La
voz
Yo
no quiero que nadie se acerque a mi tristeza,
ni tus pasos amigos, ni tu rostro adorado.
ni tu mano que toca con lánguida nobleza
la perezosa cinta y el volumen cerrado.
Déjame;
que mi puerta a nadie se abra ahora,
ni al viento matutino dé paso mi ventana;
está cansado y triste mi corazón, y llora
sobre un mundo sombrío y una existencia vana.
Mi
tristeza me viene de una región distante,
más allá de mí mismo; es una cosa ajena,
y todo hombre que ame, que sonría, o que cante,
en voz baja la escucha cuando la hora suena.
Y
algo se agita y mueve en la conciencia obscura,
se despierta y espande en el alma dormida,
a esa voz apagada que al oído murmura
que es ceniza en su fruto la rosa de la vida.
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