lunes, 19 de junio de 2023


 

KATHERINE BISQUET

 


 

Seis de la mañana, ¿cómo está tu cabeza?

 

Cómo ha estado todos estos años después de aquel café frío del Brecht?
Hace frío en Berlín?
Me acuesto esta mañana —intento cambiar mis hábitos— con una queja,
En el patio del frente hay un animal que se come las palomas del vecino.
M se fuma un cigarro mientras le escribe un poema a una mujer que ama, en ese poema él es un niño y está en
                    el invierno de Rusia, esa mujer es una princesa…
Yo no sé de la naturaleza de tal animal,
Pero te han culpado a ti de traerlo antes de tiempo,
Antes de que las palomas aniden en un nuevo amanecer.
Una vez regalé un zorrillo ruso plateado y alguien que me amó lo obligó a comerse un mamey.
El zorrillo le mordió la mano derecha y corrió a pedirme consuelo.
Yo no podía ser princesa y madre al mismo tiempo,
Mucho menos cuidar la mordida fría.
Tú podías cargar con ese animal cuanto pudieras, cuanto tiempo quisieras,
La fiera podría ser libre,
Yo podría ser libre,
Tú podrías ser libre.
La fiera se come todo lo que ve a su paso,
Cómo le digo yo que no se alimente de aquello que no le pertenece?
Hay cipreses allí?
Aquí las ceibas han perdido las hojas
Se pierde casi todo,
El día, la ciudad, la paciencia, la memoria.
Temo que un día de estos se pierda ese animal insolente y caiga de bruces en medio de la avenida del puerto
                    como un cóctel molotov y se incendie las patas y chille.
Te has imaginado a una fiera chillar de dolor?
Así era yo la noche pasada,
La bestia chillaba bajito
Sobre unos mosaicos lapislázulis de una fuente vacía.
Me duele la boca del estómago, es que me duele de verdad por el café
De aguantar las cortaduras en tu mesa de calados,
Te recomiendo que guardes los recortes de los papeles que botas
Para dibujarle a M el zorrillo plateado que perdió.

 


 

 

SALVATORE QUASIMODO

 


 

Cada uno está solo…

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol
y de pronto la noche.

 

LUIS TÉLLEZ-TEJEDA

  


 

Parque Jurásico

 

rancio de palomitas de maíz,
humedad de la alfombra,
polvo de las cortinas bermellón,
sudor de sobremesa interrumpida,
dulzor de refresco de máquina
—qué modernidad la de 1993—;
la sala del Apolo
es una batalla de hedores vespertinos
pronto dejará de ser cine
sólo será un galerón
metros y metros cuadrados
para la especulación inmobiliaria
que, ahora, son una jungla prehistórica
sin estándares THX
cuyo audio se estrella en las paredes
y rebota en el techo de lámina
Steven Spielberg nos enseña
por qué temer a los dinosaurios:
potentes rugidos
colmillos rechinantes
llenos de furia
garras agudizadas
por la magia del close up
monstruos extintos
miedos conjurados
en la pantalla
y en las exhibiciones
de reptiles gigantes
accionados por computadora
—¡la palabra de la década!—
a los citadinos
de mi generación
nadie
ningún cómic
ninguna película
ningún juego de video
nadie
nos enseñó a temerle
al verdadero monstruo
cuyo gutural cloqueo
es
quizá
el más jurásico
de los sonidos que oirá
el oído humano
nadie nos preparó
para imponernos
al despliegue
de su plumaje
no hubo cómics
que previnieran
a los adolescentes que fuimos
—sorprendidos del Nintendo
y temerosos de Godzilla—
del ataque puntual
del fuerte pico
de la bestia
ningún guion cinematográfico
marca un acercamiento
a sus patas
flacas más firmes
de piel brillante
en su desnudez
ningún parque de atracciones
incluía un callejón
rodeado de cercas de carrizo
y muros de adobe
que impidieran la huida
de la persecución
artera
de un guajolote.
 
 
 

FABIO PUSTERLA

 


 

Al aduanero

 

Al aduanero declaro
una lata de ovomaltina,
fruta seca, lentejas al vacío;
a mi manera solemne, luego,
dos botellas de vino.
Callo en cambio sobre ti, sobre tu foto
escondida entre los documentos.
Contento asiente:
me cree sano.

 
De: “No la perla”

Versión de Pablo Ingberg

 

MARTA ELOY CICHOCKA

 

 

 

por la espalda

 

dar la espalda exige una disciplina férrea una enorme
concentración una paciencia infinita

no sea que antes te pongas a llorar empieces a chillar a
patalear a romper platos

hay que dar la espalda de manera consecuente sin prisas de acuerdo
con la conciencia con el sentido de las manecillas del reloj

a ser posible en silencio del desayuno a la cena de la mesa al
televisor de la puerta cerrada a la ventana abierta

dar la espalda es prácticamente mi manera de sobrevivir oh soy
una maestra en eso ahora lo verás

y cuando ya te enseñe la espalda sonreiré
como jano

 

Versiones de Abel Murcia y Gerardo Beltrán

 

 

RICARDO DOMENECK

 

  

 

X + Y: una oda

An refert, ubi et in qua arrigas?
Suetonio

 

De haber nacido
mujer, ya habría dado
a luz siete
hijos de nueve
hombres distintos.
Ahora, vivo entretenido
con las teorías
que explican mi gusto
por olores específicos,
cierta distribución de pelos
en las piernas ajenas,
el cabello en la nuca
y en el pecho
sin senos, aunque aprecie
ciertas glándulas mamarias
de muchachos y chicos
con aquella dosis
saludabilísima
a mis ojos de hipertrofia.
Medito sobre las conjeturas
de terapeutas,
los relatos de una Persona
partida, Edipo desnutrido,
sin modelo
en la infancia de un legendario
Layo
ejemplar, lanzándome
a una supuesta
búsqueda, entre amantes,
de mí mismo.
Intenté, sin el menor
éxito,
durante días inducirme la erección
delante del espejo.
Concluí que mi ego
no era tan eréctil.
Oí con atención
la fórmula
del padre ausente y la madre
dominante generando reinas
de bastos, espadas y copas
laxas y locas,
pero, a pesar de mi historia
de progenitora histérica
y procreador estoico,
mis hermanos
con sus prepucios tan precipitados
delante de los clítoris
echan a perder la estadística.
Leí todos los reportajes
sobre la posible queerness
en la boutique del código
genético, esa kermesse
de las afinidades seducidas,
y me reí con el amigo
que cierta vez, en broma,
me llamó dispositivo
biológico
de una Naturaleza estresada,
medicando el hipercrecimiento
de la población. No mentiré diciendo
que no temo y tiemblo
con el peligro del infierno.
Llegué, sin embargo, a la conclusión
de que mi pasaje
solo de ida
al Hades
no se da
por la inclinación
algo obcecada
de mis genitales
por el carácter heterogéneo
de vuestros gametos.
De haber
nacido hembra,
ya hubiera dado a luz once
cachorros de trece
machos diferentes,
y, como puta,
asegura
el Vaticano (y también Hollywood)
no se conoce ascensión,
tan solo caída.
Por lo tanto, poeta, pederasta y puta,
sigo con mis ojos por la calle
a cada portador
de esta combinación gloriosa
de cromosomas
X e Y,
llámense Chris o Absalón,
con sus proporciones espaciadas
entre los agujeros
del cráneo, la línea que se forma
entre orejas y hombros,
las alas de sus omóplatos
y la cofia de los rotadores,
las simetrías volubilísimas
entre las extremidades
excitantes y excitables
como nariz, pene y dedos,
el número de pelos
entre el ombligo
y el nido púbico,
el formato de los dientes
y sus reflejos
en diámetro
en los pies y sus uñas.
Si andan como comen,
si bostezan como ríen,
si beben como tosen,
si follan como bailan.
La absoluta falta de misterio
en algunos de ellos, incapaces
del famoso disimulo
de ciertos personajes
literarios femeninos
del siglo XIX.
En ellos, es oblicua
solamente la ocasional
erección inconveniente.
Me constriñen
estas confesiones,
pero cedería ciertos derechos políticos
por algunas de esas crestas ilíacas
ya presenciadas en playas, al sol,
y cambiaría una ida a las urnas
este invierno por esta u otra nuca.
Y mira cómo el planeta
insiste en la demostración empírica
de esa abundancia de músculos
y sus reflejos
cremastéricos:
en este exacto momento,
mientras escribo este textículo,
entra en el café, en pleno Berlimbo,
uno de esos ejemplares de chico
torpe y zurdo,
la gorra cubriéndole medio rostro,
prototipo de barba
y bigote, pantalones
que me catapultan a fantasías
con skateboards como props,
cejas cual caterpillars
sitiando los ojos con promesas
de delicias y desfachatez épicas.
Sus bambas son beige;
al quitarse el jersey, se ve
su escala de Tanner.
Su Calvin Klein.
Beige quedo yo, adivinando qué piel
cubre sus rodillas, sus talones.
Sueño el sexo biónico y homérico,
algo entre Aquiles y Patroclo,
interpretados en nuestro mundo
por Brad Pitt y Garrett Hedlund,
potros salvajes como búfalos
o bárbaros.
Y este mundo está llenísimo
de esas distracciones casi sádicas
para mi masoquismo
voluntarioso en vicio,
que impiden que componga
mi Divina Comedia,
mi Paradise Lost.
Perdone, Sr. Canon,
esta mi tosca y parca
contribución lírica a la cosecha
de sus contemporáneos,
pero no me catalogue
entre las farsas, sátiras.
Pues no es, resumo, culpa
de las masificaciones capitalistas
esta mi attention span
poco renacentista,
sino de esta explosión de cántaros
plenos de testosterona púber
que van y vienen por los espacios públicos.
Cuando pasan, bocados deliciosos,
finger food en arrogancia
cocky y garbosa, murmuro
en la cavidad hueca
de la boca:
“Deberían estar prohibidas
sus exageraciones de belleza”.
Mi fin será en estos baretos
de Berlimbo,
colmándome de café negro
y esperando sus ocasiones
para escribir poemas
que os celebren, actores
principales de este largo film porno
en que me vi concebido, creado
y expelido, coadyuvante
contento y doblado.
Os agradezco la oportunidad
de hacer del adverbio sí
una interjección obscena.
A los otros, juro que no se trata
de encomio, jactancia o loa.
Si yo quisiera hacer apología,
a lo mejor diría
que hay más elegancia
en “Sé mi erómeno
y yo seré tu erastés”
que en, al pescuezo,
“Mí Tarzán, tú Jane”.
No busco nuevos adeptos
que me hagan competencia.
Boys will be boys,
hay quien diga, y, claro,
no voy a decir que espero
de todo chico
que sea de Chirico
o Beuys.
Habrá momentos de caza
y rendición felices, las pocas
veces de suerte
en que seremos camareros
de algún chico pasolínico,
con quien se podrá, al final,
hacer el cama-supra, sesenta-y-nueve
y entonces discutir en el postcoito
otros conceptos entre guiones
al son de Cocteau Twins,
enumerar las guitarras de 1969,
nuestro horror a Riefenstahl,
la obsesión por Fassbinder,
y ojalá sentir en medio de tal
loa una nueva erección
perforando
las telas entre los pliegues
del edredón
mientras leemos poemas de Catulo,
Cavafis.
Cuando lleguen los bárbaros,
me encontrarán en la cama;
que vengan, sin embargo, armados,
pues he de estar acompañado,
y en ristre nuestras lanzas.

 

De: “Ciclo del amante sustituible”

Versión de Aníbal Cristobo