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viernes, 14 de julio de 2023

JORGE AULICINO

 

  

 

 
Escalera a un museo

Barcelona, Cataluña

 

1

Un pino contra la baranda de una escalera
evoca la vastedad de un mar gris, solitario,
con el reflejo del cielo, en el que hay destellos;

una soledad
que solo los dioses suelen recorrer.
 
 
2

Eran los dioses la materialidad de la ausencia.
 
 
3

Ruinas, techos, piedras quebradas,
el orín de los ladrillos,
una fuente, alguien que ríe en un zaguán.

Una ciudad vieja, un domingo,
pasos, gente
que pareciera estar lejos
y desierta,
como el mar.

 

De: “El libro de los lugares sagrados”

 

jueves, 13 de julio de 2023

JORGE AULICINO

 

  

 
Convent Avenue Baptist Church

Harlem, Nueva York

 

1

Baja a veces una piedad conmovida de los árboles.
Las calles tienen olor de piso fregado.
 
 
2

Sale de un auto una negra con un sombrero
que tiene una sola flor, derecha,
como el sombrero de Minnie
que las negras se ponen los domingos
—desde la época de la posguerra de Secesión y acaso antes—,
o para el oficio de Pascua, que consiste en el discurso del pastor
y el reparto de pedazos de pan y copas
de plástico con un sorbo de vino,
que no tienen el valor de la eucaristía, sino el
de la evocación, el recuerdo del hombre dios.
 
 
3

Negras con olor a lo que en los sesenta llamábamos spray.
Negras de peluquería barata, de prendas de colores,
de olor dulzón para estar vivas,
para hacer creíbles sus cuerpos —que son espíritus—,
en un siglo luterano.
Negras tibias, adolescentes de los coros de Harlem
negras de ojos movedizos, como los de los ángeles.
Negros que hablan de Miguel como de un vecino,
el tercero a tu lado.¹
Negros que le dan existencia a una retórica
—“estoy en tu barca”—;
negros, negras, del canto segundo del Purgatorio,
a quienes no se puede abrazar, pero se los puede oír
se pueden oler, se puede ver cómo vuelan,
se van,
corren hacia la cima In exitu Israel de Aegyptus.
 
  
 
De: “El libro de los lugares sagrados”

 

1.- “La tierra baldía”, T. S. Eliot

miércoles, 12 de julio de 2023

JORGE AULICINO

 

 

 

El Puente Viejo

Barracas, Buenos Aires

 

1

El estrecho puente sobre el que
un mediodía de invierno se detuvo el Citroën 3CV
y lo arrancaste a manija, fines de los 70,
cuando atronaba el silencio del mediodía
y el agua densa remaba como una mala digestión,
hacia el Plata.

¿A quién le importaba la paradoja, en tanto retórica?
Era olvidable, mucho más que las chapas del Citroën
que se sacudieron cuando engranó de nuevo
el pequeño motor de dos cilindros.

Estacionaste el auto y en el húmedo y cálido útero
del bodegón El Puentecito comiste
una gigantesca milanesa a la napolitana.
 
 
2

En el nuevo puente Pueyrredón, a unas cuadras,
una mañana de primavera se quedó parado el trajinado
      Peugeot 404,
porque no funcionaba el indicador del combustible,
y tomaste a tu hija en brazos, bajaste el puente, volviste con el
      bidón lleno.
La normal circulación no se alteró.
Tu epopeya fue tan mínima
que, en comparación, la de las hormigas junto al surtidor,
empeñadas en deshacer un pedazo de pan y transportarlo,
fue la hazaña gigantesca de ese día.
Pero todos los días estaban hechos de pequeñas epopeyas
y muertes silenciosas.
 
 
3

El olor del Riachuelo te despertaba cuando volvías de un viaje.
Era la señal de que estabas en casa. La ciudad resurgía en la
      ventanilla
como si no la conocieras.

El olor del Riachuelo era indescriptible, no era orgánico, era
el de la putrefacción de los metales
si fuera posible, un olor a maceramiento de ácidos y aguas
      cloacales, pero no repugnante;
era el olor de tus cosas, del borde de tu ciudad,
como el de un cuerpo que recién se despierta y deja
un suave hedor sobre la sábana.

(Bajo un puente, se hundió
      un tranvía en 1930.
El poeta Tuñón tenía 25 años y mencionó en la crónica
      que un obrero joven llevaba un sándwich de milanesa
      en el bolsillo.
Una milanesa simple, no una napolitana
como la que comiste en la orilla aquel invierno,
cincuenta años más tarde, en el borde
del agua negra y familiar, en el borde también de la ciudad
de los hechos,
de las cosas que se quieren y siempre son lejanas.)
 
 
De: “El libro de los lugares sagrados”