, enferma,
el corazón se tambalea,
el cerebro canta sus cancioncillas.
En todas partes blancas películas vírgenes esperan ser vistas.
La alondra buceó a pocas pulgadas de las rocas
antes de detenerse y ascender de nuevo.
Los dedos de los pies de Dios hundidos en la tierra.
Está listo para correr. Pero ¿hacia dónde?

 

 

BILLY COLLINS

 

 


 

Otra razón por la que no guardo una pistola en casa

  

El perro de los vecinos no va a dejar de ladrar.
Está ladrando con el mismo sonoro y rítmico ladrido
con que ladra cada vez que se van de casa.
Deben de ponerlo en marcha cada vez que se van.

El perro de los vecinos no va a dejar de ladrar.
Cierro todas las ventanas de la casa
y pongo una sinfonía de Beethoven a todo volumen
mas aún puedo oírlo amortiguado a través de la música,
ladrando, ladrando, ladrando,

y ahora puedo verlo sentado entre la orquesta,
alzando la cabeza con aplomo como si Beethoven
hubiera incluido una parte para ladrido de perro.

Cuando el disco se acaba, sigue ladrando,
allí sentado en la sección de oboe ladrando,
sus ojos fijos en el director, quien
le marca con su batuta

mientras el resto de músicos escucha en respetuoso
silencio el famoso solo para ladrido,
esa coda sin fin que fue lo primero en consagrar
a Beethoven como genio innovador.

 

WILLIAM CULLEN BRYANT

 

 

 

Himno de la ciudad

 

No sólo en yermo llano,
Ni allá en selvoso apartamiento esquivo,
El pensamiento humano
Puede a Dios contemplar presente y vivo;
Ni sólo oye su acento
Donde la onda retumba y silba el viento.

También aquí presente
Yo te adoro ¡Señor!, aquí te miro,
Donde bulle la gente
Con vasta resonancia y vario giro
Entre muros, do ufana
Puso su sello audaz la industria humana.

Tu luz, vertida a mares
Del combo cielo, la ciudad inunda,
Penetra los hogares,
Espacio lleno de aire nos circunda;
Por ti el mar sus tributos
Nos da, y las costas sus preñados frutos.

Goza vital aliento
Tanto agrupado ser, y a ti lo debe;
Y el sordo movimiento
De inmensa multitud que habla y se mueve,
Tu alto poder proclama
Cual tormenta que zumba o mar que brama.

Y a la hora del descanso,
Cual duerme la alta mar, cesa el tumulto;
Y aquel silencio manso,
Obra tuya también, te ofrece culto;
Tú, soberano dueño,
De la inerte ciudad guardas el sueño.

 

sábado, 29 de abril de 2023


 

HENRI DE RÉGNIER

 


 

El reposo

 

Apaga, visitante, esa antorcha importuna
y no al suelo la flama inclines. ¿Has creído
que sus gotas de fuego que caen una a una
reanimarán el polvo en que ayer he vivido?

No. Si la misma losa, ante la chispa vana
cediera un solo instante en su dureza fría,
y sí en mi noche triste, insensible y lejana
surgiera nuevamente la claridad del día,

¡oh, caminante! ¿piensas que iba mi polvo yerto
que libertó la parca y en la quietud reposa
a renunciar al goce divino de haber muerto
y a dar por nueva vida su noche tenebrosa?

No obstante, fui dichoso. Amor dejó sellada
mí boca con su boca en más de un beso ardiente,
y entretejió la gloria con mano delicada
lauros para mi nombre, antes para mi frente.

Mas dejan en el alma como un resabio triste
cada feliz instante, cada divina hora,
y aquí ya nada espero, y para mí no existe
la vuelta de la noche ni el paso de la aurora.

Que el generoso día o la inquietud nocturna
den a los vivos lloro o goce apetecido:
¿qué importa al que en cenizas aduérmese en la urna
bajo pesado mármol e inquebrantable olvido?

Por eso ni tus pasos, tu vista, ni la ardiente
antorcha, ni tu labio que en alta voz me nombra
darán un sobresalto a mi paz impaciente
¡oh, tú que aquí has venido para evocar mi sombra!

Aunque tu propia mano, piadosa, en su rudeza,
quebrara el fuerte gozne, rompiera el bronce duro,
¡Amor! y aunque tu tierno semblante y tu belleza
viera asomar de nuevo sobre mi asilo obscuro.

 

 

HOMERO MANZI

 

 

  

¡Che bandoneón!

 

El duende de tu son, che bandoneón,
se apiada del dolor de los demás
y al estrujar tu fuelle dormilón
se arrima al corazón que sufre más.

Estercita y Mimí, como Ninón,
dejando sus destinos de percal
vistieron al final mortajas de rayón,
al eco funeral de tu canción.

Bandoneón,
hoy es noche de fandango
y puedo confesarte la verdad
copa a copa, pena a pena, tango a tango,
embalado en la locura
del alcohol y la amargura.

Bandoneón,
para qué nombrarla tanto,
no ves que está de olvido el corazón
y ella vuelve noche a noche como un canto
en las gotas de tu llanto,
¡che bandoneón!

Tu canto es el amor que no se dio
y el cielo que soñamos una vez,
y el fraternal amigo que se hundió
cinchando en los tormentos de un querer.

Y esas ganas tremendas de llorar
que a veces nos inundan sin razón,
y el trago de licor que obliga a recordar
si el alma está en “orsái”, ¡che bandoneón!

 

 

ADELARDO LÓPEZ DE AYALA

 

 

 

El sol y la noche

 

Encendido en sus propias llamaradas,
la sed devora al luminar del día,
y, eterno amante de la noche fría,
persigue sus espaldas enlutadas.
Ansioso de sus sombras regaladas,
en vano corre la abrasada vía;
que él mismo va poniendo el bien que ansía
donde nunca penetran sus miradas.
La dicha ausente, y el afán consigo,
arde y redobla su imposible instancia,
llevando en sus entrañas su enemigo…
¡Así corro con bárbara constancia,
y siempre encuentro mi ansiedad conmigo
y el bien ansiado a la mayor distancia!

 

NOAH CICERO

 

 

  

Problemas de la paternidad

 

Le dijo a su amigo en un Starbucks,
“No sé. Quiero casarme
y procrear. Pero entiendo el posmodernismo,
pero cambiaría eso por una familia.”
El amigo rió.
El hombre continuó, “Pude casarme con Katie,
ahora ella está casada. Supe que no la amaba, porque
si ella se tiraba un pedo mientras dormía me daría
mucha vergüenza.”
El amigo respondió, “Bueno, tampoco olvides
la idea del carrito de bagels y de cómo ella
no iba a enjuagar los platos luego de enjabonarlos.”
Años después, el hombre encontró a una mujer. No se
tiraba tantos pedos, se tiraba pedos siempre en el momento idóneo
y sólo en situaciones apropiadas.
incluso enjuagaba los platos.
Se mudaron juntos. Tenían empleos estables.
Ambos estaban a la mitad de sus treintas, calculaban
que su hijo terminaría la universidad cuando ellos estuvieran a la mitad de sus cincuentas.
Y eso era algo adecuado. Esto orilló que la mujer dejara su plan anticonceptivo
y que el hombre tomara omega 3 en píldoras para incrementar su fertilidad.
Comenzaron a tener sexo, el hombre recordaba
todas las experiencias sexuales de su vida, cuando
perdió la virginidad en un sillón en un sótano.
Cuando tuvo sexo detrás de un bar con Sarah Espinoza,
cuando su compañera de trabajo le mordió los pezones y
dijo muchas mierdas muy raras. Él pensaba:
“Si me vengo, si disemino, esto acabará.
Me convertiré en papá. Un papá sexo.”
La mujer no pensó en su historial de relaciones sexuales.
Pensaba en que sus alumnos no
hacían la tarea, y que necesitaba un pene dentro de ella.
Justo antes de que el hombre se viniera,
susurró en el oído de su esposa,
“Con autenticidad y sinceridad,
diseminaré mis genes
en ti.”
Entonces eyaculó.
La mujer lo miró y dijo
“¿Te gusto?”

 

 

RAYMOND CARVER

 

  

 

Dos mundos

  

En el aire denso
con olor a azafrán,

sensual olor a azafrán,
miro cómo desaparece el cielo limón,

un mar que cambia de azul
a negro aceituna.

Miro el relámpago que salta desde Asia como
dormido,

mi amor se agita y respira y
se vuelve a dormir,

parte de este mundo y sin embargo
parte de aquél.

 

 

MELCHOR DE PALAU

 


 

A la locomotora


Watt, Stéphenson, Crámpton, yo os conjuro;
en premio a vuestro infatigable anhelo,
dejad un punto el inmortal seguro,
pisad de nuevo la región del suelo;
y, al contemplar con ávida mirada,
de metálicas venas
su faz rugosa, por doquier surcada,
gozaréis mayor dicha que en el cielo.

La que sembrasteis válida semilla
no se aventó cual parva de las eras,
en hoya vino a germinar profunda;
hoy es árbol que brota a maravilla,
y que, como las líbicas palmeras,
al través de los aires se fecunda.

Esa serpiente férrea y anillosa,
que en la cabeza el corazón ostenta;
que, inquieta y animosa,
en su carrera al huracán afrenta,
impávida como él, como él ruidosa,
de vuestra mente es singular hechura:
hipógrifo sin alas,
viene a mostraros sus crecientes galas,
su espléndido poder y su bravura.
¡Quién os dijera en los aciagos años
de sórdida miseria,
cuando bebíais hiel de desengaños,
vuestro genio al luchar con vil materia,
que aquel rudo naciente mecanismo,
objeto de irrisión y de sarcasmo,
ya en vuestro siglo mismo,
en que hasta hay luces que proyectan sombra,
despertara en el vulgo intenso pasmo
y del hombre de ciencia el entusiasmo!

Tal como el padre que en la cuna deja
al vástago infeliz, y a extraño clima,
para labrar su porvenir se aleja,
al regresar, con gozo
por haber dado a su proyecto cima,
contempla al niño convertido en mozo,
y duda breve instante,
al ver las sombras del negruzco bozo,
si es aquel hombre el que dejara infante;
así miráis con lógica extrañeza
a la que os debe fulgurante vida;
su, en apariencia, indómita fiereza,
la efusión grata del amor no impida;
vuestra es la savia que en su seno anida
y son vuestras su gloria y su grandeza.

Miradla con placer, con noble orgullo,
ved cual su pecho jubiloso late,
ved cual relincha en gárrulo murmullo,
como corcel ganoso de combate.
No la atajan altísimas fronteras,
que, a contracurso remontando el río,
el silboso Pirene, el Alpe frío,
atraviesa en urdidas madrigueras.
Pasa sobre los polders de la Holanda,
como sobre las aguas del diluvio;
se enfría de la nieve en los cristales;
se caldea en los rojos arenales;
por entre abismos pedregosos anda,
y a las bocas se asoma del Vesubio.

Recorre audaz la cordillera enhiesta;
esquiva la corriente submarina,
bajo el piélago abriendo
impermeable mina;
elude la vorágine funesta
sobre tornátil puente que rechina;
se solaza en la plácida floresta,
y en la falda del monte se reclina.

Vedla el túnel dejar de corvo techo,
oculta en vaporosas espirales,
cual virgen negra que, al salir del lecho,
se envuelve en sus blanquísimos cendales;
con profusión abona
los campos en la plétora esquilmados:
transporta en peso desde zona a zona
los pueblos mal hallados,
y las fuentes vitales eslabona.

Imagen de la bíblica serpiente
que, de dulces promesas al hechizo,
gustar la fruta a nuestros padres hizo,
que pendía del árbol omnisciente;
nos ofrece afanosa,
de Gutenberg por hábil artificio
en el blanco papel reproducida,
la fruta provechosa
del saber, en los campos recogida.

Cual paloma del Arca
es anuncio de paz; su hogar ardiente
do la tea incendiaria se consume,
las razas va fundiendo lentamente;
hace, de polo a polo,
del orbe entero una ciudad tan sólo;
entierra con cariño
el cadáver del mísero expatriado,
so el árbol do jugara cuando niño;
uniforma el color del rostro humano;
arrulla al mismo son del indio el sueño
y del rudo africano
que, dormidos, arrastra juntamente;
el filo embota de sangrienta Parca;
del libre esclavo con los hierros viles
fabrica sus carriles;
y en todo cuanto su poder abarca,
germen de amor desarrollar se siente.

Si, subyugada por la fuerza bruta,
cual caballo de Troya, en sus entrañas
transporta a veces invasora hueste,
vedla, por otra ruta,
hendiendo sigilosa las montañas,
conducir anhelante,
para hacer frente al enemigo artero,
con el carro el caballo y caballero.

Atrás dejando blanquecina estela,
cual nave de los mares del espacio
que al fuego echó la perezosa vela,
por doquiera que va vierte los dones
con que nos brinda próvida natura;
ya llevando a las cálidas regiones
las frutas que requieren la frescura,
ya, a las tierras heladas,
las del sol por los rayos sazonadas.

Es del Comercio mensajera activa,
de acopio signo, de riqueza augurio;
con perpetuo vaivén de lanzadera,
en este siglo de la fuerza viva,
sustituye al alípede Mercurio.

Del Egipto fue símbolo la Muerte,
gastó en su culto la existencia entera;
hoy con tenaz aliento,
norma tomando de la térrea esfera,
el hombre la consagra al movimiento.

Por eso admira y entusiasta adora,
realización de su ideal quimera,
la audaz Locomotora
que, en rápida carrera,
los espacios famélica devora,
y va, con sus silbidos,
despertando los pueblos adormidos.

Por eso os rinde sin igual tributo,
¡oh seres! que en la tierra
días pasasteis de amargoso luto,
de insólito desvelo,
con lo arraigado, en trabajosa guerra,
y que, al dejar el miserable suelo,
tan sólo visteis verdear el fruto.
Miradlo ya en sazón; pueblos viriles
se nutren de su pródigo sustento:
los yermos torna mágicos pensiles;
Ceres moderna, va sembrando a miles
los prolíficos granos del fomento.

¡Cuán brava a Tite los ojos se aparece!
Férrea coraza la recubre entera,
cual paladín que, con ardiente llama,
por su patria luchara y por su dama;
el más leve reposo la enardece;
chispazos de la lumbre en que se inflama
despide, resoplando como fiera,
y el viento vago, con orgullo,
mece el vaporoso airón de su cimera.

¿Oís? La hora sonó de la partida,
ved cual se lanza con febril exceso;
¡gloria a los Genios que te dieron vida!
¡plaza, plaza al Caballo del progreso!



viernes, 28 de abril de 2023


 

HENRI DE RÉGNIER

 


 

La voz

  

Yo no quiero que nadie se acerque a mi tristeza,
ni tus pasos amigos, ni tu rostro adorado.
ni tu mano que toca con lánguida nobleza
la perezosa cinta y el volumen cerrado.

Déjame; que mi puerta a nadie se abra ahora,
ni al viento matutino dé paso mi ventana;
está cansado y triste mi corazón, y llora
sobre un mundo sombrío y una existencia vana.

Mi tristeza me viene de una región distante,
más allá de mí mismo; es una cosa ajena,
y todo hombre que ame, que sonría, o que cante,
en voz baja la escucha cuando la hora suena.

Y algo se agita y mueve en la conciencia obscura,
se despierta y espande en el alma dormida,
a esa voz apagada que al oído murmura
que es ceniza en su fruto la rosa de la vida.

 

 

HOMERO MANZI

 

 

 

Buenos Aires colina chata

  

Sobre una colina chata
Garay trazó cuatro vientos;
por un costado La Pampa,
al otro lado un Riachuelo
y el río contra la espalda
y contra el pecho el desierto
con su horizonte de paja
y su techumbre de cielo.
Garay trazó diez manzanas
sobre un cuadrado perfecto
y el sitio de las campanas
y el lugar de su gobierno
y las casas capitanas
y los tejados modestos
y el ámbito de la plaza
para los grandes recuerdos.
Garay trazó con su espada
la forma de un pueblo nuevo.

¿Cómo era la pampa aquella
sin gauchos y sin cencerros,
sin chinas, ranchos, ni güeyas,
sin boliches ni puesteros?
¿Cómo era entonces La Pampa
sin estancias ni potreros,
sin una sola guitarra,
sin el ladrido de un perro?…
¿Sin un mazo de baraja,
sin el grito de un resero,
sin un fogón y una casa,
sin un mate y sin un cuento?…

Sólo era una pampa pampa,
con un desierto desierto
y su horizonte de paja
y su techumbre de cielo.
Qué raro que se quedaran
los españoles aquellos,
atados a las distancias
clavados a los silencios.
Tal vez porque ya eran otros
distintos de los primeros.
Tal vez porque ya eran criollos
a fuerza de sufrimientos.
Porque llegaron del norte
inaugurando senderos
madurados por los soles
y las lluvias de febrero.

 

NOAH CICERO

 


 

Decimelo ahora

 

le mandé un mail,
que decía “Llamame a las 8 de tu horario
hoy. Y leéme estas
oraciones, no esperes a que te diga
hola, empezá nomás a leer-

Noah, no me vas a volver a ver nunca.
Noah, no me vas a volver a abrazar nunca.
Noah, si alguna vez estamos en la misma habitación, no podemos
besarnos, no podemos tocarnos, no podemos tener
ningún tipo de contacto físico, porque
tengo un novio nuevo.

De noche o cuando esté aburrida en el trabajo, voy
a acordarme de estar sentada al lado tuyo
cerca del Cuyahoga y el Río Han.
Voy a acordarme del
río en Santa Fe que no tenía agua.”

Después con una voz tranquila, decí-
“Chau Noah.”

Ella nunca llamó ese día. El recibió
un mail cuatro días más tarde que empezaba, “Noah,
lo tenés que aceptar, ya pasó un año. Mirá
alguna película de Greta Garbo, y superalo.”

 

 

ADELARDO LÓPEZ DE AYALA

 

  

 

A unos pies

 

Me parecen tus pies, cuando diviso
que la falda traspasan y bordean,
dos niños que traviesos juguetean
en el mismo dintel del Paraíso.

Quiso el amor y mi fortuna quiso
que ellos el fiel de mi esperanza sean;
si aparecen, de pronto me recrean;
cuando se van, me afligen de improviso.

¡Oh, pies idolatrados; yo os imploro!
Y pues sabéis mover todo el palacio
por quien el alma enamorada gime,

traed a mi regazo mi tesoro
y yo os aliviaré por largo espacio
del dulcísimo peso que os oprime.

 

 

RAYMOND CARVER

  

 

 

La caña de pescar del ahogado

 

Al principio no la quería usar.
Luego pensé, no, me revelará
secretos y me dará suerte
que es lo que entonces necesitaba.
Además, me la dejó a mí
para que la usase cuando fue a bañarse aquella vez.
Inmediatamente después, conocí a dos mujeres.
Una adoraba la ópera y la otra
era una borracha que había pasado un tiempo
en la cárcel. Ligué con una
y empecé a beber y a reñir sin parar.
¡El modo en que esta mujer podía cantar y seguir bebiendo!
Fuimos directamente al fondo.

 

 

MELCHOR DE PALAU

 

 

 

Al carbón de piedra

  

Este, que veis, carbón endurecido,
yacer a mantos en terrestre fosa,
rayos de claro sol un tiempo ha sido,

A la voz de la Industria poderosa,
abandona, cual Lázaro, su tumba,
y a más vida resurge esplendorosa.

Con su aliento, no hay miedo que sucumba
la que es de nuestro siglo predilecta
hija febril, y cual abeja zumba.

Que, a medida que avanza más perfecta,
a la Ciencia siguiendo va anhelante
y sobre el Arte su fulgor proyecta.

Ella nos dice que llegó el instante,
 aun cuando en la substancia son hermanos
de apreciar el carb
ón más que el díamante.

De que cesen los míseros humanos
de prosternarse ante el inútil fuego,
y de tenderle codiciosas manos

Nunca su brillo me turbó el sosiego,
mas del pan de la industria a la excelencia
férvido canto de mi lira entrego.

Cantar quiero su enérgica potencia
los bronces al fundir, nuncios de saña,
defensores de patria independencia,

Cuando caldea y en su lumbre baña
a la férrea fugaz locomotora,
sierpe que tiene el silo en la montaña.

Que, cual ave o Jóve vóladora,
se encumbra a los más arduos peñascales,
y el espacio famélica devora.

Por él llega a los témpanos glaciales
el buque, sin más trapo que su enseña,
contrastando los recios vendavales.

Reemplaza activo la fluvial aceña;
vigor produce en la nerviosa pila;
las creaciones artísticas diseña.

Por él la roca su metal destila;
por él dice el crisol la verdad pura;
el átomo su afine se asimila.

Hasta gérmenes ricos en dulzura
la Química halla en él para su gloria,
colores y matices la Pintura.

Y, de fúlgido origen en memoria,
demás que rasga de la noche el velo,
despide lumbre en exprimida escoria.

Solar emanación con vivo anhelo,
la luz, la fuerza, y el calor prodiga.
Como su padre que recorre el cielo.

Y que cual suele previsora hormiga,
en la estaci
ón de abrasador verano,
sin un punto ceder en la fatiga

temiendo el filo del invierno cano,
almacenar bajo escondidos techos,
el robado a los trojes rubio grano

en la época feraz de los helechos
presintiendo el invierno del planeta,
guardó el carbón en insondables lechos.

La faz del globo de arbolado escueta,
diera la Industria el postrimer suspiro
a no surtirla tan copiosa veta.

Ved al carbono en incesante giro
recorrer los tres reinos naturales;
ya inficionar la atmósfera le miro,

ya, atraído por fibras vegetales,
el germen de sabroso fruto,
ya, salvando los límites florales,

nutrir la grácil ave, el tardo bruto,
ya tornar al espacio con empeño,
de la muerte y la vida fiel tributo.

Mas tú, sepulto en ataud roqueño,
a ciclo tan fecundo substraído,
dormiste largo, indiferente sueño.

Te han pisado, mas no te han conocido;
pasaron sobre ti, cual polvo leve,
las varias razas que en el mundo han sido.

Tocábale al gran siglo diez y nueve,
explorar tus veneros con acierto,
aun bajo la polar cándida nieve.

¡Qué fuera de la Industria tú encubierto!
con gratitud en su aflicción te nombra
negro maná de su árido desierto.

Un día fuiste gigantesca alfornbra;
henchir hoy hallamos calor y luz radiante
donde otros seres disfrutaron sombra:

Que Dios, previendo nuestro afán constante,
para su hartura reservarnos quiso
esa fecunda flora exuberante,
que adorno fue quizá del Paraíso.

 

jueves, 27 de abril de 2023


 

HENRI DE RÉGNIER

 


 

Experiencia

  

Voy siguiendo sus pasos y escuchando sus besos:
sus gallardas siluetas destacándose van
sobre el blanco de ala de gaviota, sobre esos
horizontes gris-perla del paisaje otoñal.

Mientras siguen su viaje de amorosa ternura
en la costa azotada por los tumbos del mar,
yo no siento ni celos, ni dolor, ni amargura
ni tristezas ocultas, ni febril malestar.

Ellos siguen absortos en su sueño enlazado
dando sér a lo efímero de su anhelo ideal;
ellos son el presente y yo soy el pasado,
y sé de la quimera la palabra final.

 

 

HOMERO MANZI

 

 

 

Arrabal

  

Arrabales porteños
de casitas rosadas
donde acuna los sueños
el rasguear de las guitarras.

Donde asoma la higuera
sobre las tapias,
adornando los muros
con sus fantasmas.

Sombra,
telón azul del suburbio
donde se juega el disturbio
cuando un amor se envenena
y al dolor de la traición,
se hace rencor,
rencor y pena.

Sombra,
donde los labios se juran
mientras la noche murmura
con su voz de bandoneón.

Arrabales porteños,
en tus patios abiertos
las estrellas se asoman
y te bañan de silencio.

Y la luna amarilla
siembra misterios
caminando en puntillas
sobre tus techos.

 

ADELARDO LÓPEZ DE AYALA

 


 

Sin palabras

  

Mil veces con palabras de dulzura
esta pasión comunicarte ansío;
mas, ¿qué palabras hallaré, bien mío,
que no haya profanado la impostura?

Penetre en ti callada mi ternura,
sin detenerse en el menor desvío,
como rayo de luna en claro río,
como aroma sutil en aura pura.

Ábreme el alma silenciosamente,
y déjame que inunde satisfecho
sus regiones, de amor y encanto llenas…

Fiel pensamiento, animaré tu mente;
afecto dulce, viviré en tu pecho;
llama suave, correré en tus venas.

 

 

NOAH CICERO

 

 

 

Preguntas que les hacemos a las personas que no quieren recibir esas preguntas

  

¿Cuándo me amarás de nuevo?
¿Por qué nunca me amaste?
¿Qué pasó con todos esos sentimientos?
¿No hay nada que pueda hacer?
¿Es con la decepción con que demuestras afecto?
¿Alguna vez me quisiste cerca de ti?
¿Por qué necesito escucharte decir “dilo”?
¿Por qué me golpeaste? ¿Era yo tu hijo?
¿Por qué me descuidaste? ¿Era yo tu hijo?
Hace 30.000 años los búfalos corrían por las praderas.
Un búfalo tropezó con el tronco de un árbol muerto.
Cayó duro, se rompió el tobillo. El búfalo miró a sus amigos.
Quiso alcanzarlos. Sonido de pezuñas, pero cayó muerto.
El búfalo, allí tirado, pregunta “¿por qué me dejaron atrás?
Pensé que les caía bien”
Una jauría de lobos llegó, lo masticaron. El búfalo
gritó en su agonía.

 

 

RAYMOND CARVER

 


 

En busca de trabajo

 

Siempre he querido trucha de montaña
de desayuno.

De repente, encuentro un sendero nuevo
a la cascada.

Empiezo a tener prisa.
Despierta,

dice mi mujer,
estás soñando.

Pero cuando intento levantarme,
la casa se ladea.

¿Quién está soñando?
Es mediodía, dice ella.

Mis zapatos nuevos esperan junto a la puerta,
relucientes.

 

MELCHOR DE PALAU

 

 

 

A la imprenta

 

Perdona ¡oh sombra augusta de Quintana!
si es osada mi pluma,
el tema a proseguir que con lozana
inspiración trataste y gloria suma;
humilde es el deseo que la mueve:
pues loaste la Imprenta en sus albores,
al comienzo del siglo diez y nueve,
el de cantar su noble gallardía,
su viril ardimiento;
hoy que, merced a alambres conductores,
vuela más rauda que la luz del día;
hoy que, doquiera late,
llevada por veloz locomotora,
como en férreo caballo de combate.

Cual ave errante que el agreste nido
deja, no bien presiente
la fuerza de sus alas temblorosas,
y va despareciendo lentamente
en la extensión vacía,
así el verbo, salido
de los labios humanos, se perdía.
¡Cuántos geniales frutos,
emanación de mentes creadoras,!
¡Cuántos claros principios absolutos!
¡Cuántos brotes precoces
que el cerebro animaron,
germen de mil ideas redentoras,
han nacido y han muerto
tristes clamantes voces
en árido desierto!
¡Pobre Ciencia obligada
a comenzar de nuevo su carrera,
al llegar a la meta codiciada;
estéril lanzadera
con rompederos hilos preparada!

Como de flor en flor la mariposa,
la Tradición en vano
de labio en labio sin cesar se posa,
repitiendo acuciosa
el elemento sano
la densa levadura
en que el hombre ha de hallar cumplida hartura.
Del recogido polen
lo mejor va perdiendo en el camino,
y al acabar de la ímproba jornada,
impura y desgastada,
llega pequeña parte a su destino.

¡Oh! bien haya quien tuvo la osadía
de esculpir en la piedra el pensamiento,
con fantásticas cifras cuneiformes,
y moles erigió que, todavía,
 como lenguas enormes
revelan el misterio
del m
ás antiguo y colosal imperio!
¡Oh, bien haya el fenicio comerciante
que dio con el secreto de encarnar
la palabra vacilante
en esas breves enlazables rayas
que forman el hist
órico alfabeto!

¡Bien haya el que pidió a la activa abeja
la virgen cera en que el estilo agudo
con esfuerzo sutil la huella deja!
¡Bien haya quien más suave medio
supo encontrar para su intento,
en las plumas del ave,
más propias al ligero pensamiento!
¡Bien haya el que en crujientes pergaminos,
nos transmitió jirones de la historia;
héroes, fechas y nombres,
que de pasados hombres eternizan
la espléndida memoria!
¡Bien haya quien en plácido cenobio,
recopiando con mano presurosa,
libertó del olvido y del oprobio
tesoros de valía,
preciosos elementos
con que dar pasto en no lejano día,
a tórculos hambrientos!

Ellos del fanatismo y la ignorancia
desanudaron la tupida venda,
que el Genio omnipotente,
logró al fin descorrer con maestría;
y desbrozaron la escondida senda
por donde Gutenberg venir debía;
que nunca ha sido la invención humana
a manera del rayo.
que instantáneo fulgura,
y enrojece las nieblas de la altura;
es la nube preñada,
gota a gota acrecida,
con tributos del mar, del lago y río;
por mil vientos contrarios combatida,
que, rotas sus entrañas tormentosas,
a un leve impulso de genial idea,
se derrama en las mieses ardorosas.

Del Rhin naciste en la risueña orilla,
Imprenta veneranda,
y, cual tabla que flota,
seguiste su corriente
que «anda, te dijo en su murmurio,
anda, Mesías esperado de la gente».

No era ya suficiente,
que el libro, fabricado
por laboriosos dedos monacales,
cantara, como pájaro enjaulado,
en los góticos claustros catedrales,
Fecundidad y libertad ansía,
osado Gutenberg exclama: «sea,
vuele libre a la luz del claro día,
que el ave encarcelada no procrea.»
Y, con feliz empeño,
del largo cautiverio lo redime,
en sueltas letras con afán compone
la concebida idea;
los tórculos oprime,
rechina el artificio quejumbroso,
y a cada golpe en el papel la imprime.

¡Cuán hermoso después fue tu destino!
De Elzeviro Manucio y de Plontino
las delicadas manos,
con flores adornaron tu camino.

Bien presto, como río caudaloso,
creció y creció tu influjo,
y merced a tu auxilio generoso,
en millares de copias se produjo
la Biblia codiciada,
antes objeto de imposible lujo.

Reemplazaste al juglar en la velada
del castillo roqueño,
y pudo la doncella enamorada
por ti ser consolada
en las tristes ausencias de su dueño.
Árbol frondoso, tus lozanas hojas
cayeron, como dones bienhadados,
en las comarcas al error sujetas;
y medio concediste a los poetas
para fijar sus tétricas congojas
y revivir decires ya olvidados.

Diote el vapor su prepotente ayuda,
al salvar los linderos de este siglo,
y, con su fuerza ruda,
los mismos hijos que engendró fecundo
en ti, con la pujanza de su aliento,
paseó por los ámbitos del mundo
en el tren impetuoso,
que deja atrás al incansable viento;
y, al mediar la lucífera centuria,
 de tantas maravillas semillero
el rayo, de los hombres prisionero,
perdida ya su primitiva furia
y domado su br
ío,
vino a fianzar tu augusto poder
ío.

¡Oh, nuevo hallazgo, rico y verdadero!
El libro deshojose
para poder volar con más holgura
y arribar el primero,
y, ya rota la añeja ligadura,
apareció la prensa cotidiana,
que en nuestros tiempos reina soberana.

Con palanca tan firme,
soliviantas las masas intranquilas
cual sus olas el piélago iracundo,
y con ellas azotas y aniquilas
y sepultas las glorias terrenales,
y tornasa a erigir en un segundo
estatuas en soberbios pedestales,
y pones en la cumbre
a hombres salidos de humildosas filas,
dueños hoy de la ignara muchedumbre.

Tú llamas a los reyes condenados
a mísero destierro;
tú abates las antiguas dinastías;
tú consagras las leyes;
tú evidencias el yerro,
aúnas los esfuerzos colosales,
induces a la paz, la guerra mueves,
que todo con tus bríos lo remueves.

Tú publicas a voces
lo que en secreto el rayo te transporta
en sus alas veloces;
eres Argos moderna,
que todo lo escudriñas;
nidal de las palomas mensasjeras,
que de tu seno salen a bandadas,
a llevar a naciones extranjeras
las nuevas deseadas.
Ángel de caridad que con tus preces
hasta en tierras extrañas
conmueves los más duros corazones,
cuando el orbe conmueve sus entrañas.

El plomo entresacado
de los hondos abismos de la tierra,
bala tal vez ayer en cruda guerra,
hoy útil del trabajo venerado,
y el papel que nació de harapo aleve,
se rozan ante ti rápido instante,
y surge de ese beso fecundante
el expresivo signo portentoso
que llevará la luz al pensamiento,
como en el recio choque de un momento
del eslabón y el pedernal guijoso,
brota chispa brillante,
que la llama ocasiona fulgurante.

Al mirarte en tu férvido trabajo,
soñadora la mente,
te juzga ser viviente,
susceptible de goce y de dolores,
y más aún cuando crujir te siente
a dar a luz con maternales quejas
y si percibe plácidos rumores
en los puros instantes
en que, ébrio de placer, ansioso gimes
en tanto que copioso centuplicas
las ideas sublimes,
los conceptos gigantes
de Calderón, de Lope o de Cervantes.
¿No son acentos de dolor sombrío
los que exhalas, sumido entre congojas,
cuando te obligan a llenar las hojas
de virginal blancura,
con el error impío,
con la vil impostura
que acrecen la terrena desventura?
Alivio sean de tus fieros males,
pensar que de tu fondo todavía
han de surgir tesoros inmortales,
veneros de saber y de poesía.

¡Oh Imprenta soberana! ¡Quién pudiera
cantar tu porvenir cual yo lo veo!
Percibo, aunque velado,
el nimbo de tu gloria venidera;
lo que hoy es solamente balbuceo
que hace vibrar el ánimo extasiado,
será palabra firme y armoniosa;
el rosado crepúsculo naciente
será mañana sol resplandeciente.

La voz, que prisionera
se aduerme en el fonógrafo mañoso,
tal vez sea el motor que, poderoso
como blanda cascada,
logre, con soplo suave,
 tal el que impulsa a la velera nave
imprimir a la m
áquina pesada
el dulce movimiento
que en cifra natural inveterada
convierta el vibrador sonoro acento.
Entonces podr
á el labio,
 haciendo doble oficio
a medida que brote la palabra
meditada del sabio,
deponerla en el d
ócil artificio,
y el verbo, sin esfuerzo,
ir
á por propio impulso,
blandamente, en el blanco papel reproducido,
a convertirse en rasgo permanente.