Reflexiones
de los 30
A Enrique González Rojo Arthur
A Fernando Franco Delgado, asesinado
en Sucumbios, Ecuador
Tengo
un pasado, pero todos tenemos uno.
Tengo
un presente, y eso no todos lo tienen, Fernando lo sabe.
Pienso
en el futuro, y ahí es donde la angustia se me trepa a la cabeza.
Cuando
tomo cerveza, las manos se me caen de vergüenza.
Cuando
fumo, la lengua se me hincha de vergüenza.
Cuando
me desvelo intento robarle horas al día,
restarle ocios a la noche,
ganarle la partida a la madrugada.
Lo
malo es que la mañana siguiente siempre me gana por nocaut.
Perdí
la inocencia de lector en Cortázar.
Perdí
la ingenuidad en el Marqués de Sade.
Me
volví escéptico en Marx y Engels.
Me
volví rebelde en Vallejo, irreverente en Girondo.
Creo
que Maples Arce es el Dios y Arqueles su profeta.
Pero
el chingón chingón es List Arzubide.
Soy
músico frustrado, cuentista frustrado, economista frustrado,
politólogo frustrado, guerrillero frustrado, luchador frustrado, conductor
de radio frustrado.
Viajo
en metro porque no soporto el tráfico.
Viajo
en micro porque no soporto el metro.
Creo
que Sabina se acabó los ácidos.
Creo
que hay genios anónimos: se llaman Catana, “Mastuerzo”, “Ictus”,
José Cruz.
Me
gusta la poesía en crudo, con limón y sal.
No
soporto el champagne del endecasílabo sáfico, del serventesio heroico.
Detesto
la poesía pura, la pureza está bien para las monjas.
Un
amigo me contó de Mario Santiago. Desde entonces la realidad es un inframundo.
Un
ratón me comió la lengua. Desde entonces un grito de gato hace fiesta
en mis encías.
Perdí
mis discos de Piazzola, de Armstrong, de Coltrane. Sólo me quedo la
síncopa.
Leo
a Roque Dalton, A Juan Gelman, a Paco Urondo, a Ernesto Cardenal,
una traducción de Bertolt Brech.
Pero
no puedo con Octavio Paz: soy fan de la lucha libre.
Analizo
mis palabras más que mis actos.
Soy
cobarde, pacifista violento y erotómano.
No
quiero saber qué hay más allá de los treinta, hoy no.
Quiero
gritarle “hijo de puta” a cualquier hijo de puta que me hable de la
salvación.
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