El
calor recorre el encierro de su casa y se recuesta sobre el piso fresco. El
calor ve a la distancia, como un chita, en la ventana, cuando pasa un crío de
cebra. El calor se sienta sobre sus testículos como un muchacho desnudo. El
calor suda en la sombra lo que nunca suda al sol. El calor resopla terco como
una tetera goteando que humedece el cuarto entero. El calor se cansa de sí
mismo. El calor se da un regaderazo y, en las rejas de agua fría, el calor
avienta un claro grito. Luego duerme en la memoria de su prisión ejemplar.
De: “Yo no vine a hacer amigos”
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