sábado, 24 de junio de 2023


 

CECILIA PONTORNO



 

1 

Hace mucho tiempo que no te oigo hablar;
quiero ofrecerte la oportunidad de que lo hagas.

Friedrich Nietzsche, El caminante y su sombra
(trad. Luis Díaz Marín)

 

Se agotaron
incluso
las lluvias que soñaba en mí.

No otra cosa.
Las lluvias.

Ahora rezo.

¿Por qué no
un nombre,
el silencio?

Si pudiera
entraría en la hoja
para morir despacio
como las cartas
y los años.
 
 

 

 

JORGE AGUILERA LÓPEZ

 

 

 

Reflexiones de los 30

 

A Enrique González Rojo Arthur

A Fernando Franco Delgado, asesinado
en Sucumbios, Ecuador

 

Tengo un pasado, pero todos tenemos uno.

Tengo un presente, y eso no todos lo tienen, Fernando lo sabe.

Pienso en el futuro, y ahí es donde la angustia se me trepa a la cabeza.

Cuando tomo cerveza, las manos se me caen de vergüenza.

Cuando fumo, la lengua se me hincha de vergüenza.

Cuando me desvelo intento robarle horas al día,
restarle ocios a la noche,
ganarle la partida a la madrugada.

Lo malo es que la mañana siguiente siempre me gana por nocaut.

Perdí la inocencia de lector en Cortázar.

Perdí la ingenuidad en el Marqués de Sade.

Me volví escéptico en Marx y Engels.

Me volví rebelde en Vallejo, irreverente en Girondo.

Creo que Maples Arce es el Dios y Arqueles su profeta.

Pero el chingón chingón es List Arzubide.

Soy músico frustrado, cuentista frustrado, economista frustrado,
politólogo frustrado, guerrillero frustrado, luchador frustrado, conductor
de radio frustrado.

Viajo en metro porque no soporto el tráfico.

Viajo en micro porque no soporto el metro.

Creo que Sabina se acabó los ácidos.

Creo que hay genios anónimos: se llaman Catana, “Mastuerzo”, “Ictus”,
José Cruz.

Me gusta la poesía en crudo, con limón y sal.

No soporto el champagne del endecasílabo sáfico, del serventesio heroico.

Detesto la poesía pura, la pureza está bien para las monjas.

Un amigo me contó de Mario Santiago. Desde entonces la realidad es un inframundo.

Un ratón me comió la lengua. Desde entonces un grito de gato hace fiesta
en mis encías.

Perdí mis discos de Piazzola, de Armstrong, de Coltrane. Sólo me quedo la
síncopa.

Leo a Roque Dalton, A Juan Gelman, a Paco Urondo, a Ernesto Cardenal,
una traducción de Bertolt Brech.

Pero no puedo con Octavio Paz: soy fan de la lucha libre.

Analizo mis palabras más que mis actos.

Soy cobarde, pacifista violento y erotómano.

No quiero saber qué hay más allá de los treinta, hoy no.

Quiero gritarle “hijo de puta” a cualquier hijo de puta que me hable de la
salvación.

 

VALERIA ROMÁN MARROQUÍN

 

 

 

regina a dieta
(a partir de angélica freitas)

 

i.

escúchame, bárbara, todo este tiempo
me sentí tan mal: cierto es eso que dicen
célebremente los transeúntes ¿sabes?
ciento setenta y seis es una pésima cifra
en libras para justificar las dimensiones
que se ocupan a existir: se ceden asientos
en los espacios públicos y para eso ya no
se encuentra presupuesto municipal, no
encuentras nada en las arcas del distrito
más que sonrisas piadosas y una gran
grandísima vergüenza. otra forma de decir
“mira, estás gordísima, enorme, regina,
tendrías que hacer algo al respecto”; así,
bárbara, comprendes que las proporciones
en ningún caso son cosa menor. acosada
por la policía de las escalas, grasa y várices
atraviesan el retail de las tallas extra. así,
bárbara, me encontré incómoda y desagradable
en un vestido que en lo absoluto holgaba mi defecto.
“estás gordísima, regina”, me dijo mi madre, y con ella
mis progenitoras en coro me dijeron “estás gordísima,
te ves terrible, las texturas no te sientan bien”, y con ellas
me dije “estás gordísima, te ves terrible, las texturas no
te sientan nada bien, regina, basta de carbohidratos”.
así, llega la sugerencia de tomar el espacio: —mi espacio—
una talla mayor. este retail en silencio, y yo, bárbara,
me sentía mal, muy pero muy mal. además, muy pero
muy moderna: sospecho que es trágico en un sentido
contemporáneo que la tela deje de ceder, ¿conclusiones?
“regina, habría que hacer algo al respecto”. eso me dije.

gordísima, por supuesto, pero jamás cobarde,
hice algo al respecto —¡no más carbohidratos!—,
y ese mismo día, bárbara,
me puse a dieta.

 

ii.

formarse en el expertise de las ensaladas de col,
las deficiencias calóricas y los desbalances proteicos,
bárbara, es el primer paso cuando se hace algo al respecto.
tiempo atrás me dijeron, y esto es importante, “ocúpate
de tu cuerpo mientras puedas, regina”. entonces me
deshice de los excesos y me dije, orgullosa, “habría
que sancochar los vegetales”. “habría que abandonar
el confort de los azúcares refinados”. ayunar así,
poseer control: no hay mayor satisfacción, bárbara.
intercambié así de las galletas idénticas una tras otra
esta insípida costumbre contable: rollos, lonjas y pescuezos;
metros, centímetros y pulgadas. proporciones, bárbara.
me ocupé de recortar la pulpa del pan. traté de olvidar el arroz.
todo esto es una lista de cosas convenientes, pero olvidarse
del arroz es inhumano: piensas en los arrozales silvestres
—luego en los campos de espárragos, en el cultivo de arándanos
en el ganado para hamburguesas; todo esto se consume, todo
esto es apetito de destrucción—, piensas en la economía
de los países asiáticos menores y las naciones estimuladas
por la deuda, aunque sus campos no te alimenten en lo absoluto;
piensas en los niveles de desnutrición mundial y tanta gente
que no puede comer habiendo muchísima comida, poblaciones
enteras, y tú que tienes tanta hambre —pero mira todo lo que has
tragado en todo este tiempo, enorme tiempo—. te sientes tan mal
porque la culpa es cosa complicada de digerir. porque,
en otras palabras, eres exceso, ocupas demasiado.
me entiendes, ahora quisiera encogerme a la vista
del espacio público y los retails extra extra extra. no más
comentarios sobre el asunto. ahora quisiera roer una galleta
yo sola, quisiera un kleenex, bárbara, un pañuelo ahora.
y es que no es posible olvidar el arroz, el pan así nomás
—no tienes idea de lo que es eso— no se puede, no haces
otra cosa que sentirte tan mal, muy pero muy mal.

 

iii.

el yogurt griego, divino. versátil y ultra biótico. lo utilizas
en aderezos junto a los granos y los vegetales y las carnes
magras y los frutos de bajo contenido calórico: alto contenido
de fibras y proteínas, aproximadamente dieciséis % de su
composición. esto lo leí en un artículo de la edición junio-agosto
2019 de la revista Cosmopolitan, «¿Por qué incluir yogurt griego
en tu dieta? +3 recetas», sección “salud”, pero también sección
“belleza”, y por qué no sección “amor y sexo”, sección
“actualidad”, sección “política internacional”, sección “hogar”,
sección “astrología”. habría que contar con perspectiva para
dar cuenta que las secciones son idénticas, en el fondo todas
dicen lo mismo: “olvídate de la celulitis”. los artículos en la revista
Cosmopolitan te dicen “olvídate de las estrías”, y el olvido
puede entenderse bien como conciliación con la existencia
física de arrugas y estrías, o bien como su supresión material.
lo primero es un cliché, lo otro es el corazón de la revista
Cosmopolitan —cosa práctica, sensible—: deshaceros de lo incómodo.
deshaceros de los cuerpos: preservemos la figura. en la página
siguiente encuentras siete recetas distintas y mediterráneas
de batidos détox. entonces la respuesta se hace evidente,
bárbara. al menos, tres de estos jugos son verdes, y la mayoría
lleva al menos 100 gr de yogurt griego —alto contenido proteico
en una porción, milagro de los intercambios turcos—. espinacas
diminutivas y beterragas trozadas contra las cuchillas del licuador:
el sabor en el momento suele ser terrible. las promesas de los batidos
détox también suelen ser terribles. ingesta con disgusto, mi apetito
se clausura: a tajos mi espacio se reduce, y esto, me dicen,
es deseable. milagros de los productos descremados e historias
de éxito: en portada bajó 21 kilos y su vida dio una vuelta de 360°
con este sencillo truco no pain all gain. yo bajé 21 kilos,
yo tuve voluntad de ser estricta y deseable. yo preparé
el zumo mágico, yo reemplacé las harinas, yo suprimí
los lípidos, yo corrí 5 km y nadé sin saber nadar en la piscina
municipal día tras día. yo temblé ante la idea del alimento
post-atardecer. yo hice del dolor accesorio de temporada
y crema reductora, 2 en 1. yo hice algo al respecto y en los
corredores todavía me ceden el asiento —sonrisas piadosas
en el aire— y en el retail todavía me dicen “señora, tal vez
quisiera probar una talla mayor”, y mis progenitoras todavía
me dicen “regina, es que eres una chica grande”. y me sentí
tan mal, terrible, pero lo distinto en la ocasión es que no hice nada
al respecto. y esto en la revista Cosmopolitan no te lo cuentan.
ahí, bárbara, tienes la respuesta. es evidente. más claro, imposible.

 

 

LILIÁN BAÑUELOS

   

  

 

Del punto A al punto B

 

Esto comienza cuando pones un pie dentro de la hermana
                 república del exterior,
en la tierra de lo público.
O mejor dicho antes,
cuando el conjuro es la despedida del guardia de la entrada
que también es la salida:
la despedida de siempre,
con uno que otro monosílabo de más o de menos:
decirle “adiós” a la gente es un trabajo remunerado.
Son cerca de seis o siete pasos para llegar al primer semáforo
que tiene un intervalo modesto de rojo a verde
casi siempre juega a mi favor.
A veces me encuentro con alguien del trabajo en esa esquina
y caminamos toda una cuadra
en la que hacemos una disertación de cien metros
que concluye casi siempre en lo mismo:
la mierda es más humana que el trabajo.
Siempre me decido por las avenidas,
tan socorridas por entes como yo
                 y tan menospreciadas por el caminante sin propósito,
es decir, por el profesional.
Elegir un camino sobre el otro es parecido
a elegir un personaje sobre de otro
para completar la misión del videojuego
(es un desperdicio que esta información
no emerja en las sesiones de psicoanálisis).
Prefiero las avenidas porque es probable
que haya más olores a tacos y hamburguesas
y gente abatida que no sabe en qué basurero depositar la mirada.
Existe cierto gozo en formar parte de la coreografía
de cuando un grupo de personas cruza hacia el otro lado de la acera.
Entonces presenciamos la postal que sale en las imágenes de stock:
Búsqueda:
 
calle + metrópoli + sobrepoblación + vida moderna + estrés + individualidad
 
                 y entonces arroja el cruce de Shibuya
seguida de cualquier esquina del ex DF.
Es como entrar a un túnel con la cabeza hecha estambre enredado
                 y llegar a la otra acera con la punta de la hebra.
A veces doblo a la izquierda por la calle del hospital
para no caer en el mismo vicio de pensar lo de siempre
cuando llevo más de un mes pasando por el mismo lugar.
Highligt del día:
                 cambiar de ruta.
Otra vez
llegar a casa sin haber parado antes por la tintorería.

 

 
 

MARIANA DEL VERGEL

 



 

deshuesadero

 

buscamos sin parar en el tianguis
de autopartes, la pieza robada
que a su vez
otros han robado

avanzamos entre mares y mares
donde más gente busca
composturas, la materia gris
piezas viejas, rotas, añejadas
son nuestra señal de estar
y no estar en el lugar indicado

ramiro me advierte un letrero
casi como un nombre:
refacciones esperanza

apostamos

—queremos encontrar de forma independiente
una calavera en el caos del tiradero

 

 

 

ANDRÉS KUSMINSKY

 

 

 

Los hijos vs. el domador de elefantes


Si fuera desconfianza,
pero es resentimiento puro.
Se conjuraron, el lema de los herederos es

destruir la gran épica y enterrar al autor,
amo del animal enorme que escucha
en inglés y obedece.

Idioma, por supuesto,
de la cultura en la región del elefante,
el continente de la selva.

No suspender ni siquiera lo que dura un segundo,
pero es casi imposible, la incredulidad,
eso querrían los herederos.

Una misión innoble y noble,
una guerra entre dos magnitudes como cien
elefantes sobre espaldas diminutas.