miércoles, 6 de septiembre de 2023


 

BÁRBARA ALÍ

 


 

Despierto iluminada
corro a buscar papel y lápiz
que no se vaya el mensaje de papá
en el sueño me decía
con los ojos explotados de rojo
me decía algo
sobre el camino de un bosque
una dirección
me apuro a escribir
palabras como futuro casa sol
una nube de humo lo traga
el día se come a papá del sueño
lo devora
cierro los ojos
para ver
cierro los ojos
para tratar de ver
otra vez
la cara de mi padre
¿qué me decía?
¿futuro casa sol?
¿de quién son los sueños
de quién la memoria?

 

MARTÍN RODRÍGUEZ-GAONA

 

 

 

Francesco Morosini, futuro Dux peloponesíaco, divaga mientras bombardea el Partenón

 

26 de septiembre de 1687, tras días
de ataque sistemático a la Acrópolis.

 

Será una desgracia para tres mil años de historia, pero no puedo
permitir que también lo sea
en mis ambiciones personales. La destrucción de lo que amamos
sucede porque no sabemos
lo que somos: el poder logra siempre obtener
beneficios ante cualquier turbación.

Imagino ahora,
desterrados nuevamente, a los nobles atenienses, su ilusión
al pedirnos combatir contra los turcos.

Cuando la tragedia se aproxima lo sensato es mantenerse
a buen recaudo, salvar lo que se pueda.

Porque muy pocos tesoros quedan bajo el imperio
del miedo, el egoísmo y la ambición.

Así es como somos y, sin embargo, ¿qué es lo que somos?

Sé que este hecho ominoso
no será importante y, por lo tanto, esta lucha es un error:
una pobre estrategia mal planteada.

O quizá no, y el fruto de nuestra destrucción pronto
se torne generoso, pues sólo puede producir
parálisis, desencanto, perversión, por lo que muchos
morirán manchados
después del estruendo y la sangre.

Y ese hedor probablemente sea
difícil de quitar.

Otros, anticipándose a su derrota
–el éxtasis del vacío por sus venas–
buscando una supuesta dignidad, confirmarán ingenuamente
la dominación:

Yo he de volver a un lugar
todavía más grande, desde el cual celebraré fastos
en honor a los vencidos.

Yo, Francesco Morosini, navegante y militar
veneciano, sé lo que es perder
–desde mi niñez ahogada aún pienso en ti, madre–
pero no puedo llorar por la belleza rota,
pues de alguna manera supe que no nací para ella,
y no la busqué nunca de la forma en que se encuentra
en el calor de los lares familiares o en la piel
que se atesora como una estatua.

Yo, Francesco Morosini, comandante en jefe
de la Liga Santa, admirador de Temístocles, marino
por linaje y oficio, al frente de un ejército cosmopolita
y multilingüe,
he ordenado a la artillería cumplir mi misión
más inmediata:

Donde hubo grandeza crear horror y mercancías
–robo de leones
de mármol pentélico, pagos con monedas devaluadas,
peste, frisos derruidos, silencio–
triunfos de muerte y confusión.

 

De: “Motivos fuera del tiempo: las ruinas”

 

 

FABRICIO GUTIÉRREZ

 

 

 

 
Excursión

 

1
En un bosque puedes ver por primera vez
un oso o un ciervo.
O desaparecer.
Es más posible esto último.
Los ciervos corren tan rápido
que no es posible contemplarlos.
En cambio, desaparecer es algo que puede pasar
con solo recostarse en la hierba.
Desaparecer debería ser llamado como otra forma de hacer excursión.
Y debería hacerse por lo mismo,
otro tipo de equipo para internarse entre la espesura:
suministros y bolsa de dormir adecuados
para la circunstancia de desaparecer.
Otra forma de hacer una fogata.
Es claro que alguien que está desaparecido
mira de otro modo el fuego.
Alguien debería poner letreros a mitad del bosque que indiquen
que se está próximo a desaparecer
y por consiguiente, advirtiendo que durante las siguientes semanas
la foto más luminosa de los desaparecidos
será pegada en las cercanías.

 
2
Lo más posible es que después de un tiempo
yo desaparezca.
Es lo más posible.
Y a los dos o tres días empiecen a buscarme los amigos
y la mujer que amo.
Alguien de seguro dirá: “la última vez que lo vi
tenía los ojos muy pequeños”.
Y alguien más buscará rastros en la hierba que tal vez indiquen
el último lugar donde estuve.
Lo más seguro es que una foto mía se pegada en los muros blancos;
lo más seguro es que sea esa que fue tomada
el día que salí al jardín y hacía fresco.
Lo más seguro es que con el paso del tiempo
la foto se despegue y vaya a dar al suelo
y alguien la pise por accidente quedando la huella de su zapato
sobre la imagen de mi rostro.
Es posible que los amigos y la mujer que amo se cansen de buscarme
y decidan mejor ya no salir a pegar fotos,
en el fondo lo sabían: tarde o temprano iba a desaparecer.

 

De: “Rastrillar la zona”

 

ÁNGELA GARCÍA

 

 


 

 

Mi tacto se pretende duro y blando
como gota de agua
en cada una de tus vértebras.

Palmas de las manos
sobre toda la llanura de la espalda
sobre el abismo de los muslos,
detrás de tus rodillas.
Yemas de los dedos rodeando los hombros,
presionando,
pulsando tendones y nervios.

Abro mis brazos para que encaje en mi pecho
la vibración de tu tórax,
los radios solares de tus huesos,
el enigma de tu médula
hasta que me broten lágrimas.

Te acaricio como si mis dedos supieran cantar
como si sostuvieran una nota musical
arduamente lograda.

Te acaricio con el mapa celeste de mis cicatrices,
tatuaje irreemplazable, testigo mudo
que me trazaba el camino a ti,
con cuya inaudible voz te hablo.

 

De: “La palabra liba”

 

KIMI ISHIWATA

 

  

 

Algo acerca de la Sra. Suzuki

 

Ah, la señora Suzuki,
como que está a punto de decirme algo.
La señora Suzuki, cierto…
estoy segura de que no es la señora Satou…
cierto, lo confirmo en mi interior.

Y me dice —¡Hola! Hace mucho calor, ¿no?
Y le digo —ciertamente que sí.

La Sra. Suzuki, quien es la vecina de atrás de la casa, justo ha salido a pasear a su perrita Al.
Siempre sale de su casa, una hora por la mañana y otra por la noche.

La perrita Al ladra mucho durante el día y la Sra. Suzuki se enoja con ella.
Pero Al no les ladra a nuestras gallinas.

La perrita acaso ¿me ladró también en ese momento?
El antepenúltimo año, poco después de que nos mudáramos a esta casa,
un día de verano,
hizo un ruidero,
como si hubieran juntado todos los bullicios del mundo.
Porque un coche salió del callejón detrás de la casa,
y salía lenta, muy lentamente.
Era un coche grande y negro.

Desde entonces,
comencé a ver a la Sra. Suzuki a menudo cuando salía a pasear a Al.

Y ahora la Sra. Suzuki me regala un membrillo,
me regala un melón amargo, un nigauri.

Al todavía me sigue ladrando…

 

Versión de Yaxkin Melchy

ÉRIQ O RULO SÁÑEZ

 

 

 

 

El calor recorre el encierro de su casa y se recuesta sobre el piso fresco. El calor ve a la distancia, como un chita, en la ventana, cuando pasa un crío de cebra. El calor se sienta sobre sus testículos como un muchacho desnudo. El calor suda en la sombra lo que nunca suda al sol. El calor resopla terco como una tetera goteando que humedece el cuarto entero. El calor se cansa de sí mismo. El calor se da un regaderazo y, en las rejas de agua fría, el calor avienta un claro grito. Luego duerme en la memoria de su prisión ejemplar.

 
De: “Yo no vine a hacer amigos”